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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

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Capítulo 19: El chantaje del éxito

La calma duró poco. Como una ola traicionera que se retira solo para regresar con más fuerza, el éxito volvió a golpear la puerta de César con exigencias más altas que nunca. El disco nuevo, ese que él había grabado sin poner el alma, estaba resultando un éxito comercial inesperado. La canción “Baila conmigo” se había vuelto viral en las redes sociales. Los videos de TikTok la usaban para coreografías. Las radios la repetían cada hora. Los jóvenes la tarareaban en las calles.

César la odiaba.

Cada vez que escuchaba “Baila conmigo” en la radio, sentía náuseas. La letra era una estupidez disfrazada de alegría, el ritmo era una fórmula matemática para vender, y su voz sonaba procesada, autotuneada, artificial. Pero a la gente le encantaba. Y a la disquera también, porque significaba dinero.

Mauricio lo llamó a su oficina una tarde radiante. “¡César! ¡Tienes que ver estos números! El disco está en el top 10 de ventas. ‘Baila conmigo’ es la canción más sonada del mes. Te quiero ver contento, carajo. ¡Estás hecho!”

César miró los números en la pantalla de la computadora. Millones de reproducciones. Miles de descargas. Cifras que cualquier artista mataría por tener. Pero él no sentía alegría. Sentía un vacío más grande que el océano.

“¿Cuánto de eso es mío?”, preguntó.

Mauricio parpadeó, como si la pregunta lo hubiera sacado de su burbuja de euforia. “¿Cómo dices?”

“Los números. Las ventas. Las reproducciones. ¿Cuánto de ese dinero llega a mi bolsillo?”

Mauricio cerró la pantalla de la computadora con un gesto brusco. “César, ya hablamos de eso. Las regalías se pagan después de recuperar la inversión. Y la inversión es alta. El estudio, los músicos, la promoción, los viajes… todo eso cuesta. Tú todavía estás en números rojos.”

“¿Números rojos? ¿Después de dos discos, una gira nacional y millones de reproducciones?”

Mauricio suspiró, como quien explica algo obvio a un niño terco. “Así funciona la industria, César. Los artistas empiezan ganando poco. Después, cuando se vuelven súper estrellas, ganan mucho. Tú estás en el camino. Paciencia.”

Paciencia. Esa palabra se había convertido en el nuevo mantra. Paciencia para esperar el dinero. Paciencia para aguantar a Esteban. Paciencia para cantar mentiras. Paciencia para no enloquecer.

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Esa noche, César revisó su cuenta bancaria por primera vez en semanas. Había ahorrado algo, sí, pero nada que se acercara a lo que imaginaba. Con lo que ganaba en un mes, no podía ni pagar el alquiler de un apartamento decente en la ciudad. Por suerte, la disquera le seguía prestando el suyo. Pero eso también era parte del chantaje: mientras dependiera de ellos para vivir, no podría irse.

Llamó a Ramiro. Sabía que estaba prohibido, pero ya no le importaba. Necesitaba consejo.

“¿Estás loco? Si se enteran de que me llamaste…”, dijo Ramiro al otro lado, con voz baja.

“Ya no me importa. Necesito saber si hay alguna manera de salir de este contrato sin arruinarme.”

Ramiro se quedó en silencio un momento. Luego dijo: “Hay una manera, pero es peligrosa. Necesitas demostrar que la disquera incumplió su parte. Por ejemplo, si no te pagan lo que deben, o si te obligan a hacer algo ilegal. ¿Tienes algo de eso?”

César pensó en la declaración jurada falsa. En el otro artista al que habían destruido. “Sí. Tengo algo. Pero si lo uso, me destruyen a mí también.”

“Por eso es peligroso. Mira, César, te voy a dar el número de una abogada. Se llama Lucía. Es especialista en derecho artístico y no le tiene miedo a las disqueras grandes. Pero te advierto: si contratas a Lucía, prepárate para la guerra. Te van a demandar, te van a difamar, te van a hacer la vida imposible. Y no hay garantía de que ganes.”

César anotó el número en su cuaderno, junto a las letras de sus canciones. “¿Tú crees que debería hacerlo?”

“Yo creo que deberías hacer lo que te dé paz. La fama sin paz es una condena. Ya lo sabes.”

Colgaron. César se quedó mirando el número de teléfono escrito en la hoja. Podía llamar. Podía empezar la guerra. O podía seguir como hasta ahora, tragando mentiras, sonriendo para las cámaras, esperando un futuro que nunca llegaba.

No llamó. Todavía no.

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Al día siguiente, Esteban lo esperaba en el estudio con una noticia que lo heló. “Gira internacional. Seis meses. Empiezas en dos semanas. Vas a tocar en México, Colombia, Argentina, Chile y España. Prepárate.”

César sintió que el suelo se movía. “¿Seis meses? No puedo estar tanto tiempo fuera. Mi familia…”

“Tu familia no está en el contrato”, lo interrumpió Esteban. “La gira sí. Y si te niegas, incumples. Ya sabes las consecuencias.”

Las consecuencias. La ampliación del contrato. Las multas. La pérdida de todo. César apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas.

“¿Y el dinero de la gira? ¿Eso también se va a inversión?”

Esteban sonrió, esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos. “La gira es inversión. Te estamos lanzando al mundo, César. Deberías estar agradecido.”

Agradecido. Otra palabra vacía. César no sentía gratitud. Sentía asco. Asco de él mismo por seguir aceptando, por seguir doblando la cabeza, por seguir siendo el perro faldero de una disquera que lo trataba como a un número.

Pero no dijo nada. Salió del estudio caminando erguido, con la cabeza en alto, pero por dentro se estaba desmoronando.

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Esa noche, en el apartamento vacío, tomó el teléfono y marcó el número que Ramiro le había dado. Sonó dos veces. Contestó una voz femenina, firme, segura.

“¿Lucía?”, preguntó César.

“Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?”

“Me llamo César Mora. Soy músico. Necesito su ayuda.”

Hubo una pausa. Luego Lucía dijo: “César Mora. El de Melodía Records. Te he oído hablar. También he oído hablar de tu contrato. Si es cierto lo que dicen, tienes un problema muy gordo. Pero también una oportunidad.”

“¿Qué oportunidad?”

“La de pelear. La de recuperar tu vida. La de dejar de ser un producto para volver a ser una persona. ¿Estás dispuesto a pagar el precio?”

César cerró los ojos. Pensó en su madre. Pensó en la ventana de vidrio. Pensó en Milo yendo a la escuela. Pensó en sus canciones verdaderas guardadas en una memoria USB. Pensó en el garaje que olía a gasolina.

“Sí”, dijo. “Estoy dispuesto.”

“Entonces nos vemos mañana en mi oficina. Trae todo lo que tengas: contratos, correos, mensajes, grabaciones. Todo. Esto va a ser una guerra. Pero las guerras se ganan con información.”

Colgaron. César guardó el teléfono y sacó su cuaderno. En las páginas finales, empezó a hacer una lista: fechas, nombres, cláusulas, mentiras. La evidencia de su cautiverio. La llave de su libertad.

No sabía si ganaría. No sabía si sobreviviría. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba haciendo algo. Algo suyo. Algo verdadero.

La guerra comenzaba.

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