"¿Qué harías si el hombre que juró amarte te roba la vida, tu fortuna y a tus hijos?"
Valeria Estrada lo tenía todo: una familia hermosa y el control de la corporación más grande del país. Pero su mundo se volvió cenizas cuando su esposo, Adrián Montero, la traicionó de la forma más cruel. No solo le quitó su dinero y la engañó con su mejor amiga, sino que la encerró en un hospital psiquiátrico de alta seguridad, drogándola durante años para borrar su lucidez y hacerle creer que estaba loca.
Para el mundo exterior, Valeria Estrada murió. Para sus hijos, ella es solo un recuerdo borroso reemplazado por una madrastra cruel.
Pero tras cinco años de oscuridad, Valeria logra despertar de la niebla. Con la ayuda de dos aliados que el destino puso en su celda, finge su propia muerte y escapa de su prisión de pesadilla.
Ahora, Valeria ha regresado con un nuevo rostro y una identidad impenetrable
La "difunta" ha despertado... y la verdadera pesadilla para los Montero está a punto de comenzar.
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El escutrinio del halcón
La gala continuaba fluyendo como un río de seda y champaña, pero para Elena Rose, el mundo se había reducido al espacio que ocupaba frente a Sebastián Vogel. El silencio que siguió a su aguda respuesta no fue incómodo, sino cargado de una evaluación silenciosa.
Adrián, ajeno a la corriente eléctrica de sospecha que emanaba de Sebastián, soltó una carcajada forzada.
—Elena tiene un humor particular, Sebastián. Es lo que sucede cuando se lee demasiado y se socializa poco. Señorita Rose, puede retirarse. No queremos aburrirla con charlas de negocios.
—Al contrario —intervino Sebastián, sin apartar la vista de Elena. Su mirada gris era como un escáner, analizando la postura perfecta de la mujer, la calidad de su tela y, sobre todo, la falta de miedo en sus pupilas—. Las personas que consideran que el negocio es aburrido suelen ser las primeras en perder su capital. La señorita Rose parece ser de las que prefieren observar antes de apostar.
Elena hizo una leve inclinación de cabeza, una muestra de cortesía tan refinada que resultaba casi anacrónica en un salón lleno de nuevos ricos.
—Observar es la única forma de no ser sorprendida por el movimiento del rival, señor Vogel. Con su permiso.
Se dio la vuelta con una parsimonia estudiada. No aceleró el paso; sabía que Sebastián la estaba mirando mientras se alejaba. Caminó hacia las escaleras, sintiendo la mirada de Adrián en su espalda y la de Isabella desde el otro extremo del salón. Isabella, que había estado observando la escena con una copa de cristal en la mano, no tardó en acercarse a su esposo en cuanto Elena desapareció de la vista.
—Esa mujer tiene demasiada confianza para ser una simple institutriz, Adrián —siseó Isabella, sus ojos brillando con una envidia mal disimulada—. No me gusta cómo mira a los invitados. Ni cómo te mira a ti.
—Estás paranoica, Isabella —respondió Adrián, aunque en su interior, la semilla de la duda sembrada por Elena sobre el terreno de la fábrica seguía germinando—. Es refinada, eso es todo. Es lo que queríamos para los niños, ¿no? Alguien con clase.
Mientras tanto, en el piso superior, Elena entró en su habitación y cerró la puerta con llave. Se dejó caer contra la madera, permitiendo que su respiración se acelerara por un segundo. El encuentro con Sebastián había sido más intenso de lo previsto. Él era peligroso porque era inteligente.
Abrió su computadora y contactó a Marcus.
—Marcus, Sebastián Vogel me ha visto. No es como Adrián; él busca grietas. Necesito que refuerces el rastro de "Elena Rose" en Europa. Si investiga —y lo hará—, debe encontrar una vida impecable pero aburrida en Suiza.
—Entendido —respondió la voz de Marcus a través del chat encriptado—. Pero ten cuidado, Valeria. Vogel ha movido sus propios hilos. Hace diez minutos, alguien intentó entrar en el servidor falso de la academia donde supuestamente trabajaste. Fue un rastreo de alta gama. Es él.
Elena cerró los ojos. La cacería había comenzado, pero no era ella la única que cazaba.
Al día siguiente, la rutina en la mansión parecía haber vuelto a la normalidad, pero la atmósfera había cambiado. Elena se encontraba en la biblioteca con los niños, enseñándoles francés, cuando el mayordomo anunció una visita inesperada. No era para Adrián, quien se había marchado temprano a la oficina, sino para la "señora de la casa".
Sin embargo, desde el balcón interno, Elena vio a Sebastián Vogel entrar nuevamente en el vestíbulo. No venía a ver a Adrián. Traía consigo un ramo de flores exóticas y una carpeta de cuero.
—Señora Montero —dijo Sebastián cuando Isabella bajó a recibirlo, fingiendo sorpresa—. Lamento la intrusión. Olvidé mencionar anoche que mi fundación está interesada en patrocinar el programa de artes que mencionó su esposo. Me gustaría dejar estos folletos.
Isabella, halagada por la atención del hombre más codiciado del país, sonrió con toda la falsedad de la que era capaz.
—Es un detalle encantador, Sebastián. Por favor, pasa al salón.
Desde arriba, Elena observó cómo Sebastián escudriñaba el salón mientras Isabella hablaba sin parar. Sus ojos se detuvieron en la escalera, y luego, como si supiera que ella estaba allí, levantó la vista. Sus miradas se cruzaron por un breve instante a través de la barandilla de hierro forjado. Él no sonrió. Solo asintió levemente, como confirmando una teoría.
"Me está midiendo", pensó Elena. "No busca romance, busca la verdad".
Esa tarde, durante el almuerzo de los niños, Isabella entró al comedor con un aire de triunfo y sospecha.
—Señorita Rose, el señor Vogel preguntó por usted hoy. Dijo que su acento le resultaba familiar de sus viajes por Ginebra. ¿Es cierto que vivió allí mucho tiempo?
Elena dejó los cubiertos con delicadeza, sin mostrar un ápice de nerviosismo.
—Ginebra es una ciudad pequeña para quienes frecuentan los mismos círculos académicos, señora Montero. Es probable que hayamos coincidido en alguna conferencia, aunque dudo que un hombre de su posición recordara a una estudiante de posgrado.
—Él no parece ser un hombre que olvide los detalles —replicó Isabella, acercándose a ella y bajando la voz—. Y yo tampoco. Tenga cuidado, Elena. En esta casa, las personas que brillan demasiado suelen terminar quemándose.
Elena le sostuvo la mirada, una sonrisa gélida apareciendo en sus labios.
—Gracias por el consejo, señora. Lo tendré en cuenta mientras me aseguro de que sus hijos reciban la educación que merecen. Una educación que, por cierto, incluye detectar a las personas que fingen ser lo que no son.
Isabella se tensó, sintiendo el dardo oculto en las palabras de Elena, pero no tuvo tiempo de replicar antes de que Mía interrumpiera pidiendo más agua.
Elena sabía que el juego se estaba volviendo complejo. Por un lado, tenía a un Adrián paranoico y ambicioso; por otro, a una Isabella celosa y venenosa; y en la distancia, a un Sebastián Vogel que había empezado a orbitar la casa como un halcón esperando el momento justo para descender.
Esa noche, mientras revisaba los libros contables de la empresa que Marcus le enviaba en secreto, Elena tomó una decisión. Si Sebastián Vogel quería investigar, ella le daría algo que investigar. Pero no sería sobre su pasado, sino sobre el presente de Adrián.
—Si quieres la verdad, Sebastián —susurró Elena frente a la pantalla—, te mostraré el monstruo con el que estás tratando de hacer negocios. Pero lo harás bajo mis reglas.