Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 19: La fiesta inesperada
Keily
—No quiero ir, Gastón. —Cerré el libro con fuerza, intentando sonar firme.
Él estaba recostado en el sofá, mirándome con esa media sonrisa que usaba cada vez que planeaba insistir.
—Vamos, no es para tanto. Es solo una fiesta, no te voy a llevar a una jungla.
—Para mí sí es para tanto. —Crucé los brazos—. Odio esas cosas, y lo sabes.
Él se incorporó, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Keily, escucha. Desde que se supo lo del compromiso, hay demasiada gente pendiente de nosotros. La prensa ya está preguntando cuándo será la boda. Si no aparecemos juntos de vez en cuando, van a empezar los rumores.
Lo miré, apretando los labios. Sabía que tenía razón. Había escuchado los comentarios en la universidad, leído los mensajes en redes. Todos se preguntaban si lo nuestro era real o un simple arreglo. Y aunque yo sabía la verdad, no podía darme el lujo de que me señalaran como “la prometida invisible”.
—Solo un rato —dije al fin, resignada.
La sonrisa de satisfacción en su rostro fue inmediata.
—Sabía que dirías que sí.
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La casa donde se realizaba la fiesta estaba llena de luces y música que retumbaba en cada rincón. Apenas entramos, sentí cómo las miradas se clavaban en mí. Susurraban, murmuraban, evaluaban.
Gastón, en cambio, parecía moverse con naturalidad. Saludaba a conocidos, se reía, me tomaba de la mano como si lo hubiera hecho toda su vida.
—Relájate —me susurró cerca del oído—. Estás conmigo.
Yo intenté sonreír, aunque por dentro deseaba desaparecer.
Y entonces apareció ella.
Martina. Perfecta como siempre, con su vestido brillante y una copa en la mano. Apenas nos vio, arqueó una ceja y se acercó con paso seguro.
—Vaya, vaya… —dijo, con una sonrisa venenosa—. Así que aquí está la famosa prometida.
—Martina —saludó Gastón con un tono cortante—. No hagas esto.
—¿Hacer qué? —preguntó con fingida inocencia, antes de posar sus ojos en mí—. Solo quería conocer a la chica que, según dicen, logró lo imposible.
Yo intenté mantener la calma, pero sentí mi piel arder bajo su mirada.
Entonces, con un gesto demasiado “accidental”, inclinó su copa justo cuando pasaba a mi lado. El líquido oscuro se derramó sobre mi vestido, manchando la tela en cuestión de segundos.
—¡Ay, lo siento! —exclamó, sin una pizca de arrepentimiento en la voz—. Qué torpe soy.
El murmullo de los presentes se hizo más fuerte. Algunos reían, otros cuchicheaban. Yo me quedé helada, con la ropa empapada y el corazón latiendo con fuerza.
Gastón reaccionó de inmediato.
—¿Qué demonios te pasa, Martina? —le soltó, fulminándola con la mirada—.
Ella se encogió de hombros, fingiendo inocencia.
—Solo fue un accidente.
Pero todos sabían que no lo era. Yo también lo sabía.
Gastón se quitó la chaqueta y me la puso sobre los hombros, protegiéndome de las miradas curiosas.
—Vamos, Keily. No tenemos nada que hacer aquí.
Salimos de la casa entre susurros y flashes de cámaras que ya empezaban a levantarse. Y mientras caminábamos hacia el auto, con su chaqueta cubriendo mis hombros y sus pasos firmes a mi lado, entendí algo que me sorprendió:
Aunque odiaba las fiestas, aunque detestaba ser el centro de atención, no me sentía sola,por qué lo tenía a él a mi lado.