Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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Acto II: La Doble Vida
Capítulo 16: El aire
—
Cinco días sin salir de casa.
Cinco días en pijama, con Blanca permanentemente en mi regazo y
Laura apareciendo cada tarde con comida que apenas probaba. Las persianas bajadas. El móvil apagado la mayor parte del tiempo. Los lienzos mirándome desde las paredes como testigos mudos de mi derrumbe.
—Tienes que comer —dijo Laura, dejando un táper de pasta sobre la mesa.
—No tengo hambre.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre es verdad.
Ella se sentó a mi lado en el suelo. Blanca, que hasta entonces dormía, levantó la cabeza, la reconoció, y volvió a su letargo.
—Tu madre ha llamado otra vez.
—¿Qué le has dicho?
—Que estás preparando la exposición. Que trabajas mucho. Que no te preocupes.
—Gracias.
—Mientes fatal, pero bueno.
Apoyé la cabeza en su hombro. Hacía días que no lloraba. Hacía días que no sentía nada.
—¿Crees que volveré a ser normal? —pregunté.
—¿Normal? Nunca has sido normal.
—Ya, pero más normal que esto.
Laura guardó silencio un momento. Luego dijo:
—Lo que te pasó no es normal. Lo que él hizo no es normal. Tú estás reaccionando a algo que no tendría que haber pasado. Date tiempo.
—La exposición es en tres semanas.
—Y en tres semanas vas a estar mejor. O no. Pero irás igual. Porque eres la hostia y no dejas que un imbécil te pare.
Sonreí. Fue una sonrisa pequeña, casi un esbozo, pero fue algo.
—
El sexto día, sonó el móvil.
Número desconocido. Estuve a punto de no cogerlo. Pero algo me dijo que lo hiciera.
—¿Irene?
—Sergio.
—Sí. ¿Puedes hablar?
Miré a Laura. Ella asintió.
—Sí, dime.
—El señor Moncada se va a Berlín la próxima semana. Estará fuera al menos diez días. He pensado que... bueno, que puedes volver a la oficina cuando te sientas preparada. Sin prisas.
Berlín.
La palabra me golpeó como un puñetazo.
—¿Berlín? —repetí.
—Sí, asuntos de la fundación. Una exposición, creo.
—¿Qué exposición?
—No lo sé con certeza. Algo de una artista emergente. Iliv, me parece. ¿La conoces?
El mundo se detuvo.
—No —dije—. No la conozco.
—Bueno, da igual. El caso es que estará fuera. Tú vuelve cuando quieras. Y si necesitas algo, llámame.
—Gracias, Sergio.
Colgué.
Laura me miraba fijamente.
—¿Qué pasa?
—Se va a Berlín.
—¿Quién?
—Él. Marcos. A una exposición.
—¿Y qué exposición?
—La mía.
—
El silencio se instaló en el estudio como una losa.
—No —dijo Laura—. No puede ser.
—Ha dicho Iliv. La artista emergente Iliv. Soy yo.
—Pero él no sabe que eres tú.
—No.
—Entonces solo va a ver la exposición. Como un coleccionista más.
No tiene por qué verte.
—Voy a estar ahí, Laura. Yo. En mi exposición. Presentando mis obras. Hablando con la gente. Si él entra...
—No tiene por qué reconocerte.
—¿Y si me reconoce?
—¿Reconocerte? ¿Cómo? No sabe que eres Iliv. No sabe que las obras son tuyas. Para él, tú eres su secretaria, una chica que pinta por hobby. No la artista que busca.
—Pero si me ve allí...
—Estarás en tu exposición. Es tu derecho. Él no puede hacerte nada.
—Ya me hizo.
Laura apretó los puños. Luego me abrazó.
—Entonces no vas.
—Tengo que ir.
—Irene...
—Es mi exposición. Es mi oportunidad. Llevo años esperando esto. No voy a dejar que él me lo quite.
—Pero si te ve...
—No me va a ver. Estaré alerta. Si entra, me escondo, me voy, lo que sea. Pero voy a estar ahí.
Laura me miró largamente. Luego asintió.
—Vale. Pero voy contigo.
—¿A Berlín?
—A Berlín. Me coges un billete de esos baratos y voy. No te dejo sola.
—
El lunes volví a la oficina.
Todo parecía igual. La misma entrada de mármol, el mismo ascensor, la misma mesa con la silla manchada. Pero algo había cambiado. Yo había cambiado.
Encarna me recibió con un abrazo inesperado.
—¿Estás bien? Sergio dijo que habías estado mala.
—Sí, ya estoy mejor.
—Pues me alegro. Aquí todo sigue igual. El jefe, de viaje. Los demás, como siempre.
—Menos mal.
Me senté frente al ordenador. La pantalla se encendió. Cien correos sin leer. Todos podían esperar.
A media mañana, sonó el teléfono. Llamada interna.
—Irene, soy Sergio. ¿Puedes subir un momento?
—Claro.
Subí a su despacho. Estaba solo, con su planta y sus pantallas.
—Siéntate.
Me senté.
—Quería pedirte disculpas —dijo.
—¿Por qué?
—Por no haber visto lo que pasaba. Por no haber hecho algo antes.
—No era tu responsabilidad.
—Trabajo para él. Lo conozco. Sabía que podía pasar algo así. Debería haber...
—Sergio.
Levantó la vista.
—No fue tu culpa. No fue culpa de nadie. Bueno, sí, fue culpa suya.
Pero no tuya.
Asintió lentamente.
—¿Vas a denunciarlo?
—No.
—Irene, él no es un mal hombre pero...
—No tengo pruebas. Fue su palabra contra la mía. Él tiene dinero, poder, abogados. Yo tengo un alquiler que pagar y una exposición en Berlín.
—¿En Berlín?
—Sí. La próxima semana.
Sergio me miró de una forma extraña.
—Él también va a Berlín.
—Lo sé.
—¿Vas a evitarle?
—Voy a intentarlo.
—¿Y si no puedes?
—Entonces... ya veré.
—
Esa noche, en el estudio, saqué las obras que llevaría a Berlín.
Ocho piezas. Las mejores. Las que Helga había elegido. Las que cambiarían mi vida.
Blanca saltó sobre una caja y se hizo un ovillo.
—¿Crees que estoy loca? —le pregunté.
Ella ronroneó.
—Sí, seguramente.
Empecé a embalar. Una a una. Con cuidado. Con mimo.
La última era un óleo pequeño. Una mujer de espaldas, mirando por una ventana. Su espalda. Mi espalda. Pero también...
También la suya.
La que pinté sin querer después de la cena.
La que tenía su silueta, su luz, su ausencia.
—Esta no va —dije.
La aparté. La apoyé contra la pared, boca abajo, para no verla.
Pero sabía que estaba ahí.
Como él.
Siempre como él.