Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 8 – Sombras del pasado
Maicol
La primera vez que la vi en la puerta de mi casa, con esa expresión nerviosa y los ojos llenos de expectativa, supe que algo en mi vida iba a cambiar. No quise admitirlo en ese instante, por supuesto; me limité a observarla con la misma seriedad con la que suelo encarar todo. Era más joven de lo que esperaba, demasiado joven quizá para entrar en un mundo como el mío, lleno de responsabilidades y cicatrices. Pero aun así, había algo en ella que me golpeó desde el primer segundo.
Briana.
Su nombre se quedó grabado en mi mente con una facilidad que me incomodó. Me pareció hermosa, aunque me reproché a mí mismo por pensarlo. Con su cabello desordenado por el viaje, las mejillas sonrojadas y esas curvas que parecían desafiarme en silencio, era imposible no notarlo. Aun así, no podía permitirme verla de esa manera. Para mí era la niñera, la joven estudiante que venía a cuidar de mis hijos mientras yo lidiaba con una vida que nunca terminaba de ordenarse.
Sin embargo, en los días siguientes, hubo algo más que su apariencia lo que me fue atrapando. Su amabilidad, la dulzura con la que hablaba, la forma en que se inclinaba hacia Pía para escuchar cada palabra, cada ocurrencia, como si nada en el mundo fuera más importante que esa niña. Vi en sus ojos una paciencia infinita, incluso cuando Teo la rechazaba una y otra vez. Vi cómo no se rendía, cómo buscaba la manera de entrar en su mundo sin forzarlo.
Y entonces ocurrió lo de anoche.
El rechazo de Teo en la cena fue como una puñalada, pero no para ella, sino para mí. Porque sabía que esas palabras eran su manera de gritarme que me sentía ausente, que mi trabajo y mi incapacidad para lidiar con mis propios fantasmas lo estaban alejando. Vi la herida en el rostro de Briana, pero también vi algo más: cómo, después, mi hijo bajó las defensas y terminó abrazándola, pidiéndole perdón.
Ese abrazo me alivió más de lo que quiero reconocer. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien estaba realmente tendiendo un puente hacia mis hijos, y que ese alguien no era yo.
No puedo negar que me siento agradecido por eso. Y tampoco puedo negar que, al mismo tiempo, me aterra.
Porque Briana no solo está entrando en la vida de mis hijos. Está entrando en la mía.
Me descubro pensando en ella cuando no debería. En su risa suave cuando Pía la hace cosquillas. En la manera en que se le frunce el ceño cuando se concentra demasiado, como ayer, mientras ayudaba a Teo con sus deberes. En la curva de sus labios cuando trata de ocultar que está nerviosa. Y, sobre todo, en su cuerpo. Sus curvas se repiten en mi mente incluso cuando intento concentrarme en los planos que tengo sobre la mesa. Y cuanto más trato de apartar esos pensamientos, más insistentes se vuelven.
Me siento un hombre dividido. Por un lado, está la parte de mí que se aferra a la lógica, a la cordura: ella es demasiado joven, tiene apenas veintidós años, recién comienza a construir su vida, mientras que yo cargo con cicatrices, hijos y un pasado demasiado pesado. Pero por otro lado… por otro lado está mi instinto, mi deseo, la necesidad reprimida que ha permanecido dormida demasiado tiempo.
Hace años que no sé lo que es una relación verdadera. Desde que perdí a mi esposa, no he vuelto a entregar mi corazón a nadie. Pía apenas era un bebé cuando ocurrió. Recuerdo esos días como una neblina oscura: la clínica, los llantos de Teo que pedía a su madre, la pequeña en mis brazos y el silencio insoportable que se instaló en nuestra casa. Creí que no iba a poder con todo, que no lograría ser suficiente para ellos.
Sobreviví como pude. El trabajo me mantuvo en pie, porque al menos allí tenía control, al menos en mis proyectos podía decidir cómo se levantaba una estructura, cómo se mantenía firme. En cambio, en casa todo se tambaleaba. Me volví más serio, más frío. Una coraza que no era para mí, sino para que mis hijos no vieran cuánto dolía.
¿Mujeres? Sí, las hubo. Una que otra cena, alguna noche de pasión sin importancia. Pero nada más. Nunca permití que ninguna se acercara demasiado. No porque no pudiera, sino porque no quería. Porque la idea de ver a otra mujer entre mis hijos me resultaba insoportable, como si de algún modo estuviera traicionando la memoria de la madre que ya no estaba.
Y sin embargo, ahora está Briana. Con su ternura, con esa sonrisa que ilumina incluso los rincones más apagados de esta casa. Con la forma en que Pía la adora, como si la conociera de toda la vida. Con la paciencia que Teo necesita y que a mí tantas veces me falta.
No debería mirarla de la manera en que lo hago. No debería imaginar lo que sería recorrer con mis manos esas curvas que tantas veces me distraen. No debería perderme en pensamientos eróticos mientras escucho su risa en la sala. Pero lo hago. Y ese es mi dilema: entre lo correcto y lo que deseo, entre la razón y la tentación.
Anoche, después de que Teo se disculpó con ella y la abrazó, me quedé observando desde la distancia. Vi cómo ella lo sostuvo, cómo le dio palabras que yo mismo no había sido capaz de darle. Y, por un instante, sentí algo que creí perdido: esperanza.
Esperanza de que tal vez, con ella aquí, mis hijos tengan una infancia menos marcada por la ausencia. Esperanza de que tal vez yo pueda volver a sentir algo más que vacío.
Pero también miedo. Porque si me permito caer en lo que siento, ¿qué ocurrirá cuando todo termine? Ella no vino para quedarse para siempre. Está aquí por un intercambio, por un tiempo limitado. Y cuando se vaya, ¿qué quedará de nosotros?
Miro mis manos sobre el escritorio mientras escribo notas para un proyecto y me descubro recordando cómo esas mismas manos temblaron ayer cuando me acerqué a ella en la cocina. Estaba de espaldas, lavando platos, y yo solo quería agradecerle. Pero cuando giró la cabeza y nuestras miradas se encontraron, me costó apartar los ojos de sus labios.
No lo hice, claro. No puedo hacerlo. Todavía no.
Por ahora, me repito que lo importante son los niños, que debo mantener la distancia, que no debo confundir las cosas. Pero dentro de mí sé la verdad: cada día que pasa, me es más difícil verla solo como la niñera.
Briana no es una mujer cualquiera. Es la mujer que está despertando partes de mí que creí muertas. Y no sé si eso es una bendición o una condena.
yo soy una flaquita con bonito cuerpo no me quejó, pero me encantan las las gorditas (no soy lesbiana sin ofender a nadie) en la manera de como sus curvas resaltan y tienen todo grande, lo digo porque una de mis mejores amigas es una chica curvy, hay veces que las envidio pero de la buena 🥰☺️.
y compartiendo tus libros deseo muchos éxitos más para ti bendiciones