Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 2
Narrado por: Isabella
Dicen que los presentimientos son como hilos invisibles que se tensan antes de romperse. Esa noche, el hilo que me unía a mi padre no solo se tensó; vibró con una fuerza que me dejó sin aliento a mitad de una carcajada.
Estaba en mi pequeño apartamento, rodeada de telas de colores, bocetos de vestidos y el aroma dulce del té de jazmín que siempre preparaba para estudiar. Faltaba solo una semana para mi cumpleaños número veinte y la emoción me recorría el cuerpo como una corriente eléctrica. Mi padre, Marcus, me había prometido que esta vez sería diferente. Me había jurado que dejaría sus "asuntos de negocios" a un lado por una noche para cenar conmigo, sin guardaespaldas, sin teléfonos sonando a cada minuto, solo nosotros dos.
—Vas a venir, papá. Aunque tenga que ir a buscarte a esa oficina lúgubre —le había dicho por teléfono esa tarde, bromeando.
Él se había reído, esa risa ronca y cálida que siempre me hacía sentir que el mundo era un lugar seguro. "Estaré allí, pequeña. No me perdería tu sonrisa por nada del mundo", me respondió. Esas fueron sus últimas palabras.
Pasadas las tres de la mañana, el silencio de la calle se volvió opresivo. Miré el reloj de pared, un viejo segundero que mi padre me regaló cuando me mudé. Tic, tac, tic, tac. El sonido me taladraba los oídos. Él siempre llamaba para decir que había llegado a casa, aunque fuera tarde. Pero el teléfono permanecía mudo sobre la mesa de madera clara.
De pronto, el sonido de un motor potente rompió la calma de la noche. Me asomé por la ventana y vi un coche negro, elegante y sombrío, estacionándose frente a mi edificio. No era el coche de mi padre. Era un vehículo que gritaba autoridad y peligro. Sentí un frío repentino en la boca del estómago.
Cuando llamaron a la puerta, mi corazón dio un vuelco. No fue un toque suave. Fueron tres golpes secos, pesados, que parecieron retumbar en mis propios huesos.
Me acerqué a la mirilla con las manos temblorosas. Al otro lado, la luz del pasillo parpadeaba, proyectando sombras largas. Vi un hombro ancho cubierto por un abrigo de lana oscura. Una mandíbula cuadrada, tensa como una cuerda de violín. Y entonces, lo vi a él.
Alexander Thorne. "La Bestia".
Abrí la puerta lentamente, con el aire atrapado en mis pulmones. Él estaba allí, ocupando todo el marco, pareciendo demasiado grande y demasiado oscuro para mi pequeño y colorido recibidor. Su presencia era como una tormenta contenida. Pero lo que me detuvo el corazón no fue su tamaño, ni siquiera la famosa cicatriz que le cruzaba el rostro con una crueldad fascinante. Fue su mirada. Sus ojos, generalmente fríos como el hielo de un glaciar, tenían un brillo extraño, una sombra de algo que no supe identificar hasta que bajé la vista.
Su camisa blanca, bajo el abrigo abierto, estaba manchada de un rojo intenso, casi negro bajo la luz amarillenta.
—¿Alexander? —mi voz salió como un hilo roto—. ¿Dónde está mi padre? ¿Por qué tienes...?
No pude terminar la frase. El olor a hierro y pólvora que emanaba de él inundó mis fosas nasales. Di un paso atrás, tropezando con una de mis cestas de costura. Él entró en el apartamento sin pedir permiso, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo que sonó como el cierre de una celda.
—Isabella —dijo mi nombre, y fue la primera vez que lo escuché pronunciarlo. Su voz era profunda, una vibración que parecía salir de las profundidades de la tierra, pero cargada de una pesadumbre que me hizo flaquear las piernas—. Tienes que sentarte.
—No. No me voy a sentar —mi voz empezó a elevarse, al borde de la histeria—. ¿Dónde está papá? Alexander, mírame. ¡Dime dónde está!
Él no se movió. Se quedó allí, rígido, con las manos enguantadas cerradas en puños a los costados. Por un segundo, vi un destello de dolor cruzar sus facciones, una grieta en esa máscara de piedra que siempre llevaba puesta. Fue un segundo apenas, pero suficiente para entenderlo todo.
El mundo, tal como lo conocía, se desintegró.
—Hubo una emboscada —empezó a decir, con una voz desprovista de toda emoción, como si estuviera leyendo un informe policial—. Marcus... él no lo logró, Isabella. Murió como un héroe, protegiendo lo que creía.
El grito se quedó atorado en mi garganta. Mis oídos empezaron a zumbar, un ruido blanco que lo borraba todo. Vi cómo Alexander daba un paso hacia mí, quizás para sostenerme, pero retrocedí instintivamente. No quería que me tocara. Sus manos estaban manchadas de la vida que se me acababa de arrebatar.
—¡Mientes! —chillé, y las lágrimas empezaron a correr por mi cara como fuego—. ¡Él prometió venir! ¡Él nunca me dejaría sola! ¡Tú... tú deberías haberlo protegido! ¡Eras su mano derecha! ¡Era tu mejor amigo!
—Lo sé —dijo él, y esa confesión fue más dolorosa que un golpe físico. Se quedó allí, recibiendo mis insultos y mi dolor como si fuera un muro diseñado para aguantar cualquier impacto—. Por eso estoy aquí. Él me hizo prometerlo, Isabella. Me pidió que cuidara de ti.
Me eché a reír, una risa amarga y desesperada que se convirtió en un sollozo.
—¿Cuidar de mí? ¿Tú? —lo señalé con el dedo tembloroso—. Eres un hombre que solo conoce la violencia, Alexander. Tu mundo es oscuro y está lleno de sangre. Mi padre quería alejarme de todo eso. ¡No quiero tu protección! ¡Quiero a mi padre de vuelta!
Me desplomé en el suelo, rodeada de mis retazos de tela, de mis sueños de ser diseñadora, de la vida que Marcus había intentado construir para mí lejos de las sombras de Thorne. Lloré hasta que me dolió el pecho, hasta que el aire me faltó. Y durante todo ese tiempo, Alexander no se movió. No intentó consolarme con palabras vacías, no me dio palmaditas en la espalda. Se limitó a ser una presencia sólida, una sombra constante que esperaba a que la tormenta pasara.
Cuando mis sollozos se convirtieron en hipos secos y el agotamiento empezó a adormecer mis sentidos, él habló de nuevo.
—Tienes una hora para empacar lo esencial, Isabella. Mañana vendrán a recoger el resto de tus cosas.
Levanté la cabeza, con los ojos hinchados y la visión borrosa.
—¿De qué estás hablando? No voy a ninguna parte contigo.
—No es una pregunta, ni es una sugerencia —su tono había vuelto a ser el de "la Bestia", autoritario, frío, sin espacio para la réplica—. A partir de ahora, vives bajo mi techo. Hay personas ahí fuera que saben quién era tu padre y qué significaba para mí. Eres un blanco fácil. No voy a permitir que te pase nada. Se lo juré a Marcus en su último suspiro.
—Prefiero correr el riesgo a vivir en esa fortaleza de hielo que llamas hogar —le espeté, tratando de recuperar algo de dignidad.
Él se inclinó hacia mí, y por primera vez sentí el verdadero peso de su presencia. La cicatriz de su rostro parecía brillar bajo la luz mortecina, dándole un aspecto verdaderamente temible.
—No me obligues a sacarte de aquí por la fuerza, Isabella. Ya he perdido bastante esta noche. No voy a perder también mi palabra. Tienes una hora. Muévete.
Se dio la vuelta y se quedó mirando hacia la ventana, dándome la espalda. Me quedé allí, en el suelo de mi apartamento que ya no se sentía mío, mirando su espalda ancha. Era un hombre hecho de secretos y muros. Mi padre siempre me había dicho que Alexander era el hombre más leal que conocía, pero también el más peligroso. Ahora, esa lealtad era mi cadena y esa peligrosidad era mi única protección.
Caminé hacia mi habitación como una autómata. Metí ropa en una maleta sin mirar lo que elegía. Mis manos acariciaron el marco de una foto donde mi padre y yo salíamos riendo en el parque el verano pasado. La guardé con cuidado entre mis jerséis.
Cuando salí, Alexander estaba junto a la puerta. No había tocado nada de mi casa. Parecía fuera de lugar entre mis cojines amarillos y mis plantas de interior.
—Estoy lista —dije, con la voz apagada.
Él tomó mi maleta con una sola mano, como si no pesara nada, y me hizo un gesto para que saliera primero. Al cruzar el umbral, sentí que dejaba atrás a la Isabella risueña, la que creía en los finales felices y en las promesas de cumpleaños.
Bajamos al coche en un silencio sepulcral. El aire de la noche era gélido. Alexander me abrió la puerta trasera y yo me deslicé dentro, sintiendo el cuero frío del asiento. Él se sentó al volante y arrancó el motor. El rugido del coche fue lo único que rompió la quietud del barrio.
Mientras nos alejábamos, miré por la ventana trasera. Vi cómo las luces de mi edificio se hacían pequeñas hasta desaparecer. Alexander conducía con una precisión aterradora, con la vista fija en la carretera, sin decir una sola palabra. Su perfil, iluminado por las luces de la calle, era una máscara de piedra.
Llegamos a la mansión Thorne casi al amanecer. Era una construcción imponente, rodeada de muros altos y verjas de hierro forjado que se abrieron automáticamente ante nosotros. La casa era de piedra oscura, con ventanas estrechas que parecían ojos vigilantes. No había flores, ni colores, ni rastro de calidez.
Alexander detuvo el coche frente a la entrada principal. Un hombre uniformado salió a recibirnos y tomó mi maleta.
—Bienvenida a tu nueva casa —dijo Alexander, pero no había bienvenida en su tono. Era una sentencia.
Caminé tras él por el vestíbulo de mármol negro. El eco de mis propios pasos me ponía nerviosa. Nos detuvimos frente a una gran escalera. Él se giró hacia mí, y por un momento, la luz del gran candelabro de cristal iluminó su cicatriz por completo.
—Escúchame bien, Isabella. Aquí hay reglas. Marcus me pidió que te cuidara, y lo haré, pero bajo mis términos. Mañana te entregaré el manual de conducta de esta casa. No saldrás sin escolta. No entrarás en mi despacho sin invitación. Y, sobre todo, no intentarás cambiar nada de lo que veas aquí. Mi vida es el silencio. No lo rompas.
—¿Y qué pasa con mi vida? —le pregunté, sintiendo un arranque de la antigua Isabella—. ¿Tengo que convertirme en una estatua de piedra como tú?
Él dio un paso hacia mí, acortando la distancia de forma intimidante. Pude oler su colonia, algo que recordaba a madera de cedro y tormenta.
—Tú tienes que sobrevivir —dijo en un susurro gélido—. Eso es lo único que importa ahora.
Me señaló hacia arriba, indicándome que el ama de llaves me guiaría a mi habitación. Subí los escalones sin mirar atrás, sintiendo su mirada pesada en mi espalda. Cuando llegué al primer rellano, no pude evitarlo y miré hacia abajo.
Alexander Thorne estaba de pie en medio del vestíbulo vacío, rodeado de sombras, pareciendo más solo que cualquier persona que hubiera visto en mi vida. En ese momento, a pesar de mi odio, de mi dolor y de mi miedo, sentí una chispa de algo más. Algo que no era miedo.
Él creía que me estaba encerrando para protegerme. Lo que no sabía la Bestia es que yo no era de las que se quedan en silencio en una jaula.
Entré en mi nueva habitación, una estancia enorme y fría decorada en tonos grises y azules oscuros. Me senté en la cama y miré por la ventana hacia el jardín sombrío. El sol empezaba a asomar por el horizonte, pero para mí, el mundo se había quedado a oscuras.
—Papá —susurré contra el cristal frío—, me has dejado con un monstruo.
Pero mientras veía los primeros rayos de luz luchar contra las sombras de los árboles, hice una promesa en silencio. Si Alexander Thorne pensaba que podía dominar mi espíritu con sus reglas y su frialdad, estaba muy equivocado.
Mañana, la guerra empezaría. Y yo no pensaba perder.