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19: el refugio y la distancia
Las semanas se estiraban como hilos finos a punto de romperse. Yougmin seguía yendo al Lumière Noir, sirviendo mesas con la misma precisión de siempre, sonriendo cuando tocaba, respondiendo con voz calmada. Pero el peso de la distancia lo acompañaba como una sombra que no se iba ni con la luz del día. Sauching aparecía cada vez menos: una noche entre siete, un mensaje seco de “esta tarde iré”, y luego silencio hasta el siguiente. Yougmin ya no esperaba con ansiedad. Esperaba con resignación.
Sabía que estaba enamorado. Lo sabía desde hacía tiempo. Era un sentimiento que no pedía permiso: aparecía cuando Sauching entraba por la puerta, cuando lo abrazaba por detrás mientras dormía, cuando su respiración se calmaba solo con oler su colonia en la almohada. Pero no lo decía. Nunca lo diría. Sauching había trazado la línea desde el principio, y Yougmin no iba a cruzarla. Solo la observaba, la aceptaba, y seguía.
Una tarde, el mensaje llegó a las cuatro:
*Sauching:* Esta tarde iré a verte.
Yougmin sintió el pecho expandirse un segundo. Preparó arroz con verduras y salmón a la plancha —nada sofisticado, solo comida casera que sabía que a Sauching le gustaba—. Puso la mesa pequeña del comedor, encendió una lámpara tenue. Esperó.
Cuando la llave giró en la cerradura, Sauching entró con el traje arrugado, los hombros tensos, el rostro marcado por el cansancio acumulado. No saludó con palabras. Solo cerró la puerta, dejó el maletín en el suelo y avanzó hacia Yougmin.
Lo tomó por la nuca y lo besó con brusquedad contenida. Un beso que no pedía permiso, que reclamaba espacio, que borraba el día entero. Yougmin respondió al instante, abriendo los labios, dejando que Sauching lo empujara hacia el dormitorio sin romper el contacto.
La ropa cayó rápido. Sauching lo empujó contra la cama, lo giró boca abajo, entró con una sola embestida profunda que arrancó un gemido ronco de Yougmin. No hubo suavidad. Solo ritmo intenso, manos apretando caderas, respiraciones entrecortadas. Yougmin se arqueó, jadeando sin vergüenza.
—Así… me gusta así… —murmuró entre gemidos, voz baja y descarada—. Más fuerte… me encanta cuando eres brutal…
Sauching gruñó contra su nuca, acelerando, perdiéndose en el movimiento. Yougmin giró las caderas con destreza, apretando, soltando, montándolo desde abajo hasta que Sauching olvidó el peso del día, el penthouse. Solo quedó el calor, el roce, el placer crudo que los envolvía.
Se besaron con pasión hambrienta, bocas chocando, lenguas enredadas, gemidos tragados. Yougmin hablaba entre jadeos, palabras sueltas, sin filtro:
—Esta posición… Dios, me vuelve loco… sigue… no pares…
Sauching lo complació. Cambiaron. Yougmin encima, moviéndose con control preciso, caderas girando en círculos lentos y profundos que hacían que Sauching cerrara los ojos y soltara un gruñido bajo. El estrés se disolvía con cada movimiento. Solo quedaba el momento. Solo ellos.
Después de la primera vez, se quedaron respirando agitados. Sauching lo miró, una media sonrisa cansada en los labios.
—Te has vuelto descarado… pervertido —murmuró, voz ronca.
Yougmin sonrió, sin vergüenza.
—Quiero probar más. En el comedor.
Sauching no dudó. Lo levantó en brazos, lo llevó al comedor, lo apoyó contra la pared. Lo sostuvo con facilidad, embistiéndolo mientras Yougmin se aferraba a sus hombros, jadeando contra su oído. Luego sobre la encimera de la cocina, platos apartados de un manotazo, Yougmin sentado en el borde, piernas alrededor de la cintura de Sauching. Cada lugar nuevo era una liberación. Cada posición, un olvido.
Sauching no hablaba del infierno en el penthouse. No mencionaba los gritos de Minji, las noches en habitaciones separadas, la bofetada que aún ardía en su mejilla. Yougmin no preguntaba. Pero lo notaba: la forma en que Sauching se relajaba cuando entraba por la puerta, cómo los hombros se aflojaban, cómo la tensión desaparecía con cada beso, con cada embestida.
Cuando terminaron —agotados, sudorosos, satisfechos—, se sentaron en el sofá. Después de un baño. Yougmin sirvió la comida que había preparado. Comieron en silencio cómodo. Sauching preguntó cosas pequeñas:
—¿Cómo te va en el restaurante?
Yougmin se encogió de hombros.
—Bien. Mesas llenas. Los clientes son educados.
Sauching asintió.
—Bien. Si algo pasa, dímelo.
No hablaron más. No hacía falta.
Sauching se quedó esa noche. Durmieron pegados, sin palabras de amor. Solo cuerpos que se buscaban en la oscuridad.
Al día siguiente, Sauching se fue temprano. Yougmin se quedó mirando la puerta cerrada. El pecho le dolía, pero no de la forma de antes. Era un dolor dulce, resignado.
Sabía que no vendría todos los días.
Sabía que el anillo seguía en su dedo.
Sabía que estaba enamorado y que eso no cambiaría nada.
Pero cuando llegara el próximo mensaje —“esta tarde iré a verte”—, volvería a preparar comida, volvería a esperar, volvería a entregarse.
Porque en esas horas, aunque fuera solo prestado, Sauching era suyo.
Y eso, por ahora, era suficiente.