La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
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CAPÍTULO 24: EL PEAJE DE LA CARNE Y EL PUNTO DE NO RETORNO
La Avenida Van Ness moría en una explanada de hormigón agrietado que daba acceso al viaducto norte, la arteria elevada que conectaba el distrito financiero con la zona industrial donde Celina ocultaba su búnker.
Elías Vane se arrastró sobre el asfalto frío, manteniendo el pecho pegado al suelo, justo detrás de la carcasa calcinada de un autobús urbano.
El musgo bioluminiscente de su chaleco, aunque seguía emitiendo su limpio resplandor azul, había sido cubierto parcialmente con una capa de lodo para evitar que el brillo delatara su posición ante los ojos amarillos que acechaban en la niebla.
A su lado, Jake respiraba con un siseo rítmico, tratando de contener las náuseas.
El vendaje de su brazo izquierdo estaba empapado de una mezcla de sangre oscura y un exudado seroso que delataba la lucha interna de sus anticuerpos contra las esporas del hongo parásito. El chico sostenía el fusil de percusión con la mano derecha, apoyando el cañón sobre el neumático reventado del autobús.
—Mire el peaje, maestro
—susurró Jake, su voz arrastrándose con una madurez sombría que ya no pertenecía a un aprendiz
— Celina no tuvo un camino limpio. Dejaron un rastro de hierro.
El escenario frente a las cabinas de peaje era un monumento al realismo sucio de la guerra convencional.
El convoy blindado de la reina de la Hermandad se había visto obligado a romper un bloqueo táctico. El suelo estaba sembrado de cientos de casquillos de latón percutidos, cartuchos de escopeta de calibre doce esparcidos como hojas muertas y marcas de frenazos negros que habían desgarrado las costras de hongo que cubrían la carretera.
Dos vehículos ligeros de la Hermandad, todoterrenos con planchas de acero soldadas en las puertas, habían sido abandonados tras chocar contra los muros de contención; sus motores aún emitían un siseo de vapor caliente y el olor a gasolina derramada se mezclaba con el hedor acre de la pólvora quemada.
Sin embargo, los muertos no descansaban.
Los Hijos de la Resonancia habían tomado el control del peaje inmediatamente después de que el grueso del convoy de Celina lograra cruzar. No eran meros carroñeros; operaban con la eficiencia quirúrgica de la mente colmena.
Cuatro líderes del culto, con sus túnicas de cuero endurecido jironadas y sus cráneos recubiertos por esa costra ósea que caracterizaba la Fase 5 avanzada, se movían entre los cadáveres de los soldados de la Hermandad.
Llevaban en sus manos las largas agujas de acero conectadas a los tanques de cuero.
Elías observó con una mueca de asco cómo uno de los cultistas clavaba la jeringa industrial directamente en la base del cráneo de un mercenario caído.
Pero esta vez no estaban extrayendo fluido; estaban inyectando. El tanque de cuero del cultista palpitó, y una corriente de esporas concentradas de color purulento fluyó a través del tubo transparente hacia el interior de la médula del cadáver.
En cuestión de segundos, el cuerpo del soldado muerto comenzó a sufrir una metamorfosis violenta, una aceleración artificial hacia la Fase 6 del virus. Los músculos de los brazos del cadáver se estiraron con chasquidos secos, rompiendo las costuras del uniforme de la Hermandad.
De sus dedos brotaron excrecencias calcificadas y la mandíbula se expandió hacia los lados, dividiéndose en dos apéndices fúngicos que comenzaron a emitir el zumbido armónico de la colmena.
—Están creando un ejército de contención en tiempo real
—dijo Elías, su mirada fija en el armamento que había quedado tirado en el suelo de la escaramuza
—Celina les abrió el apetito con su pólvora y ahora usan sus propios muertos como arcilla biológica. Si esos nuevos mutados de Fase 6 terminan de estabilizarse, el puente quedará completamente sellado.
No alcanzaremos a Celina antes de que entre en el búnker.
—¿Qué hacemos?
—preguntó Jake, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano herida
—No nos quedan cartuchos suficientes para limpiar ese peaje en un tiroteo abierto.
Elías barrió el suelo con la mirada hasta que sus ojos de lobo se detuvieron en el cuerpo de un oficial de la Hermandad que yacía a diez metros de su posición, medio oculto bajo el parachoques de uno de los todoterrenos estrellados. El cadáver aún llevaba un chaleco táctico militar de antes del colapso, y de uno de los bolsillos laterales asomaba el cilindro metálico de una granada de humo de fósforo blanco. Además, el fusil automático del oficial, un fusil de asalto convencional de calibre cinco con cincuenta y seis, yacía a pocos centímetros de sus dedos rígidos.
—Ves ese oficial, Jake
—dijo Elías, señalando con el mentón
— Su fusil tiene un cargador de tambor.
Eso son sesenta oportunidades de plomo limpio. Y el cilindro de su chaleco es fósforo.
El hongo parásito odia el fuego químico; quema las esporas del aire y rompe la resonancia mental de los líderes del culto.
Yo voy a moverme por el flanco izquierdo, usando las cabinas de peaje como cobertura para alcanzar el fusil.
Tú quédate aquí. Cuando veas que el humo blanco inunda el centro de la explanada, abres fuego con tu fusil de percusión contra los sacos del pecho de los infectados pequeños. Distrae su atención.
Jake asintió, su rostro rígido como el mármol. El dolor de su brazo parecía haber sido canalizado en una concentración fría y peligrosa.
—Entendido, maestro. No falle el tiro.
Elías se deslizó fuera de la cobertura del autobús con la fluidez de una sombra militar. Sus botas, desgastadas por los kilómetros de las Tierras Vivas, apenas hicieron ruido al pisar los casquillos vacíos. Se movió en cuclillas, pasando detrás de la primera cabina de cobro, cuyo cristal blindado estaba cubierto de impactos de bala y salpicaduras de sangre seca. El zumbido de los Hijos de la Resonancia era denso en el aire, una vibración sorda que hacía que el aire pareciera pesado, pero Elías mantuvo el control de sus músculos, ignorando el dolor punzante detrás de sus ojos.
Llegó al todoterreno estrellado.
Se arrodilló junto al cadáver del oficial, cuya cara había sido parcialmente devorada por el hongo, mostrando filamentos verdes que crecían entre los dientes expuestos.
Con cuidado, Elías deslizó los dedos por el chaleco del muerto, extrayendo la granada de fósforo blanco.
Luego, con un movimiento rápido, recogió el fusil de asalto y comprobó la recámara; un cartucho estaba alojado, listo para ser disparado. El peso del arma convencional, el frío del metal negro, le dio una oleada de seguridad que los viejos acordes magnéticos ya no podían ofrecer en esta nueva era de mutaciones avanzadas.
Elías arrancó la anilla de la granada con los dientes y la lanzó con fuerza hacia el centro de la explanada, justo donde dos de los cultistas estaban terminando de inyectar a un nuevo cadáver.
El cilindro metálico golpeó el asfalto y, un segundo después, estalló con un siseo violento. Una densa columna de humo blanco, espeso y ardiente, se expandió en abanico, llenando el peaje con partículas de fósforo que comenzaron a quemar el musgo de las paredes y las excrecencias fúngicas de los mutados.
El hongo parásito reaccionó de inmediato: el aire se llenó de un crujido asqueroso cuando las esporas suspendidas se incineraron en el acto.
Los Hijos de la Resonancia soltaron un alarido unísono, un grito mental de dolor puro que rebotó en los rascacielos cercanos.
La frecuencia de la colmena se rompió, dejando a los infectados de la Fase 6 recién nacidos tambaleándose en la niebla química, desorientados y ciegos.
—¡Ahora, Jake!
—rugió Elías, saliendo de su cobertura con el fusil de asalto apoyado en el hombro.
El fusil de percusión de Jake respondió desde el autobús. La bala pesada impactó en el saco pulmonar de uno de los mutados que intentaba salir del humo, abriendo un boquete por el que escapó el polvo fúngico quemado.
Elías, por su parte, apretó el gatillo de su fusil automático en ráfagas cortas y disciplinadas de tres disparos. El plomo convencional barrió las primeras líneas de la plaga. Los proyectiles de alta velocidad destrozaron las rodillas y las articulaciones de los zombis Fase 5 que avanzaban a gatas, derribándolos sobre el asfalto en una carnicería de carne desgarrada y fluidos oscuros.
Elías avanzó a través del humo blanco, manteniendo una línea de fuego implacable.
Un cultista, con la máscara ósea de su rostro ennegrecida por el fósforo, intentó lanzarle una estocada con su lanza de hierro.
Elías esquivó el golpe con un movimiento de cadera, dio un paso hacia adelante y descargó una ráfaga completa directamente en el torso desprotegido del líder del culto. Cinco impactos de calibre cinco con cincuenta y seis perforaron el cuero endurecido y destrozaron los órganos internos modificados del mutado.
El Hijo de la Resonancia cayó de rodillas, gimiendo un zumbido distorsionado antes de que Elías terminara el combate con un culatazo brutal que le partió la costra del cráneo.
—¡Maestro, cuidado a su derecha!
—gritó Jake, corriendo hacia la explanada mientras recargaba su arma en movimiento.
Uno de los soldados de la Hermandad que había sido inyectado con las esporas de Fase 6 se había puesto en pie.
Su cuerpo era una aberración hipertrofiada; el uniforme militar se había desgarrado por completo bajo la presión de una musculatura fúngica de color grisáceo que goteaba moco viscoso. La criatura se lanzó sobre Elías con una velocidad que desafiaba su tamaño, balanceando un brazo que terminaba en garras óseas afiladas.
Elías intentó levantar el fusil, pero la garra del monstruo golpeó el cañón, desviando la trayectoria de los disparos hacia el cielo y arrancándole el arma de las manos con una fuerza descomunal.
El impulso lanzó al comandante contra el capó del todoterreno, dejándolo sin aire por un segundo. El mutado de Fase 6 se abalanzó sobre él, con las mandíbulas abiertas en dos apéndices quitinosos listos para triturarle el cuello.
Antes de que los dientes fúngicos se cerraran, el estampido del fusil de Jake resonó a escasos metros.
El proyectil de percusión impactó en el lateral del cuello de la criatura, desviando el mordisco por milímetros. El monstruo soltó un chillido agudo y giró sobre sí mismo, golpeando a Jake con el revés de su brazo libre. El impacto envió al muchacho al suelo, haciéndolo rodar por el asfalto cubierto de casquillos y agravando el dolor de su brazo herido.
Elías, recuperando el equilibrio, sacó su cuchillo de combate de la vaina del cinturón.
Con un rugido que nació de sus entrañas, saltó sobre la espalda del gigante mutado.
Hundió la hoja de acero militar directamente en la nuca del monstruo, buscando el punto de unión de la médula donde el hongo parásito controlaba el sistema nervioso del cadáver.
El acero ofreció una resistencia tremenda debido a la calcificación de los tejidos, pero Elías aplicó todo el peso de su cuerpo, retorciendo el metal hasta escuchar un crujido seco.
La criatura de Fase 6 se tensó por completo, sus garras espasmódicas arañaron el aire y finalmente cayó hacia adelante, arrastrando a Elías en su caída sobre el hormigón.
El comandante se liberó del cuerpo flácido, jadeando, con los músculos de los brazos ardiendo por el esfuerzo físico y el uniforme empapado de la inmundicia del mutado.
La explanada del peaje quedó en silencio, roto únicamente por el siseo decreciente del fósforo blanco y el goteo de la sangre que corría hacia las alcantarillas. Los Hijos de la Resonancia supervivientes habían retrocedido hacia la oscuridad del viaducto, comprendiendo que el coste de contener a los dos soldados de Aegis era demasiado alto para la colmena en ese momento.
Elías se puso en pie con dificultad, recogiendo su fusil de asalto del suelo y limpiando el cañón con rapidez. Miró hacia donde Jake intentaba levantarse. El chico estaba apoyado sobre una de las cabinas de peaje, pero sus ojos estaban fijos en el interior de la estructura de cristal.
Dentro de la cabina, medio oculto por los restos de un panel de control destruido, yacía un soldado herido de la Hermandad de Celina.
Tenía las piernas aplastadas por el colapso del muro de hormigón y una profunda herida en el costado que sangraba de manera constante, tiñendo el suelo de la cabina de un rojo brillante.
El hombre estaba consciente, pero sus ojos reflejaban un terror absoluto.
Había presenciado toda la carnicería exterior y, lo que era peor, las esporas flotantes del aire ya habían entrado en su sistema a través de las heridas abiertas. Pequeños filamentos verdes comenzaban a tejerse debajo de la piel de su cuello, un signo inequívoco de que la mutación de la Fase 5 estaba comenzando a tomar el control de sus células.
El soldado de la Hermandad miró a Jake a través del cristal roto. Sus labios temblaban, cubiertos de una espuma rosácea.
—Por... favor...
—balbuceó el hombre, extendiendo una mano temblorosa hacia el chico
—No dejéis... que me conviertan... en uno de esos monstruos. No quiero... que me unan a su mente... Mátame... por lo que más quieras... méteme una bala en la cabeza...
Jake se quedó paralizado frente a la cabina. El fusil de percusión colgaba de su mano derecha, apuntando hacia el suelo. Miró las facciones del soldado, un hombre joven que bien podría haber sido un recluta de la Ciudadela Aegis en otras circunstancias. En su mente, las palabras de Celina sobre su tío Marco y los experimentos de Alexia volvieron a golpear con la fuerza de un martillo. ¿Es esto lo que somos? ¿Carne para el laboratorio o carne para la colmena?
Elías avanzó dos pasos, colocándose detrás de su alumno. Su rostro era una máscara de piedra, la expresión de un comandante que había visto morir a cien hombres en las líneas de defensa.
—El hongo ya está en su médula, Jake
—dijo Elías, su voz baja y desprovista de cualquier emoción
— En diez minutos, sus cuerdas vocales mutarán y empezará a emitir el zumbido de la resonancia. Se convertirá en un terminal de la colmena.
Sabe perfectamente lo que le espera si lo dejamos vivo.
—Es un ser humano, maestro
—dijo Jake, su voz temblando levemente, aunque sus ojos no se apartaban del herido
—Él peleaba por Celina, pero... es un hombre.
—Ya no
—sentenció Elías, poniendo una mano firme sobre el hombro sano del chico
— En este nuevo mundo, la compasión no se mide con vendas, Jake.
Se mide con el plomo. Si no eres capaz de terminar con su sufrimiento ahora, estarás permitiendo que la colmena gane un soldado más para destruir la Ciudadela.
Jake respiró hondo, un aire frío que le quemó los pulmones.
El dolor de su propio brazo mordido pareció desvanecerse, reemplazado por un vacío gélido que se instaló en el centro de su pecho.
Su mandíbula se tensó. Avanzó un paso hacia la entrada de la cabina de peaje, levantó el fusil de percusión y alineó el cañón de hierro directamente con la frente del soldado de la Hermandad.
El herido cerró los ojos, exhalando un suspiro de alivio en medio de su agonía.
—Gracias...
—susurró el hombre.
Jake presionó el gatillo.
El estampido del fusil de percusión dentro de la pequeña cabina de cristal fue ensordecedor. El impacto del proyectil terminó con los lamentos del soldado de manera instantánea, esparciendo una mancha roja sobre el Panel de control destruido. Jake no parpadeó.
No bajó el arma de inmediato; se quedó mirando el cuerpo inerte durante varios segundos, asimilando el peso del acto que acababa de cometer. El humo de la pólvora quemada flotó entre ellos, un velo gris que marcaba el fin de su inocencia.
Cuando finalmente bajó el fusil, se giró hacia Elías. Su rostro ya no reflejaba el miedo o la duda que habían marcado sus primeros pasos en aquella tierra tan cruel sus facciones se habían endurecido, adoptando la misma rigidez implacable que definía al comandante de Aegis.
—Ya está hecho...
—dijo Jake, su voz plana, desprovista de cualquier vibración emocional
—El camino está limpio. Vamos a cazar a Celina.
Elías miró al muchacho, detectando en él la transformación definitiva.
El hongo de las Tierras Vivas no solo mutaba la carne de los infectados; también mutaba el espíritu de los vivos, obligándolos a pagar un precio de sangre cada vez más alto para asegurar el mañana.
—Camina, soldado
—ordenó Elías, dándole la espalda a las cabinas de peaje y adentrándose en la oscuridad del viaducto elevado
— La noche es corta y el búnker de la reina todavía está por delante.
Los dos hombres de la Ciudadela Aegis avanzaron por la autopista destruida, dejando atrás el peaje de la carne, mientras el resplandor azul de su musgo bioluminiscente seguía brillando contra el asfalto, un faro solitario en medio de una San Francisco que se hundía irremediablemente en la penumbra de la Fase 6.