La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 2 Bienvenida a Hassan
El salón del trono de Hassan no se parecía a nada que Leila hubiera visto.
No era como las catedrales góticas de los libros de arte, con sus vidrieras y sus arcos ojivales. No era como los palacios renacentistas, con sus frescos y sus mármoles. Esto era más antiguo. Más oscuro. Más vivo.
Las columnas parecían árboles petrificados, retorcidos hacia un techo que se perdía en la penumbra. Las antorchas no ardían con fuego amarillo, sino con una llama azul y fría que proyectaba sombras danzantes. Y en el centro, sobre un estrado de obsidiana, un trono negro aguardaba.
En él, un anciano.
Leila no necesitó que nadie se lo dijera para saber quién era. Tenía el mismo porte que el hombre de sus sueños, la misma frialdad en los rasgos, la misma sensación de que su mirada pesaba más que cualquier cuerpo. Pero mientras el de sus sueños la hacía sentir... algo, este solo le helaba la sangre.
—El pacto se cumplirá —dijo el rey Thranduil, y su voz era una losa—. Preparad a la humana.
—No soy una humana —acertó a decir Leila, y su propia voz le sonó ridícula, frágil, diminuta—. Soy Leila. Tengo nombre. Tengo una vida. No pueden...
—Puedo —la interrumpió el rey—. Este es mi reino. Tú eres mi herramienta. Nada más.
La corte murmuró. Elfos con túnicas bordadas, elfos con armaduras de plata, elfos que la miraban como se mira a un animal extraño en una feria. Ninguno intervino.
Leila quiso llorar. Quiso gritar. Quiso despertar.
Pero no era un sueño.
Entonces las puertas se abrieron.
Y él entró.
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Leila no supo, hasta ese momento, que el aire podía cambiar de temperatura con la llegada de una persona.
No era frío. No era calor. Era algo entre ambos, una electricidad estática que le erizó la piel de los brazos antes siquiera de ver su rostro.
Luego lo vio.
Era más alto que en sus sueños. Más ancho de hombros. El cabello negro azulado caía sobre su frente con un corte perfecto, como si cada hebra hubiera sido colocada allí por un escultor. Las orejas puntiagudas, apenas visibles entre los mechones oscuros. Y los ojos.
Dioses. Los ojos.
Azules. Pero no un azul suave, de cielo o de mar en calma. Este era el azul de los glaciares, de las profundidades donde la luz no llega, de algo que había sido hermoso y se había congelado para no volver a sentir.
La miró.
Y durante un segundo —solo un segundo— el hielo se resquebrajó.
Leila lo vio. Vio algo pasar por sus ojos, algo rápido y violento, algo que él mismo aplastó al instante siguiente. Su rostro se cerró como una puerta. Su mandíbula se tensó.
—Angrod —dijo el rey, y el nombre cayó en el silencio como una piedra en agua estancada—. Tú la prepararás.
—Padre.
Una sola palabra. Voz grave, controlada, vacía. No preguntó por qué. No pidió explicaciones. Solo aceptó, como quien acepta una sentencia de muerte.
—Enséñale nuestras costumbres. Que no llegue rota al altar.
Angrod inclinó la cabeza.
—Sí, padre.
Y entonces la miró de nuevo. Solo un instante. Solo lo suficiente para que Leila viera, en la rigidez de sus hombros, en la forma en que sus puños se cerraban a los costados, que aquello le costaba.
¿Por qué? quiso preguntar. ¿Por qué te duele? ¿Quién eres?
Pero él ya daba media vuelta. Ya se alejaba. Ya la dejaba sola, rodeada de extraños, vestida con la ropa con la que había sido secuestrada, temblando de frío y de miedo y de algo que no quería nombrar.
Alguien la agarró del brazo.
—Ven —dijo una mujer elfa, sin crueldad pero sin ternura—. Tus habitaciones te esperan.
Leila obedeció.
No porque quisiera. Sino porque, en ese momento, no sabía qué otra cosa hacer.
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Las habitaciones eran hermosas.
Eso fue lo primero que pensó Leila cuando la dejaron sola. Hermosas y vacías. La cama tenía dosel y sedas, las ventanas daban a un jardín de flores azules, la chimenea ardía con esa misma llama fría que no calentaba. Había un baño de mármol, joyas sobre la cómoda, vestidos colgados en un armario más grande que su antigua habitación.
Era una jaula dorada.
Y ella era el pájaro.
Se sentó en el borde de la cama. No lloró. El llanto vendría después, cuando el shock pasara y el miedo encontrara su cauce. Ahora solo había un vacío enorme, un agujero en el pecho por donde se escapaba todo lo que había sido.
Su madre. Su padre. Su abuela. Clara. La universidad. El café de las mañanas. La luz amarilla de los atardeceres de octubre.
Nunca volveré a verlos.
Ese pensamiento fue un puñetazo.
Pero antes de que pudiera doblarse sobre sí misma, la puerta se abrió.
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Angrod entró sin anunciarse.
Leila se puso de pie de un salto, el corazón en la garganta. Instintivamente, sus manos buscaron algo con qué defenderse. Un jarrón. Una lámpara. Cualquier cosa.
Él lo notó. Sus ojos azules recorrieron el movimiento de sus manos, la rigidez de su espalda, la forma en que sus labios se apretaban para no temblar.
—No voy a hacerte daño —dijo.
Su voz era diferente sin la corte presente. Más baja. Menos vacía.
—¿Y se supone que debo creerte? —Leila odió lo quebrada que sonaba su propia voz.
Él no respondió. Caminó hacia la ventana, apartó la cortina, miró el jardín. Su perfil era perfecto. Intimidante. Hermoso, susurró una parte traicionera de su cerebro.
—Mañana comenzarán las lecciones —dijo—. Historia de Hassan. Etiqueta. Protocolo.
—No quiero tus lecciones.
Él la miró.
—Da igual lo que quieras.
—Entonces, ¿para qué has venido?
Silencio.
Leila sintió que algo se tensaba en el aire. No era hostilidad. Era otra cosa, algo que no sabía nombrar, algo que tenía que ver con la forma en que él la miraba. Como si ella fuera un fantasma. Como si ella fuera un milagro.
—Para decirte —dijo al fin— que no estás sola.
—¿No? —rió Leila, sin alegría—. Me han arrancado de mi casa, me encierran en una habitación de lujo, tu padre me llama "herramienta", y tú me dices que no estoy sola. Perdona si no me siento acompañada.
Él no se inmutó ante su sarcasmo.
—Habrá criadas. Puedes pedirles...
—No quiero criadas. Quiero respuestas.
—No puedo dártelas.
—¿Por qué?
—Porque no son mías para darlas.
—Entonces, ¿de quién son?
Él calló.
Leila dio un paso hacia él. Luego otro. No sabía de dónde sacaba el valor, pero estaba harta de tener miedo. Harta de ser la víctima. Harta de que todos le dijeran lo que podía y no podía hacer.
—Mírame —ordenó.
Él la miró.
—Mientes —dijo ella, y su voz tembló solo un poco—. Tus ojos mienten.
Algo cambió en su expresión. No fue un gesto grande, apenas una vibración en la mandíbula, un parpadeo más lento. Pero Leila lo vio.
Le afecta, pensó. Le afecta lo que digo.
—No sé quién eres —continuó, más segura—. No sé qué quieres de mí. Pero sé una cosa: no soy solo un pacto. No soy solo una herramienta. Soy Leila Prinsh, y nadie va a decirme lo que soy.
Él la sostuvo la mirada.
Y por primera vez desde que entró en esa habitación, sus ojos de hielo se suavizaron.
—No —dijo, tan bajo que casi fue un suspiro—. No lo eres.
Se fue antes de que ella pudiera responder.
La puerta se cerró. El silencio regresó. Leila se quedó quieta, el corazón galopando, la piel erizada.
No soy solo una herramienta.
No lo eres, había dicho él.
Y por algún motivo, eso importaba más de lo que debería.
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Los príncipes no temen a sus prisioneras. Pero él me temía a mí.
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