Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 5: Sangre y Ceniza
El aire en la oficina de Samael se podía cortar con un cuchillo. Lady Morgana no parpadeaba, y Silas mantenía el dedo en el gatillo, ansioso por terminar el trabajo.
—No te voy a dar el gusto, madre —gruñó Samael.
En un movimiento que Elena apenas pudo ver, Samael no disparó a Silas, sino a la enorme ventana reforzada que estaba detrás de ellos. El cristal blindado estalló en mil pedazos, creando un estruendo ensordecedor que hizo que Silas se cubriera la cara. Samael agarró a Elena por la cintura, la pegó a su pecho y, antes de que ella pudiera gritar, se lanzó al vacío.
—¡Samael! —chilló Elena, sintiendo el vacío en el estómago.
Pero no cayeron al suelo. Samael había activado un sistema de cables de seguridad ocultos en la estructura del edificio, diseñado para una evacuación rápida. Bajaron a toda velocidad por la fachada, rozando el cristal, mientras las balas de Silas golpeaban la estructura por encima de ellos. Al llegar a un nivel intermedio, Samael pateó una ventana de servicio, entraron rodando y corrieron hacia el estacionamiento privado del piso cinco.
—¡Súbete de una vez! —ordenó él, encendiendo una moto deportiva negra que rugió como una bestia.
Elena se aferró a su espalda mientras salían disparados hacia la autopista. El viento le azotaba la cara, pero el calor que emanaba del cuerpo de Samael era lo único que la mantenía cuerda.
Dos horas después, llegaron a una cabaña escondida en las montañas, rodeada de una niebla espesa que ocultaba hasta el rastro de los neumáticos. Era una construcción de piedra y madera oscura, un lugar que no figuraba en ningún mapa de los Blackwood.
Samael bajó de la moto, con la respiración entrecortada y una mancha de sangre decorando su camisa blanca; un roce de bala le había alcanzado el costado durante la huida.
—Estás herido —dijo Elena, acercándose con una mezcla de odio y una ternura que no podía controlar.
—He tenido días peores —respondió él, abriendo la puerta pesada de la cabaña—. Entra. Aquí estamos seguros por ahora.
Adentro de la cabaña, la oscuridad solo era interrumpida por la luz de la luna que entraba por los ventanales. Elena buscó un botiquín, pero cuando se acercó a Samael para limpiarle la herida, él la agarró de las muñecas, deteniéndola. Sus ojos grises estaban oscuros, cargados de una necesidad que ya no podía ser contenida por las leyes o el peligro.
—¿Por qué me ayudaste? —susurró ella, sintiendo el pulso de Samael en sus dedos.
—Porque eres mi perdición, Elena —respondió él, jalándola hacia su cuerpo con una fuerza que la dejó sin aire—. Y nadie, ni siquiera mi madre, me va a quitar lo que es mío.
Samael la besó con una pasión salvaje que sabía a adrenalina y a victoria. Elena respondió con la misma intensidad, desgarrándole la camisa para llegar a su piel caliente. Él la cargó y la sentó sobre la mesa de madera rústica, separando sus piernas con necesidad. Sus manos recorrieron los muslos de Elena, subiendo con una dominación absoluta, mientras sus labios bajaban por su cuello, dejando marcas que ardían.
Él la despojó de su ropa con una desesperación que nunca antes había mostrado. Elena, completamente desnuda bajo la luz de la luna, se veía como una diosa de la guerra. Samael bajó la cabeza y comenzó a besar su abdomen, descendiendo lentamente hasta encontrar su intimidad. Sus dedos y su lengua trabajaban con una precisión lenta y desesperante, buscando cada punto sensible hasta que Elena empezó a arquear la espalda, enterrando las manos en el pelo de él y soltando gemidos que llenaban toda la cabaña.
Sin poder esperar más, Samael se deshizo de su ropa y la penetró de una sola embestida, profunda y poderosa. El choque de sus cuerpos fue eléctrico. Él la sujetó por las caderas, levantándola un poco para que el contacto fuera total, mientras se movía dentro de ella con un ritmo posesivo y exigente. Cada estocada era un reclamo, un pacto de sangre y deseo. Elena rodeó su cintura con las piernas, apretándolo contra ella, buscando el olvido en ese placer que dolía de lo bueno que era.
Los gemidos de ella se volvieron gritos ahogados en el cuello de Samael, mientras él la dominaba por completo, llevándola al borde del abismo una y otra vez. El clímax los golpeó como una tormenta, una explosión de sensaciones que los dejó exhaustos, sudorosos y entrelazados sobre la mesa de madera. En ese momento, no existían los Blackwood ni el misterio del padre de Elena; solo existía ese amor salvaje que los consumía.
Minutos después, Samael la cargó hasta la cama y la envolvió en una sábana. Por primera vez, hubo un rastro de ternura en sus movimientos. Elena se acurrucó contra él, sintiendo los latidos de su corazón.
—Mi madre no se va a detener —dijo Samael en la oscuridad—. Mañana la guerra sigue. Pero esta noche... esta noche solo somos nosotros.
Elena cerró los ojos, sabiendo que mañana tendría que decidir si seguía buscando su venganza o si se quedaba en los brazos del hombre que la había reclamado.