Victoria Pérez descubre un secreto íntimo y peligroso de su jefa, Christina Jonas. Una verdad capaz de destruir la imagen impecable de una mujer con un matrimonio perfecto… y de abrirle a una simple empleada la puerta a un sueño que siempre le fue negado.
Convencida de tener el control, Victoria decide usar ese secreto para avanzar. Pero la extorsión se vuelve contra ella cuando el poder cambia de manos y el precio deja de pagarse con silencio o ambición, para exigirse en obediencia y entrega.
¿Qué sucede cuando los límites morales se quiebran y el cuerpo se convierte en moneda de cambio? A veces, la verdadera trampa no es la obligación… sino el deseo que despierta.
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LADRIDOS EN LA OFICINA
NARRADOR
La mujer que Trevor esperaba llegó. Victoria no necesitó hacer preguntas para saber que era ella.
--Me espera el señor Montalvo-- Dijo la mujer rubia mirándola con extrañeza. No sabía que Trevor había cambiado de secretaria. Ella y Mariela se conocían por las últimas visitas
--El señor la espera-- Dijo casi mecánicamente, adoptando el pedido exigente de su jefe de llamarlo señor
--Gracias-- La rubia avanzó confiada
Victoria la había mirado. No admiró su belleza, tampoco sintió envidia. Simplemente, sintió vergüenza, escepticismo e incomodidad latente.
La rubia era bella. No sé veía despampanante, pero proyectaba seguridad, una que ella ni antes de comprometerse con su ex había sentido.
Victoria la comparó con Christina. Tenían la misma altura. Las dos eran bellas. La diferencia estaba en que Christina vestía de manera más sobria, mientras que la visitante que comería huesitos usaba colores más vivos.
La secretaria miró la hora en su teléfono. Después accedió a la agenda de su jefe. Cada lunes estaba organizada de la misma manera, con una hora injustificada, ausente de sus labores. No había notas ni tampoco excusas.
Allí Victoria comprendió algo. El CEO era metódico, medido, controlador en los detalles... aunque desconocía cuánto.
Un ladrido interrumpió el silencio. Ella se sobresaltó y miró a los lados buscando algún perro en el piso impoluto. Nada. Otro ladrido y luego una voz femenina. Allí comprendió todo. Esos ruidos provenían de la oficina de su jefe.
Recordó a Mariela diciéndole "te acostumbrarás" y dudó. ¿Lo haría realmente? No era así como imaginaba un encuentro íntimo entre dos personas.
Volvió a mirar la hora en su reloj. A la visita le quedaban más de treinta minutos allí. De pronto escuchó gemidos. Luego la voz de su jefe diciendo algo que no entendió y que tampoco quería interpretar.
Se sintió incómoda, avergonzada. Aquella mujer gritó algunas veces, pero no salía de la oficina. Lo que estuviese ocurriendo le gustaba.
Faltando cinco minutos para que la rubia se fuera llegó el silencio. A las 11:30 exactas, la mujer salió cerrando la puerta.
--Adiós-- Dijo con una sonrisa, tranquila
--Adiós señorita-- Respondió educada
Trevor la llamó por interno diez minutos después. Victoria se levantó temblorosa de su asiento y fue allí.
Golpeó la puerta. Entró cuando fue autorizada.
Trevor la observó. Ella parecía incómoda.
--Debe llevar mi ropa a la tintorería. Después lleva eso y guárdalo-- Ordenó. Ella levantó su mirada
El traje que Trevor había usado estaba sobre una silla y vestía exactamente igual a como había llegado. Lo entendió todo. Él cubría sus huellas antes de ver a Christina. Todo pareció encajar en su lugar y su esposa no sospechaba era porque el cuidaba cada detalle sin dejar nada librado al azar.
Victoria buscó el plato en silencio y después agarró la ropa.
--¿Necesita algo más, señor?-- Preguntó
--Puedes retirarte. Iré a almorzar. Aquí tienes la dirección de la tintorería. Pide que lo carguen en mi cuenta-- Él dijo brevemente poniéndose de pie, tomando sus llaves
--Si señor-- Victoria se apresuró para salir y tomó su bolso
Para Trevor no pasó inadvertido como su secretaria aferraba la correa de su bolso con fuerza. Recordó lo ocurrido con ese libro que ella tanto protegía y sintió una pizca de curiosidad que no saciaría.
Minutos más tarde, Victoria salió de la empresa y fue a la tintorería. Había observado unas pequeñas manchas de chocolate en la camisa blanca de su jefe. Esa era la prueba del engaño y ella se encargaría de eliminarla como una cómplice silenciosa en una dinámica incorrecta.
Después de la hora del almuerzo ella estaba en su puesto fingiendo que nada había ocurrido, aunque su mente era un completo lío.
Trevor llegó, relajado. No dijo nada y entró a la oficina donde permaneció hasta la hora de salida.
Él se despidió de ella. Pasó por su lado y se fue primero. Aquello le dio tranquilidad.
Al llegar a su apartamento sintió un perfume inconfundible. Christina estaba allí ocupando el sillón individual.
--Días sin vernos, Victoria-- Sonrió cínicamente
--Señora Christina-- Dijo solamente desviando la mirada
--¿Hubo avances con mi esposo?-- Preguntó directamente
--No, señora. Recién comencé a trabajar para él-- Respondió desconcertada por su frialdad y avergonzada por aquella pregunta tan directa
--Entiendo. Recuerda nuestro acuerdo-- Christina se levantó del sofá, pasó por su lado y se fue sin decir adiós
Victoria cerró la puerta con seguro y apoyó la espalda en ella. Tenía el corazón acelerado, su respiración irregular y una incomodidad persistente que la perseguiría por tiempo indefinido.
Un pensamiento la acechó en el silencio de su apartamento.
--Así yo ocupe el lugar de esa rubia... él no dejará a su esposa. ¿En qué lío me metí?-- Preguntó en voz baja pretendiendo encontrar una respuesta que no llegaría
Esa noche cenó sin ánimos, con un nudo en el estómago. Cuando fue a dormir miró su manuscrito por costumbre, pero sin ilusión.
Revisó después, las notificaciones en su teléfono. Tenía un correo de la editorial que le avisaba sobre los avances en la publicación de la novela con tono profesional. Aquello no le dio tranquilidad, sino amargura. Probablemente, escribiría otra nueva historia narrando un nuevo evento traumático en una dinámica de poder que no le pertenecía. Estaba segura de que, si lo hacía, aquella obra se ajustaría a los estándares actuales.
Los eventos se reprodujeron en su mente como una sentencia silenciosa y cuando logró dormir, nuevamente no pudo descansar. Esa noche no la acecharon las pesadillas, sino el estrés y la sensación de que algo saldría terriblemente mal.
La alarma sonó como un mal presagio de la incomodidad que le esperaba por varias horas. Se duchó y debió aplicarse más maquillaje para cubrir sus ojeras. Afortunadamente, no era lunes y esperaba que hasta el viernes hubiese tranquilidad antes de que todo volviera a comenzar.
Nunca quiso complacer a su marido por estar con sus perversidades sexuales q muy bien pudo experimentar con su marido
el no es ni victoria
seguro es uno de tantos con los que te acostaste ya que se ayan enterado que eres una empresaria millonaria🤣🤣