Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
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Parte: 4.
4. Los cristales de ojos ciegos y La arquitectura de la locura.
El bosque de cristal era un laberinto de reflejos y refracciones de luz. Cada paso que daban Perseo y Ekoma resonaba como si caminaran sobre una campana de cristal. Los árboles eran estructuras geométricas perfectas que se elevaban cientos de metros, capturando la luz de las estrellas y proyectándola en patrones hipnóticos sobre el suelo de arena plateada.
Sin embargo, la belleza era una trampa. Perseo pronto se dio cuenta de que los reflejos en las superficies cristalinas no siempre correspondían a sus movimientos. A veces, su reflejo se detenía y lo miraba con una expresión de tristeza infinita, o susurraba palabras que él no había pronunciado. El aire mismo parecía vibrar con los ecos de pensamientos perdidos.
—No mires a los cristales por mucho tiempo —advirtió Ekoma, cubriéndose los ojos con un harapo—. Intentan absorber tu identidad. Este mundo busca la perfección estática, y para lograrlo, debe eliminar la voluntad individual.
A pesar de la advertencia, Perseo se sintió atraído por un gran prisma que se alzaba en un claro. En su superficie, vio imágenes de su pasado: su estudio, sus libros, la cara de Samanta. Pero las imágenes empezaron a cambiar. Vio a Samanta siendo interrogada por Ekilem, vio su estudio ardiendo. El dolor de la pérdida comenzó a nublar su juicio. Sintió un impulso irresistible de tocar el cristal, de fundirse con esas imágenes para recuperar lo que había perdido.
—¡Perseo, detente! —el grito de Ekoma rompió el hechizo.
El prisionero lo agarró del brazo y lo tiró hacia atrás justo cuando una red de filamentos cristalinos comenzaba a brotar del suelo para envolver sus pies.
Perseo sacudió la cabeza, tratando de despejar la niebla mental.
—Es tan real... parecía que podía volver.
—Es un espejismo —dijo Ekoma con severidad—. Este lugar se alimenta de la nostalgia. Si te entregas, te convertirás en una de esas estatuas que vimos al entrar.
Perseo miró a su alrededor y vio, ocultas entre los árboles de cristal, figuras humanas perfectamente conservadas en una sustancia transparente. Sus rostros estaban congelados en expresiones de éxtasis o de horror absoluto. Eran viajeros que habían sucumbido a la promesa del jardín.
Continuaron avanzando, pero el terreno se volvía cada vez más difícil. Los cristales empezaron a crecer activamente, bloqueando su camino y emitiendo un sonido agudo que hacía sangrar sus oídos. Perseo sintió que sus propios recuerdos empezaban a deshilacharse. ¿Cómo se llamaba su madre? ¿Cuál era la primera palabra que había leído en Aklo? Los detalles se le escapaban como arena entre los dedos.
En un momento de lucidez, Perseo abrió el manuscrito. Necesitaba algo para romper la estática mental de este lugar. Encontró un conjuro llamado “El Grito del Vacío”. No era una magia de destrucción física, sino una onda de choque existencial que reafirmaba la presencia del ser frente a la nada.
—¡Aeternus sum! —gritó Perseo con todas sus fuerzas.
La vibración de su voz, potenciada por el Aklo, hizo que los cristales a su alrededor estallaran en mil pedazos. El sonido del silencio absoluto regresó por un instante, y la niebla mental se disipó.
Sin embargo, la destrucción de los cristales reveló algo que estaba oculto tras el velo de la luz azul. En el cielo, por encima de los árboles, una sombra colosal comenzó a proyectarse. No era una nube; era algo sólido, inmenso, que bloqueaba las estrellas. Perseo sintió una presión gravitatoria que casi lo aplasta contra el suelo.
—Está aquí —susurró Ekoma, cayendo de rodillas—. El Hambre se ha fijado en este mundo.
Perseo miró hacia arriba y vio una mano, tan grande que su palma podría cubrir un continente, descendiendo lentamente desde el espacio exterior hacia el planeta de cristal. Los dedos eran garras de una oscuridad tan densa que parecían agujeros en el tejido del universo. Era Amine, el dios oscuro, comenzando su festín.
La llegada de Amine transformó el Jardín de los Ojos Ciegos en un caos de fragmentos voladores y terremotos de cristal. La presión atmosférica cambió tan bruscamente que Perseo sintió que sus pulmones iban a colapsar. Ekoma, aterrorizado, señaló hacia una estructura que se alzaba en el horizonte: una ciudad de torres imposibles que parecían girar sobre sí mismas, desafiando toda lógica arquitectónica.
—¡Allí! —gritó Ekoma sobre el estruendo de los cristales rompiéndose—. Esa ciudad es un punto de anclaje interdimensional. Si logramos llegar al centro, podremos saltar antes de que este mundo sea consumido.
Corrieron a través del bosque agonizante mientras el cielo se desgarraba. Pedazos de la corteza planetaria empezaron a flotar hacia el espacio, atraídos por la masa colosal de Amine. Perseo vio cómo bosques enteros de cristal eran succionados hacia la oscuridad de arriba. La magia del manuscrito era su única protección contra la descompresión.
Al entrar en la ciudad, la gravedad se volvió errática. Perseo se encontró caminando por las paredes de edificios hechos de una sustancia que parecía obsidiana líquida. Las calles se retorcían como serpientes, y las puertas conducían a habitaciones que estaban en diferentes planos de existencia. Era la arquitectura de la locura, diseñada por seres que no comprendían la geometría euclidiana.
En una plaza donde el tiempo parecía fluir hacia atrás, Perseo se detuvo en seco. Frente a él, sentado en un trono de espejos rotos, había un hombre. Llevaba el mismo abrigo que Perseo, y su rostro era idéntico al suyo, pero sus ojos eran dos pozos de oscuridad pura y su piel estaba completamente cubierta por las venas negras del Aklo.
—¿Quién eres? —preguntó Perseo, su mano temblando sobre el manuscrito.
—Soy lo que queda de ti después de mil saltos —respondió la versión de sí mismo con una voz que sonaba como el crujir de la tierra—. Soy el Perseo que comprendió que no hay salvación, solo una prolongación de la agonía. He visto el final de todos los tiempos, y Amine es el único resultado posible.
Ekoma retrocedió, murmurando oraciones olvidadas.
—Es una proyección... un eco del futuro… una fractura dimensional… esto no es bueno.
El Perseo oscuro se levantó del trono, rayos negros salían de su cuerpo chocando contra los cristales en sus costados.
—No intentes huir. El Hambre no se puede evitar. Santini nos creó como combustible, y Amine es el fuego. Solo somos chispas en la oscuridad. Ríndete y deja que el vacío te reclame ahora; es más indoloro que lo que vendrá después.
Perseo sintió una ola de desesperación. La lógica de su doble era impecable. Si el universo estaba diseñado para ser devorado, ¿Qué sentido tenía luchar? Pero entonces recordó el fuego azul en su estudio, la sensación de poder y libertad que había sentido al romper las reglas físicas de su mundo. Él no era solo combustible; él era alguien que podía cambiar la frecuencia de la realidad.
—No soy tú —dijo Perseo con firmeza—. Tú te rendiste ante él. Yo aún tengo el libro. Aun sigo cuerdo.
Abrió el manuscrito y recitó una fórmula de negación existencial, alzando su mano izquierda con firmeza.
—¡Existo et sum, non succumbam, non me prosternam, quia Perseus sum!
De la mano de Perseo surgió una ráfaga blanca y pura, que atravesó el pecho de la copia. El Perseo oscuro se disolvió en una nube de ceniza, gritando una advertencia final:
—¡Él ya te ha visto! ¡El Hambre sabe tu nombre!
La ciudad comenzó a desmoronarse bajo el peso de la mano de Amine, que ya estaba tocando la atmósfera superior. El suelo se inclinó violentamente. Ekoma y Perseo corrieron hacia el centro de la plaza, donde un obelisco de luz pulsaba con una energía inestable. Era el nexo que buscaban.
Aklo para mortales:
Perseo: “Aeternus sum.” — “Yo soy eterno.”
Perseo: “Existo et sum, non succumbam, non me prosternam, quia Perseus sum.” — “Yo existo y soy, no sucumbo, no me postro, porque soy Perseo.”