En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.
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Capítulo 9: Ecos de un nombre muerto
El pasillo del hospital seguía vibrando por el eco de lo que acababa de ocurrir. Un carrito tirado en el suelo, papeles regados, una bandeja doblada… y dos respiraciones agitadas: la de Mía y la de Liam.
Mía se arrodilló a su lado, sosteniéndole la nuca para evitar que se mareara. Liam temblaba, pero no de miedo. Era otra cosa. Una mezcla de furia contenida y algo más oscuro que ella no había visto desde antes del accidente.
—Liam… mírame —susurró, apoyando su frente contra la suya—. Necesito que respires. Conmigo. Uno…
Él inhaló.
—…dos.
Exhaló.
Pero cuando abrió los ojos, la calma no llegó.
En su mirada había un conocimiento antiguo. Uno que había permanecido enterrado todo este tiempo.
—Dijiste… —Mía tragó— que lo habías visto antes.
Liam cerró los ojos un instante, como si buscara en su mente una imagen perdida.
—Sí —susurró—. Es él. Ese hombre… yo lo conozco. No sé de dónde, pero sé que trabajó para mi padre.
El corazón de Mía dio un salto tan fuerte que casi la derribó.
Su padre.
El señor Vander.
El segundo apellido que Liam siempre evitaba mencionar.
El hombre que había construido un imperio… sobre sombras que nadie se atrevía a investigar.
—Liam… —comenzó ella, pero él la interrumpió.
—Ese hombre no es un paciente cualquiera —jadeó—. No está aquí por casualidad. Alguien lo trajo. Alguien lo escondió en este hospital. Alguien que quiere que yo… —se detuvo, como si el dolor en su cabeza aumentara—… que yo desaparezca.
Mía sintió un escalofrío.
Todo encajaba… demasiado rápido.
—Vamos a llevarte de vuelta a tu habitación —dijo ella, intentando mantener la calma—. No puedes estar aquí afuera, no en este estado.
Él negó con la cabeza, apoyándose en la pared para levantarse.
—No puedo descansar —dijo con voz firme—. No mientras ese hombre siga aquí.
—Liam, ese hombre… —Mía buscó aire—, es peligroso. Tienes que dejar que la policía se encargue.
Él la miró con una franqueza tan profunda que le quemó la piel.
—Ese hombre intentó matarte a ti primero.
Mía sintió que las rodillas casi se le doblaban.
Liam continuó:
—No sé cómo lo sé. No recuerdo la escena completa… pero sí recuerdo tu voz. Tus gritos. Y el sonido del vidrio. —Su mano tembló—. Recuerdo… que llegué tarde.
Ella cerró los ojos con fuerza.
No era así como debía recordarlo.
No así.
No ahora.
—Liam —susurró—, por favor, no fuerces los recuerdos.
Pero él ya estaba avanzando, con el cuerpo débil pero la voluntad de hierro.
Mía tuvo que sujetarlo del brazo para que no tropezara.
—Necesito respuestas —insistió él—. Y tú las tienes, Mía.
Ella quiso decir que no.
Quiso mentir.
Quiso inventar una excusa suave.
Pero ya era tarde.
Porque Liam levantó la mano y, temblando, tocó su mejilla.
—No vuelvas a protegerme de mi propio pasado.
El corazón de Mía se apretó.
Quiso responder.
No pudo.
En ese instante, Sophie llegó al pasillo, corriendo, con dos guardias detrás.
—¡Ahí están! —exclamó—. ¡No pueden estar aquí, es peligroso!
Los guardias pasaron junto a ellos, siguiendo la dirección por donde el hombre había escapado. La alarma seguía sonando en el piso inferior.
Sophie miró a Liam y Mía con un terror inusual en su rostro.
—Tenemos que regresar a la habitación —ordenó—. Ahora.
Pero Liam no se movió.
—Sophie —dijo él, con la voz baja y afilada—, necesito que me digas qué sabes del hombre que estaba aquí.
Ella lo observó con una mezcla de lástima y respeto.
—No sé su nombre —respondió—. Pero sí sé una cosa: no debería estar vivo.
Liam palideció.
—¿Vivo?
—Ese sujeto —dijo Sophie— fue dado por muerto hace más de dos años. Después de un incendio en una de las propiedades antiguas del señor Vander. Un lugar que él usaba para… reuniones privadas.
El estómago de Mía se revolvió.
Reuniones privadas.
El término que todos usaban para no decir la palabra real:
chantajes.
Sophie continuó:
—Los registros decían que murió atrapado en el sótano. Que nunca encontraron el cuerpo. Que no podía sobrevivir.
Mía recordó algo.
Una frase del hombre.
“Pensé que te había matado yo mismo.”
Sophie siguió:
—Y sin embargo… está aquí. Alguien lo mantuvo escondido. Alguien lo alimentó durante años. Alguien lo liberó hoy.
Liam respiró hondo, los nudillos blancos alrededor del borde de la pared.
—Mi padre —susurró.
Sophie no negó.
No lo confirmó.
Solo dijo:
—No hay pruebas. Pero… es una posibilidad.
Mía sintió que la realidad se deformaba.
Liam apoyó la espalda en la pared, extenuado.
Ella lo tomó rápidamente para evitar que cayera.
—Liam, basta —susurró—. Te va a dar otro episodio.
Él giró el rostro hacia ella.
—Mía… —su voz tembló—. Ese hombre me quiere muerto. Pero a ti… te quiere peor.
Ella apartó la mirada.
Liam no.
—¿Qué te hizo? —preguntó, con el alma desnuda.
Sophie tragó saliva.
—No es el momento —intervino—. Llévalo dentro. Yo hablaré con seguridad.
Ambas mujeres tomaron a Liam por los brazos y lo ayudaron a caminar hacia su habitación. Él ya no protestó. Su cuerpo estaba agotado, pero sus ojos seguían prendidos en Mía.
Al llegar, lo acostaron lentamente. Sophie revisó las ventanas y cerró la puerta con seguro.
—No salgan —ordenó Sophie—. Ya mandé a cerrar el ala norte. Pero… —miró a Mía con prudencia—… si él vino por ti, no puedo garantizar que no lo intente de nuevo.
Mía asintió.
Sophie salió.
El silencio se instaló de nuevo.
La lámpara junto a la cama proyectaba una sombra larga sobre el rostro de Liam.
Él la observó, sin pestañear.
—Mía… —susurró—. Por favor. Dime la verdad.
Ella se sentó al borde de la cama, con las manos entrelazadas para evitar que temblaran.
—Liam —dijo al fin—. La noche del vidrio… no debería recordarla aún. Es peligrosa para ti.
—¿Qué pasó? —insistió él, con una desesperación que le rasgó la voz—. ¿Por qué siento que tú… que tú eres la pieza que falta en mi memoria?
Ella tragó saliva, intentando no llorar.
—Porque lo soy.
Los ojos de Liam se abrieron un poco más.
—¿Qué significa eso?
—Significa… —dijo ella, respirando hondo— que cuando te conocí por primera vez… no fue en la oficina. No fue como tu asistente. Fue antes. Mucho antes.
Liam sintió un golpe en el pecho.
Como si un recuerdo intentara nacer dentro de él.
Como si ya lo hubiera sabido desde siempre.
—¿Dónde? —susurró.
Mía tembló al responder:
—En una casa vieja. De tu familia.
Esa noche… tú me salvaste la vida.
Liam inhaló bruscamente.
Sus dedos se cerraron sobre la sábana.
—Mía… —su voz se quebró—. Yo no te recuerdo ahí. No recuerdo nada de eso.
Ella apartó su mirada.
—Porque tú mismo te obligaste a olvidar lo que viste. Era demasiado. Para ti. Para mí. Para todos.
La respiración de Liam se aceleró.
—¿Qué vi?
Ella cerró los ojos.
—Viste lo que tu padre hacía en esa casa.
—Y bajó la voz hasta casi un susurro—: Y viste lo que me hicieron a mí.
Liam dejó de respirar por un segundo.
Un silencio mortal cayó entre ellos.
Y luego, muy despacio, él dijo:
—Mía… dime su nombre.
Ella lo miró.
En su mirada había amor.
Temor.
Culpa.
Y algo más profundo: el peso de una verdad que había cargado sola durante dos años.
—El hombre de esta noche —susurró—.
El que intentó matarte.
El que me arrastró por el vidrio.
El que te vio llegar corriendo…
Ella tragó, obligándose a pronunciarlo.
—Se llama Calder.
Y era la mano derecha de tu padre.
Liam tembló.
Y finalmente, como una flecha que por fin encuentra su blanco, un destello de memoria cruzó su rostro:
Una habitación oscura.
Un grito.
Vidrio rompiéndose.
Una mano ensangrentada.
El nombre de Mía.
Y un hombre de abrigo negro que lo miraba como si fuera a destruirlo.
—Mía… —Liam jadeó—. Lo vi. Lo vi.
Él…
Pero no pudo terminar.
El recuerdo se rompió en mil pedazos.
Y Mía supo entonces que el pasado había comenzado a resurgir.
Y que ya no había nada que pudiera detenerlo.