Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 16: El sótano de los secretos olvidados
La oferta de Silas Thorne no era una invitación, era una soga. Mateo y Adrián sabían que aceptar el "trabajo" de infiltración en los fondos de la universidad era como entrar voluntariamente en una jaula de leones, pero también era la única forma de acercarse lo suficiente al corazón del sistema para destruirlo desde adentro.
El plan era simple en el papel, pero suicida en la práctica: debían entrar al Nodo Zero, el servidor blindado ubicado en el tercer sótano del edificio de Administración, un lugar que, según los rumores del campus, contenía información que podía tumbar gobiernos.
La víspera del caos
La noche previa, el dormitorio de Mateo se convirtió en un búnker. Herramientas de intrusión electrónica, planos térmicos y cables de fibra óptica cubrían la cama.
—Si nos atrapan, Javier no podrá sacarnos de esta —dijo Adrián, ajustándose un auricular invisible—. Entrar en un servidor universitario es un delito federal, pero entrar en este servidor es una sentencia de muerte social.
Mateo no levantó la vista de su teclado. Sus dedos se movían con una precisión rítmica.
—No nos van a atrapar, Adri. Thorne cree que somos sus peones, que estamos haciendo esto por miedo a Beatriz. Pero mientras tú descargas los fondos de pensiones que él quiere, yo voy a instalar un backdoor en la base de datos de los donantes de Saint-Michel. Vamos a descubrir quiénes son los verdaderos socios de tu madre en esta facultad.
Adrián se acercó y le puso una mano en el hombro.
—¿Alguna vez vamos a dejar de correr, Matt? ¿Alguna vez vamos a ir a una clase solo para aprender algo que no sea cómo sobrevivir?
Mateo se detuvo. Miró el reflejo de ambos en la pantalla oscura. Se veían cansados, con ojeras profundas y esa mirada de mil yardas que solo tienen los que han visto el abismo.
—Cuando el último De la Vega deje de intentar usarnos como combustible, entonces descansaremos. Prometido.
Descenso a las tinieblas
A las 2:00 a.m., el campus de Saint-Michel estaba sumido en una niebla espesa que bajaba de las montañas. Mateo, usando sus privilegios de "asistente de arquitectura", había logrado desactivar los sensores de movimiento del pasillo norte durante un intervalo de seis minutos.
Se deslizaron por las escaleras de servicio, moviéndose como sombras. Adrián llevaba el equipo de infiltración física: un decodificador de frecuencia para las cerraduras magnéticas. Mateo llevaba la potencia de fuego digital.
Llegaron a la pesada puerta de acero del Nodo Zero. El aire allí abajo era frío y olía a ozono y metal.
—Tres... dos... uno... —susurró Adrián, aplicando el decodificador.
La luz de la cerradura pasó de rojo a verde con un clic sordo que resonó en el pasillo desierto. Entraron.
El servidor era una catedral de silicio. Columnas de luces parpadeantes en azul y ámbar zumbaban en un tono constante y monótono. Miles de terabytes de secretos circulaban por esos cables.
La traición dentro de la traición
Mientras Mateo conectaba su laptop al terminal central, Adrián vigilaba la puerta.
—¡Ya estoy dentro! —susurró Mateo—. Estoy viendo las cuentas. Thorne no mentía sobre los fondos de pensiones, pero hay algo más... Hay una carpeta encriptada con el sello personal de mi abogada, Elena Varga.
—¿Qué hace algo de Elena aquí? —preguntó Adrián, acercándose a la pantalla.
Mateo abrió el archivo. Su rostro se descompuso. No eran pruebas contra Beatriz. Eran registros de pagos realizados por la propia universidad a una cuenta a nombre de Mateo.
—¿Matt? ¿Qué es esto? —la voz de Adrián se volvió fría.
—No lo sé... yo nunca he recibido ese dinero —dijo Mateo, sus dedos volando sobre las teclas para rastrear el origen—. Alguien ha estado usando mi identidad para blanquear dinero de la universidad hacia la capital. Adri, me están incriminando. Thorne no nos trajo aquí para recuperar fondos, nos trajo para que nuestras huellas digitales quedaran grabadas como los autores del robo.
En ese momento, las luces del servidor se tornaron rojas. Una alarma silenciosa se había disparado.
—¡Es una trampa! —gritó Adrián, sacando a Mateo de la silla.
El verdugo en la pantalla
De repente, todos los monitores del Nodo Zero se encendieron a la vez, mostrando el rostro de Silas Thorne. Estaba en su oficina, bebiendo de una taza de porcelana, con una expresión de aburrimiento letal.
—Debo admitir, Mateo, que tu velocidad es impresionante —dijo Thorne a través de los altavoces del servidor—. Pero cometiste el error de creer que eras el único arquitecto en esta habitación. Esos pagos a tu nombre ya han sido notificados a la policía universitaria. Para cuando salgan de ese sótano, serán los fugitivos más buscados del estado.
—¿Por qué? —rugió Adrián hacia la cámara—. ¡Te dimos lo que querías!
—Lo que yo quería, Adrián, era demostrarle a tu madre que ustedes dos son incontrolables. Ella quería reclutarlos; yo prefiero eliminarlos. Un activo que no obedece es un pasivo que debe ser liquidado. Disfruten de los próximos cinco minutos. Es el tiempo que tardará el equipo de seguridad en llegar.
El escape del abismo
Mateo no entró en pánico. Su mente entró en modo de combate puro.
—Adrián, la mochila. ¡Saca el bloqueador de señal!
—¡No funcionará con cableado de fibra!
—¡No es para el servidor, es para las cámaras! —Mateo arrancó un cable de alimentación y lo puenteó directamente al marco de la puerta de acero—. Si intentan entrar, recibirán una descarga que los dejará fritos. ¡Ayúdame con esto!
En un despliegue de sincronía perfecta, los dos amantes trabajaron bajo la presión de las sirenas que ya empezaban a aullar en la superficie. Mateo no borró sus huellas; en lugar de eso, sobreescribió el código del servidor con un virus que enviaría toda la información del Nodo Zero —incluyendo las pruebas contra Thorne y Beatriz— a cada correo electrónico de los estudiantes de la universidad.
—Si nos hundimos, hundimos el barco entero —dijo Mateo, cerrando su laptop de un golpe.
Salieron por el conducto de ventilación industrial, un espacio estrecho y asfixiante que los obligaba a estar cuerpo contra cuerpo. Podían oír los gritos de los guardias y los disparos eléctricos en la puerta que habían manipulado.
La luz al final del túnel
Salieron a la superficie por una alcantarilla cerca del bosque del campus. Estaban empapados, cubiertos de hollín y con la adrenalina quemándoles las venas. A lo lejos, el edificio de Administración estaba rodeado de patrullas.
—Estamos acabados, Matt —dijo Adrián, dejándose caer contra un árbol—. Nuestras caras estarán en todas partes mañana. Se acabó la protección de testigos. Se acabó la universidad.
Mateo se acercó y lo tomó por el rostro, obligándolo a mirarlo. Sus ojos brillaban con una determinación feroz.
—No, Adri. Acabamos de hacer lo que nadie se atrevió a hacer en cien años: desnudamos a Saint-Michel. Ya no somos "Tomás" y "Lucas". Somos Mateo y Adrián de nuevo. Y esta vez, no estamos huyendo. Estamos cazando.
Un par de luces se encendieron en el camino forestal. Un vehículo negro se acercó lentamente. Adrián se puso en guardia, pero Mateo lo detuvo.
De la camioneta bajó Javier. No vestía su traje táctico, sino ropa de civil, pero sostenía un rifle de precisión en la mano.
—Llegan dos minutos tarde —dijo Javier, abriendo la puerta trasera—. Suban. Tenemos un largo viaje hasta la casa de seguridad, y creo que a Beatriz no le va a gustar el "regalo" que Mateo acaba de enviar por correo a toda la nación.