En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 18.
Frente a él había otro hombre.
Lucien.
—No puedes hacerlo —decía Lucien.
—No voy a permitir que te destruyas.
—No estás intentando salvarme. Estás intentando impedir que me marche.
Julian se levantó.
—¡Porque sé lo que sucederá si cruzas esa puerta!
Lucien lo miró con una tristeza insoportable.
—No. Solo sabes lo que temes que suceda.
Después, Lucien se volvió hacia la ventana.
—Te amo, Julian. Pero no puedo seguir amándote de esta manera.
La visión se quebró.
Leo retiró la mano bruscamente y tropezó hacia atrás.
Julian lo sujetó antes de que cayera.
—¡Leo!
Durante unos segundos, Leo no pudo hablar. Sentía la habitación girando a su alrededor y tenía la impresión de haber llorado, aunque su rostro estaba seco.
Julian lo sostuvo por los hombros.
—Mírame.
Leo levantó los ojos.
—Yo estaba allí —susurró.
Julian palideció aún más, si eso era posible.
—¿Qué has visto?
—A ti. A Lucien. Estabais discutiendo.
Dorian dejó de examinar la puerta.
—¿Qué dijo?
Leo tragó saliva.
—Que te amaba, pero que no podía seguir amándote de esa manera.
El rostro de Julian se transformó.
No hubo rabia, ni sarcasmo, ni una amenaza destinada a ocultar lo que sentía.
Solo dolor.
Un dolor tan antiguo que parecía haber echado raíces en cada rincón de su existencia.
Soltó lentamente a Leo.
—Esa fue la última conversación que tuvimos.
Leo sintió que se le encogía el corazón.
—¿Entonces lo que he visto es un recuerdo suyo?
—No lo sé.
—Pero parecía real.
—Los recuerdos pueden ser reales sin pertenecerte —intervino Dorian—. Y también pueden estar incompletos.
Julian se volvió hacia él.
—¿Cómo sabes eso?
Dorian no contestó.
En cambio, sacó una pequeña llave de plata del bolsillo interior de su abrigo.
La introdujo en una ranura casi invisible bajo los símbolos de la puerta.
Se escuchó un clic.
La puerta se abrió.
Y un olor a rosas marchitas llenó el corredor.
La habitación parecía intacta.
Había una cama con dosel, un escritorio de madera oscura y una estantería llena de libros. Las cortinas permanecían cerradas, aunque una luz tenue se filtraba por los bordes.
Sobre la mesa descansaba una copa de cristal.
Junto a ella había una rosa negra perfectamente conservada.
Leo entró primero.
No supo explicar por qué.
Tal vez porque necesitaba comprobar que la visión había sido un recuerdo y no una alucinación. Tal vez porque una parte de él sentía que, de alguna manera, aquel lugar le pertenecía.
Se acercó al escritorio.
Había una fotografía enmarcada.
Lucien aparecía sentado en un jardín, con una expresión serena y la mirada dirigida hacia alguien fuera del encuadre.
Al dorso de la fotografía se leía:
Para Julian. Cuando recuerdes quién eras antes de tener miedo.
Leo pasó los dedos por el borde del marco.
—¿Por qué conservaste esto?
Julian estaba en la entrada.
—Porque no fui capaz de destruirlo.
—¿Y por qué no regresaste a esta habitación?
—Porque durante mucho tiempo creí que, si volvía a verla, tendría que aceptar que Lucien no regresaría.
Leo se volvió hacia él.
—¿Lo sigues esperando?