A Bárbara Lopes le rompieron el corazón, vio sus sueños truncados y aprendió, de la peor manera, que confiar tiene un alto costo. Aun así, su lema es seguir intentándolo, incluso cuando no hay salida, porque nunca tuvo otras opciones.
Gustavo Medeiros, heredero de vastas tierras y empresario nato, vive recluido, aislado por los traumas del pasado y por la responsabilidad de criar solo a su hija. Acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida a través del trabajo, cree que así puede mantener el control de su mundo, aunque eso signifique mantenerse alejado de los demás.
Cuando los caminos de Bárbara y Gustavo se cruzan, dos mundos opuestos chocan. Entre heridas abiertas, decisiones difíciles y sentimientos inesperados, él empieza a ver cómo se le escapa el control, mientras ella se enfrenta a la difícil decisión de volver a confiar.
Una historia de nuevos comienzos, decisiones y el valor de volver a confiar, incluso cuando el pasado sigue doliendo.
NovelToon tiene autorización de Mary Mendes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7
- Bárbara
Llego a la plantación antes de que el sol se afirme en el cielo. El rocío aún pesa en las hojas de los naranjos cuando amarro el pañuelo en el cabello y me uno a los otros recolectores. Nadie habla mucho. Hay un acuerdo silencioso entre quien necesita el día para sobrevivir.
Las manos empiezan a doler temprano. La cesta pesa, mi cuerpo reclama, pero sigo firme, repitiendo el movimiento aprendido en la práctica: alcanzar, girar, soltar. El olor cítrico invade el aire, mezclado al calor que sube rápido demás.
Trabajo concentrada, sin llamar la atención. Aun así, siento miradas.
— Usted ahí — una voz dura corta el silencio, viniendo de la sombra de un árbol. — Nada de parar ahora.
Reconozco a la supervisora. Mirada afilada, boca fina, postura de quien gusta de ser obedecida. Todos la llaman doña Iolanda.
— Solo voy a beber agua — respondo, ya sintiendo la garganta seca.
— Agua es en el intervalo — ella corta. — Aquí nadie para cuando quiere.
Trago seco, miro alrededor. Los otros trabajadores evitan encararla. Nadie interfiere.
Vuelvo al trabajo. El sol sube, el sudor escurre por el rostro, arde en los ojos. La boca seca, la cabeza empieza a pesar. En un momento de descuido, apoyo la cesta en el suelo y llevo la mano al cantimplora colgado en la cerca.
— ¿Yo mandé parar? — la voz viene afilada.
Me giro.
— Yo necesito beber agua — digo, firme, pero sin levantar la voz.
— Necesito no — responde doña Iolanda. — Aquí usted obedece o se va.
Hay algo cruel en la sonrisa que acompaña la frase.
Cierro la cantimplora despacio. Mi cuerpo pide descanso, pero mi orgullo pide resistencia.
— Está bien — digo, simplemente, volviendo a la fila de árboles.
Cojo algunas naranjas más, el mundo girando un poco alrededor. Cada paso exige esfuerzo. Aun así, no reclamo. No pido ayuda. No cedo.
Del otro lado de la plantación, percibo a un hombre observando a la distancia. Reconozco el modo rígido, la postura atenta. Es el señor Gustavo. No está ahí por casualidad. Sé que percibe cada señal: mi postura tensa, el ritmo forzado, la pausa que nunca acontece.
Siento mi corazón acelerar, pero no puedo flaquear. La cosecha continúa, pero algo está errado. Y, mismo sin que él diga una palabra, siento que aquel no es apenas un día difícil. Es una prueba. Y no pretendo fallar.
El sol ya está alto cuando mi cuerpo empieza a dar señales claras de límite. La camisa pegada en la piel, las manos trémulas, la vista empañando de vez en cuando. Parpadeo fuerte, intento concentrarme en la próxima naranja, pero el peso de la cesta parece doblar de repente.
La garganta quema. Trago en seco, pero no hay saliva suficiente. El aire parece espeso, difícil de jalar para dentro de los pulmones. Aun así, continúo.
— Anda luego — la voz de doña Iolanda resuena a la distancia.
Doy dos pasos más. El suelo ondula. El sonido alrededor se aleja, como si estuviera debajo del agua. La cesta escapa de mis manos y las naranjas ruedan por la tierra seca.
— Eh... — alguien murmura.
Intento agacharme para recoger las frutas, pero las piernas no responden. Un calor fuerte sube por el pecho, la cabeza gira y, por un segundo, todo se pone blanco.
Después, nada.
Caigo de lado, el cuerpo pesado encontrando el suelo con un golpe seco.
— ¡Moza! — alguien grita.
El bullicio se esparce por la plantación. Uno de los trabajadores corre hasta mí, otro llama por ayuda. Doña Iolanda se aproxima, el rostro tenso — más preocupado con el caos que conmigo.
— Levanta — dice, áspera. — Esto aquí no es lugar para drama.
Pero no consigo moverme.
Es cuando él surge entre los árboles. El señor Gustavo. Pasos largos, expresión cerrada, pero ahora carrega algo nuevo: urgencia.
Él se arrodilla a mi lado, toca mi pulso, siente mi latido débil demás.
— Ella está deshidratada — dice, firme. — Traigan agua. Ahora.
Doña Iolanda cruza los brazos.
— Yo le dije para esperar el intervalo.
Levanto los ojos para él, y el silencio que se instala es pesado.
— ¿Usted prohibió a una funcionaria de beber agua? — pregunta, la voz baja, controlada demás.
La supervisora hesita.
— Las reglas…
— Mis reglas — él la interrumpe. — Son claras. Agua no se niega a nadie.
Él quita su propia camisa e improvisa sombra sobre mi rostro mientras alguien corre a buscar agua. Uno de los trabajadores moja un paño y coloca en mi frente.
Gimo bajo, pestañas temblando.
— Calma — él dice, más para sí que para mí. — Respira.
Cuando abro los ojos por un instante, todo lo que veo es un rostro borroso, una voz firme y manos sujetándome para que yo no caiga de nuevo.
Antes de apagar otra vez, pienso que no debería confiar en nadie. Pero mi cuerpo ya no obedece.
Y, en aquel suelo caliente de la plantación, algo se rompe — no solo en mi cuerpo, sino en la mente, me siento segura en los brazos del Señor Gustavo.