Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 19
El aire en el gran comedor de la mansión Lennox pesaba más que el plomo. La mesa de caoba estaba servida para doce, pero solo estábamos los que importábamos para esta guerra: mi padre Rodolfo, que no dejaba de sudar y mirar su reloj; Maximilian Lennox, presidiendo la mesa como un rey de la vieja escuela; Dorian, impecable y gélido; y nosotros dos.
Aidan no se había quitado la chaqueta de cuero. Se sentó a mi lado, agarrando mi mano por debajo de la mesa con una fuerza que me cortaba la circulación, pero no me importó. Era mi ancla en medio de ese nido de víboras.
—Espero que el salmón esté de su agrado, Rodolfo —dijo Maximilian, rompiendo el silencio con una voz que retumbó en las paredes talladas—. Aunque supongo que el apetito se pierde cuando los hijos deciden jugar a los bandidos en lugar de a los caballeros.
—Maximilian, yo... —mi padre intentó hablar, pero Dorian lo interrumpió con un golpe seco de su copa contra la mesa.
—No perdamos el tiempo con cortesías, padre —escupió Dorian, clavándome una mirada llena de un odio que me hizo revolver el estómago—. Estamos aquí porque mi hermano ha decidido que secuestrar a la hija de nuestro socio principal es una forma válida de pasar el fin de semana. Iris, ¿te divirtió la cabaña? ¿O ya te diste cuenta de que el olor a leña y sudor cansa después de un par de horas?
Me enderecé en la silla, soltando la mano de Aidan por un segundo para apoyarme en la mesa.
—Me divertí mucho más que en tu oficina de cristal, Dorian —le solté, con una sonrisa que sabía que le iba a doler—. Al menos ahí nadie intentó ponerme una cadena en el cuello.
—¡Basta de insolencias! —rugió Maximilian, haciendo que los cubiertos saltaran—. Aidan, vas a entregar las llaves de ese Mustang, vas a pedir disculpas por el bloqueo del edificio y vas a dejar que Iris regrese a su casa con su padre. El contrato del puerto se firma mañana, y no voy a dejar que tu obsesión con esta chica hunda el trabajo de décadas.
Aidan soltó una carcajada ronca, una que me puso los pelos de punta. Se reclinó en la silla, mirando a su padre como si fuera un extraño.
—¿El contrato del puerto? —preguntó Aidan, estirando las piernas con una arrogancia suicida—. ¿De verdad crees que me importa un m... el puerto, viejo? Puedes quedarte con tu cemento y tu acero. Iris no se va a ningún lado. No es una mercancía que puedas negociar en el postre.
—Aidan, por favor... —murmuró mi padre, con los ojos suplicantes—. Estás arruinando mi empresa. El apellido Colman está en juego.
Me levanté de la silla de golpe, haciendo que la pesada madera chirriara contra el suelo de mármol. Todos se quedaron mudos, mirándome como si fuera una aparición.
—¡Estoy harta! —grité, y mi voz resonó en toda la mansión—. ¡Harta de que hablen de mí como si fuera una maldita acción en la bolsa! Papá, lo siento, pero si tu empresa depende de que yo sea la esclava de Dorian, entonces tu empresa ya está muerta. Y tú, Maximilian... —me giré hacia el patriarca de los Lennox—, puedes ser el dueño de media ciudad, pero no eres el dueño de mi vida.
Caminé hacia Dorian, que me miraba con una mezcla de deseo y rabia contenida.
—Tú quieres el puerto para demostrar que eres mejor que tu hermano —le dije, señalándolo con el dedo—. Pero lo que no entiendes es que, mientras tú firmabas papeles, Aidan estaba aprendiendo a conocerme. Él sabe quién soy cuando no tengo un vestido de seda puesto. Tú solo quieres la foto del éxito.
Dorian se levantó también, quedando a pocos centímetros de mi cara.
—Él te va a destruir, Iris —siseó—. Es un salvaje. No sabe amar sin romper las cosas.
—Entonces que me rompa —le respondí, sintiendo a Aidan levantarse detrás de mí como una sombra protectora—. Prefiero que me rompa él mil veces a que tú me mantengas intacta en una vitrina.
En ese momento, Aidan perdió los estribos. Agarró a Dorian por el cuello de la camisa y lo estampó contra la pared de la biblioteca, tirando una lámpara de cristal que estalló en mil pedazos.
—¡Vuelve a hablar de ella así y te juro que no sales vivo de esta casa! —rugió Aidan.
—¡Sueltalo ahora mismo! —gritó Maximilian, sacando un teléfono—. ¡Llamaré a seguridad!
—¡Llama a quien quieras! —Aidan no soltaba a su hermano—. ¡Diles que vengan! ¡Diles que traigan a todo el ejército Lennox! ¡Iris es mía! ¡Mía por derecho, por deseo y porque ella así lo quiere! ¡Y si para estar con ella tengo que renunciar a este apellido de m..., lo hago ahora mismo!
El silencio que siguió al grito de Aidan fue absoluto. Maximilian se quedó con el teléfono en la mano, paralizado. Renunciar al apellido Lennox era la máxima traición. Era dejar de ser parte de la dinastía más poderosa del país.
Aidan soltó a Dorian, que cayó al suelo tosiendo y arreglándose la corbata con manos temblorosas. Aidan se giró hacia mí, con el pecho subiendo y bajando por la agitación, y me extendió la mano.
—Vámonos, Iris —dijo, con una voz que ya no era de guerra, sino de una súplica desesperada—. Vámonos de este nido de ratas. Empezaremos de cero. Sin puertos, sin contratos, sin apellidos. Solo tú y yo.
Miré a mi padre. Tenía la cara hundida en las manos. Miré a Maximilian, que parecía haber envejecido diez años en un segundo. Y luego miré a Aidan. Vi su labio partido, sus nudillos heridos y ese fuego en sus ojos que era lo único que me hacía sentir viva.
Caminé hacia él y entrelacé mis dedos con los suyos.
—Papá, te quiero —dije, sin mirar atrás—, pero no soy tu moneda de cambio.
Salimos del comedor bajo la mirada gélida de los Lennox. Al cruzar el vestíbulo, escuchamos el grito de Maximilian a nuestras espaldas:
—¡Si cruzas esa puerta, Aidan, estás muerto para esta familia! ¡No tendrás ni un centavo, ni un coche, ni un techo bajo este nombre!
Aidan no se detuvo. Al llegar al Mustang, me abrió la puerta con una caballerosidad que solo reservaba para mí. Antes de subir, miró hacia la ventana del piso superior, donde la silueta de Dorian nos observaba desde la oscuridad.
—A la m... el dinero, viejo —susurró Aidan para sí mismo.
Arrancó el motor con un rugido que hizo vibrar los cimientos de la mansión. Salimos disparados por el camino principal, dejando atrás los focos, las mentiras y los contratos. Mientras la ciudad se iluminaba a lo lejos, sentí que por fin las cadenas se habían roto.
No teníamos nada. Ni herencia, ni planes, ni seguridad. Pero mientras Aidan apretaba mi mano y el viento nos golpeaba la cara, supe que habíamos ganado la única batalla que importaba. Del odio al amor no hubo un paso; hubo un incendio. Y estábamos más que dispuestos a arder juntos para siempre.