⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️
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Tu aroma
El sonido de la máquina de café era lo único que llenaba el espacio entre ellos, pero para Cass, el ruido era ensordecedor porque intentaba ocultar el ritmo desbocado de su corazón. Sus manos, usualmente expertas y ágiles, se sentían torpes. Podía sentir la mirada de Kenny quemándole la espalda, una presencia física que parecía reducir el oxígeno en la pequeña cocina.
Cass tomó el frasco de miel. Sus dedos rozaron el vidrio pegajoso y, por un momento, se quedó mirando cómo el líquido dorado caía lentamente en la taza humeante.
—¿Siempre eres así de meticuloso? —la voz de Kenny llegó desde muy cerca. Se había movido de nuevo, sin hacer ruido, y ahora estaba apoyado contra el mostrador, justo al lado del Omega.
Cass se sobresaltó ligeramente, dejando caer una gota de miel sobre el borde de la porcelana.
—Solo intento hacer bien mi trabajo —respondió en un susurro, tratando de no mirar los labios del Alfa.
—Tu trabajo es servir café, pero lo que estás haciendo aquí es un ritual —dijo Kenny. Estiró una mano y, con una lentitud que torturaba los nervios del muchacho, tomó la mano del Omega que sostenía la cuchara.
El contacto fue abrasador. La mano de Kenny era grande, de dedos largos y piel ligeramente rugosa, llena de una fuerza contenida. Cass sintió un calambre eléctrico subirle por el brazo hasta el cuello. El Alfa no apretó, simplemente envolvió la mano del joven con la suya, guiándola para dejar la cuchara sobre la mesa.
—Te tiemblan las manos, Cass —notó Kenny. Sus ojos oscuros bajaron hacia los dedos entrelazados.
—Es por el calor de la máquina —mintió Cass por milésima vez, aunque el sudor que perlaba su frente no era por el vapor, sino por la cercanía del aroma a roble que lo estaba mareando.
Kenny no soltó su mano. En lugar de eso, deslizó su pulgar sobre los nudillos de Cass, trazando círculos pequeños y lentos. Era un roce suave, casi delicado, que contrastaba con la energía dominante que emanaba de él. El muchacho sintió que su voluntad se derretía como la miel en el café caliente. El aroma de Kenny, ese romero picante, parecía haberse filtrado bajo sus uñas, en sus poros, en su ropa.
—Mira lo que me haces —susurró Kenny, acercando la mano de Cass a su propio pecho.
Cass pudo sentir, a través de la palma de su mano y la fina tela de la camiseta de Kenny, el latido potente y errático del Alfa. Estaba igual de afectado que él. Esa revelación hizo que algo en el interior del Omega se encendiera; no era solo él quien estaba cayendo en este agujero negro.
—Kenny, esto no está bien —logró decir Cass, aunque no hizo ningún esfuerzo por retirar la mano. Sus dedos, de forma inconsciente, se cerraron sobre la tela de la camiseta del Alfa, arrugándola—. No nos conocemos.
—¿Crees que el instinto necesita un nombre y un apellido? —Kenny soltó la mano de Cass solo para llevar la suya hacia la mejilla del Omega. Sus dedos rozaron la línea de la mandíbula y luego subieron hasta acariciar el lóbulo de su oreja—. Tu aroma a café me despertó anoche tres veces. Tu miel está en mis sábanas aunque nunca hayas estado en mi cama. Eso es lo que importa.
Kenny se inclinó tanto que sus narices se rozaron. Cass cerró los ojos, esperando el impacto, deseando que ese aroma a bosque lo consumiera por completo. El Alfa exhaló un suspiro caliente contra sus labios, un aliento que sabía a peligro y a libertad.
—Pruébalo —ordenó Kenny en un susurro, señalando la taza de café que el joven acababa de preparar.
El Omega, confundido y con la respiración entrecortada, tomó la taza con ambas manos. El calor de la porcelana le devolvió un poco de realidad. Bebió un sorbo pequeño. El sabor era intenso, el café era amargo y fuerte, pero la miel le daba una suavidad que lo envolvía todo. Era exactamente como su relación con Kenny: un choque de fuerzas opuestas.
—Está... dulce —dijo el chico, con los labios brillando por el líquido.
Kenny fijó su mirada en los labios húmedos del joven. El hambre en sus ojos fue tan evidente que Cass sintió un tirón en el vientre. Sin previo aviso, Kenny tomó la taza de las manos del chico, pero no bebió de ella de inmediato. En su lugar, pasó su propio pulgar por el labio inferior de Cass, recogiendo el rastro de café y miel que había quedado allí.
Luego, con una lentitud diabólica, Kenny se llevó el pulgar a la boca y lo lamió, sin dejar de mirar al Omega a los ojos.
—Tenías razón —dijo Kenny, con la voz más grave que nunca—. Me encanta.
Cass sintió que sus piernas finalmente cedían y tuvo que apoyarse con ambas manos en el mostrador para no caer. El ambiente estaba tan cargado de feromonas que el aire parecía vibrar. En ese momento, el teléfono de Cass, olvidado sobre una mesa cercana, empezó a vibrar con insistencia. Era Santi.
El sonido rompió el hechizo. Cass parpadeó, volviendo a la realidad del local vacío y las luces de neón de la calle.
—Debo... debo contestar —dijo el joven, alejándose de Kenny con torpeza, sintiendo el frío de la ausencia del Alfa de inmediato.
Kenny dio un sorbo al café, observándolo con una sonrisa de suficiencia mientras se apoyaba relajadamente contra la pared. Sabía que ya había ganado. Había reclamado un espacio en la mente del Omega que nadie más podría ocupar.
Cass tomó el teléfono con manos temblorosas. <
—¿Hola? —dijo Cass, tratando de que su voz sonara normal.
—¡Cassy! ¿Dónde estás? Dijiste que cerrarías temprano —la voz de Santi sonaba llena de ansiedad—. Hay un auto negro extraño estacionado frente al apartamento. Tengo un mal presentimiento.
El muchacho miró a Kenny. El Alfa simplemente le guiñó un ojo y dejó la taza vacía sobre el mostrador.
La noche apenas comenzaba, y el peligro ya estaba tocando a su puerta.
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho