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Enamorarse De Un Maxwell

Enamorarse De Un Maxwell

Status: En proceso
Genre:Elección equivocada / Traiciones y engaños / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Amor-odio / Romance de oficina
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Haberle querido fue un error, pero seguía deseándole…

NovelToon tiene autorización de Alejandro Briñones para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 20

Él habría sonreído si no estuviera enloquecido de deseo.

Agarró un preservativo y se lo colocó en su dolorida masculinidad.

–Helena… –quería decirla algo tierno y romántico, pero no halló las palabras.

Ella le tendió los brazos.

–Te deseo, Dan.

Él le abrió las piernas y la penetró de una embestida. Ella gimió y sus músculos se cerraron en torno a él.

Dan apenas podía contener la necesidad de alcanzar el clímax.

Helena le agarró de los hombros, clavándole las uñas.

–Estoy muy cerca, Dan. Más fuerte –le rogó.

La desesperación de su voz lo galvanizó. Se separó casi completamente de ella y lanzó su cuerpo contra el suyo, de forma brutal y poco elegante. Su delicadeza había desaparecido.

Lo único que veía era el hermoso rostro de ella. Lo único que sentía era una oleada de placer tan intensa que casi le hacía daño.

Helena gritó y enlazó las piernas alrededor de su cintura, elevándose hacia él y recibiendo todo lo que tuviera que darle. Él clímax de él se produjo como el chasquido de una goma elástica al romperse. Contuvo la respiración y disimuló el grito contra el hombro de ella. El mundo se detuvo.

Nunca había sido así. En el pasado, habían abollado la pared un par de veces con el cabecero de la cama. Una noche habían estado a punto de romper la cama de Helena. Era uno de sus recuerdos más queridos.

Pero, ahora, el sexo era diferente.

¿Era por los dos años que llevaban separados o porque ellos habían cambiado?

Se separó de ella tratando de que no se diera cuenta de lo emocionado que estaba. Le ardían los ojos.

Sin pensarlo, entrelazó los dedos con los de ella.

–¿Helena?

–¿Hmmm?

–¿Tuviste relaciones con otros hombres cuando rompimos?

No era justo que se lo preguntara. No era asunto suyo.

–Sí.

Recibió su respuesta como si alguien le hubiera golpeado en las costillas con un bate de béisbol y se las hubiera roto. Por supuesto que las había tenido. Los hombres de Portland no eran ciegos.

Ella se sostuvo sobre un codo y lo miró con rostro inexpresivo.

–Y tú, ¿te acostaste con otras mujeres?

Él cerró los ojos como si no quisiera que ella viera la verdad.

–Con varias, al principio. Estaba enfadado.

Él se sentó en la cama y se pasó las manos por el cabello.

–No me diste la oportunidad de corregir la estupidez que había cometido, fuera cual fuera, para que decidieras romper la relación.

Ella se puso muy pálida y su rostro adoptó una expresión sombría y atormentada.

–No es tan sencillo, Dan.

–Nada lo es.

–Es mejor que seamos amigos, hazme caso.

–Creo que te equivocas.

Ella se levantó y fue al cuarto de baño. Al volver se había puesto uno de los albornoces del hotel.

–No voy a volver a hablar del pasado, Dan –los ojos se le habían oscurecido de pesar–. No tenemos futuro. Si quieres esto… –señaló la cama–. Estaré contigo tres semanas más.

Él se enfureció.

–Así que, ¿o lo tomo o lo dejo?

Ella asintió lentamente con los labios apretados.

–Sí.

–Muy bien –cerró su mente a los sentimientos que lo embargaban. No se fiaba de los sentimientos. Ya ni siquiera se fiaba de su propio cuerpo–. En ese caso, vuelve a la cama. Aún no he terminado contigo.

***

«Debe de pensar que soy una zorra».

A Helena se le hizo un nudo en el estómago. Recordó el terrible día en que el padre de Dan había hecho que sintiera que no valía para nada. Si ella hubiera tenido el más mínimo indicio de que Dan quería algo más que sexo, tal vez hubiera intentado averiguar si era así.

El frío y desapasionado resumen de la verdad que le hizo su padre destruyó su seguridad en sí misma y puso de relieve todas sus dudas sobre su relación con Dan.

Incluso entonces se dio cuenta de que Dan no debía enterarse de lo sucedido. Ahora que su padre había muerto, la verdad era aún más peligrosa. Dan había sufrido mucho. Ella no podía aumentar su dolor. Pero tampoco esperar nada distinto de la relación, debido al secreto que guardaba.

Miró a su amante y su insolente sonrisa hizo mella en la felicidad que había experimentado unos minutos antes. De todos modos, no pudo dejar de mirarlo. Era el perfecto ejemplo del exceso erótico, la encarnación del pecado. El hombre de sonrisa tierna y suaves caricias había sido sustituido por el chico malo, multimillonario y duro.

Esa era la imagen de la que ella había huido hacía dos años. Los indicios de su lado oscuro la habían atraído y repelido a la vez.

El Dan que le acababa de hacer el amor la había sorprendido agradablemente. Había sido apasionado y exigente, pero también protector, cálido y afectuoso.

Ella, al tratar de protegerse, con sus actos y palabras había provocado un cambio terrible en él, que se había retirado a un lugar adecuado a su personalidad de lobo solitario, donde podía controlarlo todo.

Se quitó el albornoz y se acercó a la cama. La expresión desdeñosa desapareció del rostro de Dan.

–Eres preciosa, Helena –sin previo aviso, la agarró de la muñeca y la tumbó en la cama.

Se calmó un poco cuando ella se quedó sin aliento y sin poder moverse debido a que su cuerpo se lo impedía.

–Vaya –masculló–. No puedo estar enfadado contigo mucho tiempo. Las mujeres son un misterio para mí, así como lo que quieren y lo que no.

–No es tan complicado –susurró ella tomándole el rostro entre las manos–. Lo único que quiero es que me hagas el amor sin parar.

–Por fin estamos de acuerdo.

Ella se esperaba una actuación dura, después del conflicto que habían tenido, pero él se comportó con extrema dulzura. Era como si en él hubiera dos hombres distintos. La levantó con cuidado y la colocó a horcajadas sobre él, pero sin unir sus cuerpos. Cuando a ella le cayó el cabello sobre el rostro, él se lo enrolló en las manos y le bajó la cabeza para besarla.

Sus senos se apoyaron en el duro pecho de él. El contraste entre sus cuerpos era asombroso y excitante. ¿Cómo dos personas tan distintas podían estar en tan perfecta sintonía en la cama?

Él olía de maravilla. Ella le mordisqueó la barbilla.

–¿Cuántos preservativos has traído? –preguntó ella sin aliento.

–No los suficientes –contestó él y suspiró alicaído. La besó y le introdujo la lengua ente los labios.

Ella se derritió. Deseaba meterse en su piel y ocupar el mismo espacio, respirar el mismo aire. Su masculinidad le golpeaba las nalgas.

–Parece que tiene un problema, señor Maxwell. ¿Puedo ayudarle?

Él jadeaba mientras le agarraba las nalgas con fuerza.

–No llego donde están los preservativos.

–Un momento, Dan. Ya lo hago yo.

Era más fácil hacerlo que decirlo. La tenía agarrada con tanta fuerza que no disponía de mucho espacio para maniobrar. Ella se golpeó el codo con la mesilla de noche y se hizo daño, pero lo siguió intentando. Al final consiguió agarrar la caja.

La levantó con expresión de triunfo.

–¡Los tengo!

No se sentía cómoda llevando a cabo una tarea tan íntima. Dan debió de notar su incomodidad, porque la apartó, se puso la necesaria protección y rodó sobre la cadera para ponerse de cara a ella

Ella notó calor en las mejillas. Él rio.

–Me parece increíble que te sigas sonrojando.

–No todo el mundo es tan hastiado del mundo como tú. Ni todos tenemos la cantidad de trofeos sexuales que tú posees.

Él enarcó una ceja y le acarició la nariz.

–Tus impresiones sobre mí están equivocadas. Te he dicho que no he estado con una mujer desde el accidente.

–Pero eso es…

Él le puso la mano en la boca para hacerla callar.

–No quiero desperdiciar el preservativo. ¿Hablamos de eso después? ¿En una coyuntura menos crítica?

Ella observó su masculinidad.

–Disculpa. Continúa.

–¿Así que todo depende de mí? –se tumbó de espaldas y se llevó el brazo a la frente–. Puede que desee que lleves tú la iniciativa.

–Entonces, puede que te hayas puesto el preservativo muy pronto.

–El sexo oral no es lo único que nos gusta a los hombres. Sorpréndeme.

–¿Pero no…? –señaló su tensa excitación.

Él sonrió.

–Si te preocupa que me «desinfle» antes de penetrarte, no tienes motivo. Tal como me siento ahora, puedo durar así hasta el Día del Trabajo.

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Celinda Piña
directo al grano Helena 🤣🤣
Celinda Piña
estamos frente a un macho alfa loquito 😱👦
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