En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.
NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Navira
La luz del sol de Vaelkoria entró por el ventanal con una agresividad innecesaria, rebotando en la nieve del balcón y apuñalándome los ojos. Me desperté con una sensación extraña: mi cuerpo pesaba, pero no por el cansancio de la guerra, sino por un calor denso y masculino que me anclaba al colchón.
Tardé exactamente tres segundos en recordar por qué estaba desnuda bajo las sábanas de seda y por qué el brazo más fuerte de todo el imperio rodeaba mi cintura con la posesividad de un candado de hierro.
La noche anterior regresó a mi mente como una ráfaga de artillería. El balcón. El candado en la puerta. Las promesas de Declan de hacerme olvidar mi nombre. Los arañazos en su espalda. Las sábanas enredadas. El fuego.
—Mierda —susurré para mis adentros.
Sentí el movimiento de su respiración contra mi nuca. Declan seguía dormido, o eso esperaba yo. Tenía que actuar rápido. Mi orgullo, ese pequeño fragmento de dignidad que me quedaba después de haber gritado su nombre como una loca toda la noche, me exigía una retirada táctica. Si fingía que nada había pasado, si me comportaba como si hubiéramos tenido una reunión de logística aburrida, tal vez recuperaría el control.
Intenté deslizarme fuera de su agarre. Moví mi cadera un milímetro, conteniendo el aliento.
—¿A dónde vas, reina? —La voz de Declan, una octava más grave y ronca por el sueño, vibró directamente contra mi piel, enviando una descarga eléctrica traidora a mi vientre.
Me quedé petrificada.
—A desayunar —respondí con una frialdad que ni yo misma me creía. Me giré sobre el colchón, asegurándome de mantener la sábana apretada contra mis pechos como si fuera un escudo sagrado—. Y te agradecería que soltaras mi cintura. Tenemos mucho trabajo hoy. El informe del Rey no se va a leer solo.
Declan abrió un ojo. Su cabello rubio estaba más alborotado que nunca, y esa sonrisa de medio lado, esa maldita sonrisa de victoria absoluta, iluminó su rostro. Se incorporó apoyándose en un codo, dejando que la sábana cayera hasta su cadera, mostrando sin pudor las marcas de mis uñas en su pecho y hombros.
—¿Trabajo? ¿Logística? —Se rió, una carcajada baja y profunda—. Navira, hace seis horas estabas rogándome que no me detuviera mientras intentabas arrancarme la piel de la espalda. Y ahora me hablas de "informes".
—No sé de qué hablas —mentí descaradamente, levantando el mentón con arrogancia—. Supongo que habrás tenido algún sueño febril producto de tu herida en el hombro. La pérdida de sangre suele causar alucinaciones. Lo de anoche fue... una anomalía estadística. Una necesidad biológica resuelta. Nada más.
Declan soltó una carcajada que retumbó en la habitación. Se acercó a mí, acortando la distancia hasta que su frente rozó la mía. Yo me mantuve rígida, fingiendo que su cercanía no hacía que mis pulmones olvidaran cómo funcionar.
—¿Una anomalía estadística? —murmuró, su mano subiendo por mi cuello hasta enredarse en mi pelo—. Eres increíble. Te admiro, de verdad. Tu capacidad para mentirte a ti misma es casi tan grande como tu capacidad para hacerme perder la cabeza.
—Suéltame, Declan. Tengo que vestirme.
—No —respondió él, y su tono cambió. Ya no era burla; era ese hambre animal que había visto anoche—. No te vas a ninguna parte. Me importa una mierda el Rey, el despacho y el Consejo.
—Pero... —Intenté protestar, pero su mano bajó por mi espalda con una lentitud tortuosa.
—Anoche dijiste que no me querías —susurró, besando la comisura de mis labios—. Y yo te dije: "Sí, como no". Vamos a ver si en este segundo asalto sigues manteniendo esa teoría de la "necesidad biológica".
—¡Eres un animal! —le grité, pero mis manos, esas traidoras, ya estaban buscando sus hombros—. ¡Un cerdo pervertido! ¡Esto no cambia nada!
—Cambia todo —sentenció él, tirando de la sábana para despojarnos de la última barrera—. Porque hoy no solo voy a follarle hasta que olvides tu nombre. Hoy voy a hacer que admitas que este "cerdo" es el único dueño de tu corazón.
—¡Jamás! —exclamé, pero mi grito se convirtió en un gemido cuando me besó con una pasión que me dejó sin defensas.
Fue incluso más intenso que la noche anterior. Bajo la luz del sol, con los ojos abiertos, no había dónde esconderse. Declan me reclamó con una urgencia que no dejaba lugar a dudas. Cada roce, cada mordisco en mi hombro, cada palabra sucia que me susurraba al oído era un clavo más en el ataúd de mi orgullo. Me sentía consumida, devorada por un fuego que él manejaba a su antojo.
Me aferré a él, mis piernas enredándose de nuevo en su cintura, rindiéndome por completo a la sensación de plenitud y poder que me otorgaba su cuerpo sobre el mío. No era solo sexo; era una batalla de voluntades en la que yo estaba perdiendo gloriosamente.
Cuando finalmente terminamos, el sol ya estaba más alto en el cielo. Estábamos empapados de sudor, jadeando y entrelazados de tal forma que era difícil saber dónde terminaba mi piel y empezaba la suya.
Me quedé mirando al techo, con el corazón martilleando. Declan apoyó su cabeza en mi pecho, escuchando los latidos.
—Entonces… —dijo él, trazando círculos invisibles sobre mi vientre con un dedo—. ¿Seguimos con la teoría de la anomalía estadística? ¿O quieres que llame a Kael para que traiga el acta matrimonial ahora mismo?
Resoplé, intentando recuperar mi máscara, aunque estaba rota en mil pedazos.
—Sigo pensando que eres un imbécil. Y que esto ha sido un error de juicio monumental.
—Claro que sí, reina —se burló, dándome un beso ruidoso en el pecho—. Si como no.
Se levantó de la cama con una energía insultante, caminando hacia el tocador para buscar su ropa. Yo me quedé allí, envuelta en las sábanas, viéndolo. Era un animal, era un monstruo, era el General que había puesto a mi pueblo de rodillas. Pero mientras lo veía vestirse, sintiendo el calor que todavía emanaba de mi propio cuerpo, supe que la mentira ya no se sostenía.
Él salió de la habitación poco después, gritando órdenes a los guardias en el pasillo como si no acabara de pasar las últimas horas adorando cada centímetro de mi piel.
Me levanté y caminé hacia el espejo del baño. Mi cuello estaba lleno de marcas, mis labios estaban hinchados y mis ojos tenían ese brillo que solo el deseo satisfecho puede dar. Me miré fijamente.
—"Fingir que nada pasó" —me dije en voz alta, y terminé soltando una carcajada amarga y feliz a la vez.
Me metí en el agua tibia, lavando el rastro de Declan de mi cuerpo, pero sabiendo que nunca podría lavarlo de mi alma. Había caído. La rebelde de Sundergard se había enamorado del carnicero de Vaelkoria, y lo peor de todo es que, mientras recordaba sus manos sobre mí, no sentía vergüenza. Sentía una victoria silenciosa.
Me vestí con cuidado, elegí el vestido más sobrio que tenía y salí al encuentro de las doncellas.
—¡Señorita Navira! —exclamó Mila al verme, con una sonrisa de oreja a oreja—. El Comandante ha salido de aquí con una cara de felicidad que daba miedo. ¿Ha habido… buenas noticias diplomáticas?
—Ha sido una mañana de mucha gestión, Mila —respondí, pasando por su lado con la cabeza alta, aunque sentía que el mundo entero podía ver mi secreto—. Pura logística. Nada de qué preocuparse.
Escuché a Mila y Elara reírse a mis espaldas, pero no me importó. Por mucho que fingiera, por mucho que le gritara que lo odiaba, Vaelkoria ahora tenía dos dueños. Y yo estaba lista para gobernar el incendio.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄