Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.
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Capítulo 19
Capítulo 019: Bajo el mismo techo
Valeria no respondió esa noche.
No porque no quisiera.
Porque no sabía cómo decir la verdad sin convertirla en otra herida.
Sebastián tampoco la obligó. La miró durante unos segundos que parecieron demasiado largos para una vida y demasiado cortos para dos. Luego abrió la puerta de la suite, llamó a una sanadora y ordenó revisar el pulso de Valeria, el nivel de acónito en sangre y cualquier signo de agotamiento del vínculo.
Todo con voz tranquila.
Todo sin volver a preguntarle si lo había amado.
Eso fue peor.
A la mañana siguiente, la Casa de la Luna cambió alrededor de ella.
No de forma visible para los invitados. La fuente siguió sonando en el patio. Las mujeres de administración cruzaron con carpetas. Los muchachos de entrenamiento salieron hacia la pista del este. Pero Valeria notó las diferencias: un centinela nuevo en la escalera, dos cámaras reorientadas, la puerta lateral cerrada con sello de Alpha.
Y una habitación preparada en el ala privada.
No la de Sebastián.
La de al lado.
Valeria se quedó en el umbral con una bolsa pequeña en la mano.
—No.
Sebastián, que venía detrás, no fingió no entender.
—Sí.
—No voy a mudarme a tu ala como si fuera una prisionera elegante.
—No eres prisionera.
—Entonces puedo irme a Casa Marín.
—Puedes.
Valeria lo miró.
Él no parpadeó.
—Pero si vas, iré contigo.
—Eso no mejora tu argumento.
—No era un argumento. Era información.
Mateo, que había subido con dos cajas de documentos, tosió para esconder una risa. Falló.
Valeria le lanzó una mirada.
—Tú no opines.
—Yo solo soy el hermano que trae tus cosas porque “no voy a vivir con él” aparentemente significa “trae tres vestidos, dos tabletas y todos mis archivos”.
—Mateo.
—Ya me callo.
No se calló de inmediato. Dejó las cajas sobre la mesa, le dio un beso rápido en la frente y bajó la voz.
—Mamá está de acuerdo. Papá no, pero solo porque quiere poner él mismo veinte hombres en la puerta. Diego dijo algo sobre dormir con un machete en el pasillo.
—Dile a Diego que no sea dramático.
—Eso sería pedirle que deje de respirar.
Cuando Mateo se fue, la habitación quedó demasiado silenciosa.
Era bonita.
Eso la irritó.
Paredes claras, madera oscura, un balcón hacia la sierra. No había adornos pesados ni flores escogidas por otra mujer para hacerla sentir invasora. Sobre la cama, una manta gris. En el escritorio, té de canela todavía humeante.
Y una segunda llave.
Valeria la tomó entre dos dedos.
—¿Para qué?
—Para que cierres desde dentro.
—¿Y tú?
Sebastián sacó otra llave del bolsillo y la dejó en la mesa.
—No entraré si no me invitas.
Valeria sintió algo raro en el pecho.
Una defensa que esperaba golpearse contra una pared y encontró aire.
—Eres muy bueno haciendo que tus jaulas parezcan puertas.
Él aceptó la frase sin defenderse.
—He sido una jaula para ti.
La respuesta le quitó fuerza.
—En esta vida no.
—Todavía.
Valeria apretó la llave.
El aroma de Sebastián estaba más tenue que de costumbre. Como si hubiera dejado la habitación lista pero hubiera cuidado de no impregnarla demasiado.
Respeto.
Qué palabra tan peligrosa.
—Anoche me preguntaste algo —dijo ella.
Sus ojos subieron a los de ella.
—Sí.
—No contesté.
—Lo sé.
—No porque fuera no.
El vínculo se tensó entre ambos.
Sebastián no se movió.
Valeria miró la lluvia seca en el balcón, las gotas todavía prendidas al barandal.
—En esa vida, al principio te odié porque era más fácil. Luego te temí porque todos me dijeron que debía temerte. Después... después hubo momentos.
—¿Momentos?
—Cuando mandabas sanadores a escondidas. Cuando devolvías a Casa Marín rutas que Adrián decía haber conseguido. Cuando una vez me defendiste ante el Consejo aunque yo había firmado una carta contra ti.
Él cerró la mandíbula.
—Eso no es amor.
—No. Pero fue la primera vez que dudé.
El silencio no dolió tanto como la noche anterior.
Valeria respiró.
—No sé si llegué a amarte antes de morir. Sé que, cuando me estabas sosteniendo, quise haberlo hecho.
Sebastián apartó la mirada.
Fue un gesto pequeño.
Suficiente para partirle algo.
—No digas eso si solo es culpa.
—No es solo culpa.
Él la miró otra vez.
Valeria no retrocedió.
—Tampoco es una promesa. Todavía no sé cómo amar sin miedo.
La boca de Sebastián se curvó apenas, sin alegría.
—Yo tampoco.
Ahí estaban.
Dos personas con un vínculo destinado por la luna y cero idea de cómo no hacerse daño.
Muy romántico.
Muy desastre.
Valeria dejó la llave en el bolsillo.
—Me quedaré aquí hasta que encontremos quién está moviendo los juramentos de sangre.
—Bien.
—No dormirás en mi puerta.
—No.
—No mandarás a nadie a seguirme dentro de la Casa.
—Mandaré a alguien a revisar pasillos antes de que salgas.
—Sebastián.
—Estoy negociando.
Valeria lo miró fijo.
Él sostuvo la mirada con una calma insolente.
Al final ella suspiró.
—Pasillos. No sombras pegadas a mí.
—Acepto.
—Y si necesito ir a Casa Marín, voy.
—Me avisas.
—Te aviso. No te pido permiso.
—Eso dije.
No era cierto, pero había avanzado lo suficiente por una mañana.
Más tarde, cuando quedó sola, Valeria abrió las cajas.
Mateo había metido ropa, documentos, su cepillo de plata, una bolsa con pan dulce de Elena y un papel doblado con letra de Diego: “Si te molesta, le rompo la cara. Si te gusta, también lo amenazo. Por protocolo”.
Valeria rió.
Una risa real.
Pequeña.
La primera desde su muerte.
Esa noche durmió en la habitación nueva con la llave echada.
Soñó con un pasillo de piedra blanca.
No estaba en la Casa de la Luna.
No estaba en ninguna parte que conociera.
Había puertas a ambos lados, miles quizá, y todas tenían nombres grabados en un idioma que su sangre entendía aunque su mente no. Al fondo, una puerta más alta que las demás respiraba luz plateada por las grietas.
Valeria caminó hacia ella descalza.
Cada paso le costaba un recuerdo.
La voz de Adrián.
El llanto de Elena.
Las manos de Sebastián llenas de sangre.
Cuando llegó a la puerta, encontró una inscripción en español antiguo, pero viva:
Todo conocimiento exige precio.
Valeria levantó la mano.
Al otro lado, alguien rió con suavidad.
—Llegas tarde, niña de luna.
La puerta se abrió.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
y los cachorros para cuando
tarde
pero sale
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho