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ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.

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capitulo 19

La primavera en Zúrich no era un estallido de colores, sino una sutil retirada del blanco para dar paso a un verde metálico y frío. Para Dante, la rehabilitación era un purgatorio necesario. Cada paso que daba por el pasillo del hospital, apoyado en un andador de aluminio y bajo la mirada vigilante de una fisioterapeuta suiza que no admitía quejas, se sentía como si estuviera caminando sobre brasas. El dolor en su costado le recordaba que estaba vivo, pero el vacío en su memoria sobre las verdaderas intenciones de sus padres le dolía mucho más.

Lía lo esperaba al final del pasillo, sentada en un banco de madera. Su embarazo ya era evidente bajo el jersey de cachemira color crema. Se veía radiante, con una serenidad que contrastaba con la tormenta que Dante llevaba dentro. Al verlo llegar a su meta diaria, ella se puso de pie y lo recibió con un beso suave que sabía a esperanza y a una tregua que ambos intentaban convertir en paz.

—Has mejorado —dijo ella, ayudándolo a sentarse.

—Siento que soy un edificio a medio construir, Lía —respondió Dante, recuperando el aliento—. Los cimientos están ahí, pero la estructura sigue temblando.

—Eso es porque los cimientos no eran los que creíamos —intervino una voz desde la sombra del corredor.

Gabriel apareció, vistiendo un abrigo largo y sosteniendo el sobre que había guardado durante días. Su rostro no traía buenas noticias. Se sentó frente a ellos, ignorando la atmósfera de intimidad. El hijo secreto de Alberto Montero no estaba allí para celebrar la recuperación de nadie; estaba allí para terminar de demoler el pasado.

—Lía, Dante... he estado revisando los documentos personales de mi madre, Isabelle. Hay algo que ella nunca me contó, algo que solo se atrevió a dejar por escrito en una carta póstuma dirigida a Alberto, que nunca llegó a enviarse —Gabriel abrió el sobre y sacó una fotografía antigua, amarillenta por los bordes.

En la imagen, se veía a una mujer joven y hermosa —Isabelle— sentada en un café parisino junto a un hombre de uniforme militar. Lía ahogó un grito. El hombre no era su padre. Era el padre de Dante, joven, antes de que las sombras de los Balcanes lo obligaran a huir al lago del norte.

—¿Qué significa esto? —preguntó Dante, tomando la foto con dedos temblorosos.

—Significa que el encuentro en el lago hace veinte años no fue una coincidencia geográfica —explicó Gabriel con una voz carente de emoción—. Isabelle y el padre de Dante, Nikola Valerios, fueron amantes en París mucho antes de que ella conociera a nuestro padre. Nikola no terminó en el lago por azar; terminó allí porque sabía que Alberto Montero había comprado esas tierras, y sabía que Alberto era el hombre que le había "robado" a Isabelle.

Lía sintió que el mundo volvía a girar fuera de control.

—¿Estás diciendo que Nikola fue al lago buscando a mi padre? ¿Buscando venganza?

—Estoy diciendo que Nikola Valerios fue al lago para reclamar lo que creía suyo —continuó Gabriel—. El incendio, Dante... el informe dice que fue negligencia, y el diario de mi padre dice que lo encubrió. Pero hay una tercera versión. Isabelle escribe que Nikola provocó ese fuego a propósito. No para matarte a ti, sino para obligar a Alberto a aparecer. Fue un grito de desesperación de un hombre que lo había perdido todo y quería ver arder al hombre que se lo quitó.

Dante cerró los ojos, apretando los dientes con tanta fuerza que su mandíbula dolió. El héroe caído, el padre víctima que él había idealizado para justificar su propia sed de justicia, resultaba ser un hombre impulsado por la obsesión y el despecho.

—Mi padre... —susurró Dante— ¿él incendió nuestra propia casa por una mujer que ya no lo amaba?

—Y nuestro padre —añadió Lía, completando el rompecabezas— lo encubrió no solo por mí, sino para evitar que la policía investigara a Nikola y descubriera su pasado militar, lo cual habría llevado a Isabelle a ser interrogada. Papá protegió al hombre que intentó quemarlo para mantener a su amante secreta a salvo.

La ironía era tan pesada que resultaba casi ridícula. Se habían amado y odiado basándose en una guerra de padres que nunca les perteneció, pero cuyas cenizas habían respirado toda su vida.

...

Esa tarde, tras la revelación de Gabriel, Lía y Dante regresaron a su suite de hotel. El alta médica de Dante era inminente, pero la salud de su relación seguía en cuidados intensivos. El peso de saber que sus padres habían sido cómplices en una red de celos y fuego los hacía sentirse como extraños compartiendo una misma herida.

Lía se quitó los zapatos y se recostó en la cama, sintiendo una patada del bebé. Tomó la mano de Dante y la puso sobre su vientre.

—Él no tiene la culpa, Dante —dijo ella—. Este niño no sabe de París, ni de incendios, ni de hombres que se odiaron hace treinta años.

Dante se recostó a su lado, con cuidado de no lastimar su costado herido. El contacto físico, que antes era una explosión de urgencia, ahora era un bálsamo de necesidad silenciosa.

—Lía, me siento como si me hubieran vaciado. Todo lo que hice... mi carrera, mi odio, mi plan para entrar en tu vida... era para vengar a un hombre que era un pirómano obsesivo. Fui el peón de un fantasma.

—Todos lo fuimos —respondió ella, girándose para mirarlo a los ojos—. Pero los fantasmas no tienen poder sobre los vivos a menos que nosotros se lo demos. Gabriel quiere que vayamos a París. Dice que hay una caja fuerte de Isabelle con los negativos originales de aquellas fotos y cartas que prueban que Alberto estaba desviando fondos de la constructora para mantener a Nikola en el lago, como una especie de pensión por el silencio.

Dante la atrajo hacia sí, su brazo rodeándola con una firmeza que ya no era de cazador, sino de náufrago. La tensión sensual entre ellos, siempre presente, se transformó en algo más profundo: una intimidad forjada en la verdad absoluta, por dolorosa que fuera. Sus labios se encontraron en un beso que sabía a perdón y a una promesa nueva. Dante comenzó a desabotonar la camisa de Lía con una lentitud casi reverente. Ya no había prisa por poseer, sino por reconocer.

En la penumbra de la habitación, Dante redescubrió el cuerpo de Lía, ahora cambiado por el embarazo. Sus manos recorrieron sus curvas con una ternura que la hizo llorar silenciosamente. Se amaron con una parsimonia que era casi una oración. No fue una huida de la realidad, sino una aceptación de ella. En cada gemido, en cada caricia, intentaban borrar las huellas de Nikola y Alberto para dejar solo las suyas. Fue un acto de purificación, donde el placer servía como el único lenguaje que no había sido contaminado por las mentiras de sus padres.

...

Mientras tanto, en una celda de alta seguridad en España, Julián Montero recibía una visita inesperada. No era un abogado, ni era Sara. Era un hombre con un traje italiano impecable y una mirada de hielo que no parpadeaba.

—El asunto en Suiza fue un desastre, Julián —dijo el hombre, su voz era un susurro que hacía que el aire de la prisión se sintiera más pesado—. Has fallado. Valerios está vivo y Lía ha hecho pública la verdad del diario. Has dejado de sernos útil.

Julián, demacrado y con un tic en el ojo izquierdo, se aferró a los barrotes de la mesa de visitas.

—¡Todavía tengo la información de París! Sé lo de Isabelle y Nikola. Puedo usarlo para destruir la imagen de "santa" de Lía. Puedo decir que su empresa se fundó con dinero de crímenes de guerra.

El hombre se puso de pie, ajustándose los gemelos de oro.

—Lía ya lo sabe. Gabriel se lo ha contado. Has perdido la ventaja de la sorpresa, Julián. Y en nuestro mundo, el que pierde la sorpresa, pierde el derecho a respirar.

El hombre salió de la sala sin mirar atrás. Esa misma noche, Julián fue encontrado en su celda con una sobredosis de medicamentos que, oficialmente, él no debería haber tenido. Fue un final silencioso para un hombre que siempre necesitó el ruido del escándalo para sentirse importante.

...

Lía y Dante recibieron la noticia de la muerte de Julián al día siguiente, mientras se preparaban para viajar a Francia. No hubo alegría, solo un suspiro de alivio que se sintió como el cierre de un capítulo oscuro. Pero la muerte de Julián también significaba que los secretos que él protegía ahora estaban a la deriva, y que aquellos que lo habían financiado —los verdaderos tiburones que usaron a la Constructora Montero para lavar dinero durante décadas— no iban a dejar que Lía y Dante investigaran en París sin luchar.

—Dante, ¿estás seguro de que quieres seguir con esto? —preguntó Lía mientras subían al coche que los llevaría al aeropuerto—. Podríamos irnos a cualquier otra parte. Olvidar París, olvidar los negativos.

Dante la miró, y por primera vez en mucho tiempo, vio en sus ojos la claridad del hombre que ella conoció en el muelle de sus sueños, pero con la madurez del hombre que había sobrevivido a la tormenta.

—Lía, pasé veinte años persiguiendo la mentira de mi padre. No voy a pasar los próximos veinte huyendo de la verdad del tuyo. París es el principio de todo. Y si queremos que nuestro hijo nazca libre, tenemos que ir al lugar donde se hizo el nudo para poder desatarlo.

ellos embarcanron hacia la Ciudad de la Luz, mientras en un pequeño apartamento en el barrio de Le Marais, una mujer que todos creían muerta, Isabelle Duchamp, observaba a través de una cámara de seguridad el rellano de su puerta, esperando la llegada de los hijos de los dos hombres que habían marcado su vida.

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