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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: Cobro

4:07 am.

No sonó la alarma. No se abrió la puerta. Simplemente estuvo ahí.

Malphas, en el cuerpo del chico rubio de traje blanco, parado al pie de la cama. No respiraba. No parpadeaba.

Lía se despertó por el frío. No el del aire acondicionado. El otro: el que dejaba el sello cuando algo se acercaba sin permiso.

Damián ya estaba despierto. No se había movido, pero tenía los ojos abiertos y la marca en la espalda encendida bajo la piel, se veía incluso a través de la sábana. Roja oscura.

—Qué tiernos —susurró Malphas—. Durmiendo juntos sin contrato empujando. Casi me dan ganas de dejarlos.

—No viniste a hablar —dijo Damián, sin levantarse.

—No. Vine a cobrar. —Malphas se inclinó sobre la cama y estiró la mano hacia Lía, despacio, como si fuera a acariciarle la mejilla.

No llegó.

El anillo de Lía y la marca en la espalda de Damián se encendieron al mismo tiempo —blanco, no rojo— y una onda de calor seco salió del espacio entre los dos. Le dio a Malphas en los dedos.

Siseó y retrocedió. La piel del cascarón se ampolló en la punta de los dedos, negra y después ceniza.

—Ah —dijo, sorprendido—. Eso es nuevo.

Damián se sentó en la cama de un movimiento. No lento. No humano. Las sábanas cayeron y la marca en la espalda brillaba entera: el círculo con las tres líneas, igual que el anillo. Ya no rojo. Plateado.

—Te dije que no la tocaras —dijo Damián. Voz baja. Sin eco todavía.

—Y yo te dije que iba a venir. —Malphas sacudió la mano, la piel se regeneró al instante—. Belial dijo que ya no te cubre. Así que…

No terminó. Damián ya estaba de pie.

No se transformó del todo. No salieron las alas. Solo los cuernos —negros, curvados, reales— y los ojos completamente negros con el rojo encendido. Y cuando habló, la habitación entera vibró.

—Salí de mi cuarto.

Malphas sonrió con todos los dientes.

—O qué. ¿Vas a matarme otra vez? ¿En mi tercer cascarón de la semana? Me halaga.

Lía se sentó en la cama, la sábana agarrada al pecho. El anillo ardía, no de dolor. De aviso. No te metas.

—No te metas —dijo Damián sin mirarla. Pero lo dijo para ella.

Malphas atacó primero. No con garras. Con palabras.

—Ella ya sabe que no contestaste el teléfono —dijo mientras se movía, y cada paso dejaba una huella de escarcha en el piso—. ¿Ya le contaste que después de eso fuiste al bar y firmaste a otras tres para no pensar en Elena?

Damián no contestó. Lo alcanzó en dos pasos y lo agarró del cuello.

No lo levantó. Lo empujó contra la pared. El yeso se rajó.

—No me importa lo que le cuentes —gruñó Damián—. Me importa que salgas.

Malphas se rió con la garganta apretada.

—Claro que te importa. Por eso estás temblando.

Lía se levantó. El anillo le quemaba la mano.

—¡Damián!

Él giró la cabeza un milímetro. Suficiente.

Malphas aprovechó. Le clavó la mano abierta en el pecho, justo sobre el corazón. No garra. Luz blanca. Fría.

Damián rugió —no de dolor, de rabia— y lo soltó para agarrarle la muñeca. Cuando lo hizo, la luz lo atravesó y le marcó la piel: tres líneas cruzadas, iguales a las del sello, pero al revés. Negras.

Cayó de rodillas.

—Damián —susurró Lía, y el sello la empujó hacia adelante sin que pensara.

Tres metros. No importaban. El contrato ya no medía distancia.

Puso las manos sobre la marca negra en el pecho de Damián, cubriéndola. El anillo y la marca plateada de su dedo se encendieron juntos.

El blanco de Malphas chocó con el plateado de ellos.

Y perdió.

La luz rebotó y le dio a Malphas en la cara. No lo quemó. Lo borró. El cascarón del chico rubio se deshizo desde la nariz hacia atrás, como papel quemado. Lo que quedó atrás no era humo. Era algo más alto, más delgado, sin cara.

Malphas de verdad.

—Interesante —dijo con voz que no usaba boca—. Muy interesante.

Levantó la mano. No hacia Damián. Hacia Lía.

Damián se interpuso aunque seguía de rodillas. Las alas salieron de golpe, completas, negras y coriáceas, abriendo y rompiendo la lámpara del techo. Los cuernos crecieron. La sombra ya no era sombra: era él.

—NO —rugió, y esta vez sí fue eco.

La habitación se llenó de calor seco, como horno. Los vidrios de la ventana se rajaron sin romperse.

Malphas bajó la mano.

—No hoy —dijo—. Hoy solo vine a medir cuánto duele cuando lo pierdas. —Miró a Lía—. Te va a doler más a vos. Siempre les duele más a las que eligen.

Se deshizo. No ceniza. Ausencia.

Silencio.

Damián seguía de rodillas, jadeando, las alas temblando. La marca negra en el pecho humeaba.

Lía se arrodilló delante y le puso las dos manos en la cara.

—Mírame.

Él levantó los ojos. Negros. Rojos. Cansados.

—Te tocó —dijo.

—No. —Lía negó—. Te tocó a vos. A mí no me llega.

Damián apoyó la frente en la de ella. Las alas se replegaron despacio, raspando el piso. Los cuernos se achicaron hasta desaparecer. Cuando volvió a ser él —Moreau, Azazel, Damián, lo que fuera— tenía sangre negra en la comisura de la boca.

Lía se la limpió con el pulgar.

—¿Qué te hizo?

—Me marcó. —Se tocó el pecho—. No mata. Duele. Cada vez que pienso en dejarte, duele más.

—¿Y si no pensás en dejarme?

—Entonces duele igual, pero menos.

Lía se rió sin ganas y lo besó. Corto. Fuerte. En la boca.

—Entonces no pienses.

Él le devolvió el beso y por un segundo el sello no latió. Estaba quieto. Satisfecho.

Se separaron cuando Lilith abrió la puerta de una patada, con un bate de metal en la mano y el traje blanco manchado de ceniza.

—Llegué tarde al show —dijo, mirando el agujero en la pared y el techo roto—. ¿Quién ganó?

—Nadie —dijo Damián, levantándose.

Lía se levantó también y se paró al lado, no detrás.

—Nosotros —dijo.

Lilith los miró a los dos. Después al bate. Lo tiró al piso.

—Qué asco. Están enamorados. —Fue a la cocina—. Hago café. Y alguien llame al seguro. Otra vez.

6:50 am.

Estaban en la cocina, los tres, con café y la ventana rota tapada con una tabla. El sol entraba igual.

Damián tenía la camisa puesta al revés y la marca negra en el pecho ya no humeaba. Solo dolía cuando la miraba.

Lía tenía la foto de Elena en el bolsillo. No la sacó.

Lilith revisaba el teléfono.

—Belial no contestó. Malphas tampoco. Eso significa que viene ronda dos. —Miró a Damián—. ¿Y? ¿Trono o chica?

Damián no contestó enseguida. Tomó café. Miró a Lía.

—Chica —dijo.

Lilith asintió.

—Bien. Porque el trono ya lo ofreció a Malphas esta mañana.

Damián dejó la taza.

—¿Qué?

—Mensaje en la línea vieja. “Azazel fuera. Malphas dentro. Fiesta el viernes.” —Le mostró la pantalla—. No te invitan.

Lía sintió el anillo enfriarse.

—¿Y si Malphas toma el trono?

—Entonces puede romper cualquier contrato que no sea suyo —dijo Lilith—. Incluyendo el de ustedes.

Damián se levantó. Fue hasta la ventana y miró la ciudad.

Cuando habló, no lo hizo como Azazel. Ni como Damián. Como algo en el medio.

—Entonces no llega al viernes.

Lía se levantó también. Se paró al lado.

—Nosotros —corrigió.

Él la miró de costado. No sonrió. Pero la marca en su espalda y el anillo en su dedo latieron una vez al mismo tiempo.

Igual.

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