Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 19
Dante
A las diez en punto ya estaba sentado en la oficina, con el portátil abierto y el café a medio terminar. No me gusta esperar. Pero me gusta aún menos que crean que estoy ansioso.
Cuando Tobías se conectó, su imagen tardó unos segundos en estabilizarse.
Tenía ojeras marcadas. La camisa arrugada. La mirada pesada.
—Te ves mal —dije sin rodeos.
—Marcus no ha dejado dormir en estos días. Tiene gripa.
Pensé: otro motivo más para no tener hijos.
—Espero que se mejore.
—Gracias…
El silencio duró lo justo para saber que no me había llamado por cortesía fraternal.
—¿Qué hay entre tú y Marcela?
Directo.
Sonreí apenas.
—Nada. Pero es incómodo que vaya a mi casa cada vez que discute contigo. Trata de no irritarla tanto.
Tobías soltó una risa seca.
—¿Irritarla? Dante, el matrimonio no es un parque infantil. Hay lealtades. Hay límites. Marcela es mi esposa.
Ahí estaba. El discurso.
—Me alegra que lo recuerdes —respondí con calma.
—¿Y cómo vas conviviendo con el diablo?
Lo miré fijo.
—Es mejor tenerlo cerca que lejos.
Sus ojos se entrecerraron.
En ese momento, tocaron la puerta.
Vera entró sin saber que la cámara seguía encendida. Llevaba el cabello recogido y botas de trabajo. Se veía más peligrosa así que en cualquier vestido elegante.
Me levanté y silencié el micrófono.
—Me voy a la mina —dijo, entregándome un bowl con açaí.
—Gracias.
La tomé por la cintura. Le di un beso.
Uno que empezó suave… y se hizo largo. Sin prisa. Sin espectadores.
Sus manos se deslizaron por mi cuello.
—Ten cuidado —murmuré contra sus labios.
—Siempre lo tengo.
—Suerte con tu hermano —añadió con media sonrisa.
—La voy a necesitar.
Salió cerrando la puerta.
Volví a la pantalla y, deliberadamente, puse los pies sobre el escritorio.
Sabía cuánto odiaba que hiciera eso.
—Casi que no —dijo con fastidio—. ¿Y qué relación tienes con Vera?
Sonreí.
Algo dentro de mí siempre supo que el escándalo no era por Marcela.
—Somos socios en esta finca. Nos entendemos.
Su expresión valía oro.
Y ya que hablábamos de eso…
—¿Es verdad que en tu finca hay oro? —preguntó de repente.
Le sostuve la mirada.
—¿Oro? Sería genial que lo hubiera.
Resté importancia con un gesto.
—Curioso —continuó—. Porque recibí unas imágenes interesantes.
—Yo también recibí cosas interesantes —lo interrumpí—. Me alegro de haber vendido las acciones que tenía en tu empresa.
Silencio.
—¿De qué hablas?
—Me llegaron unos documentos. Las empresas están… regulares. Papá nos dejó jodidos. Y, por cierto, las empresas de tu suegro también están mal.
Vi el cambio exacto en su rostro.
—¿Cómo que las empresas de Carlos están mal?
—¿No sabías?
Se inclinó hacia la cámara.
—No.
—Averigua. Pero por lo que sé… casi en bancarrota.
El aire cambió.
Ya no era confrontación fraternal.
Era cálculo.
Sabía perfectamente lo que significaba eso: si Carlos caía, arrastraba a Marcela… y a Tobías.
—Interesante —murmuró finalmente.
—Lo es.
Agradecí mentalmente que Vera me hubiera contado esa mañana lo que Claudia sabía. Los contratos incumplidos. Los retrasos en pagos. Las grietas.
—Adiós, Tobías. Y por Marcela no te preocupes. En mi casa no se vuelve a quedar.
Apenas se despidió.
Cerré la llamada.
Y por primera vez en la mañana… respiré.
La mina estaba más activa que nunca.
Vera daba indicaciones con casco y planos en mano. Autoritaria. Precisa.
Me acerqué.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por haberme dicho lo de Carlos.
Sonrió.
—¿Tobías no sabía?
—No tiene idea. Quedó bastante preocupado.
—Eso lo tendrá ocupado. Carlos es meticuloso y hermético. Si algo se le salió de control… está grave.
Caminamos revisando las excavaciones.
Todo iba bien.
Demasiado bien.
—Para empaquetar todo… ¿tu hermana no nos haría un espacio? —pregunté.
—Justo de eso quería hablarte. Claudia se ofreció. Con contrato formal. Y no nos cobraría lo que le cobra a los demás.
—Eso es bueno.
—Es excelente. Procesar y empaquetar nos da una ganancia mucho más alta que tercerizar.
La miré.
—Me gusta cómo piensas.
—Me gusta cómo ejecutas.
Nos detuvimos en un punto más apartado. Sin trabajadores cerca.
La tomé del casco y lo levanté un poco para besarla.
Esta vez fue más intenso.
Más profundo.
Mi mano descendió por su espalda.
—Dante… —susurró, pero no se apartó.
—Privado —murmuré—. Siempre privado.
Apoyó la frente contra la mía.
—Esto se está volviendo peligroso.
—Lo sé.
Y no hablaba solo de nosotros.
En la tarde fuimos al pueblo. No suelo ir mucho, pero debía firmar unos documentos en la notaría.
Brayan estaba allí.
—Señor De Bedout, los documentos.
—Gracias.
Empecé a leer.
Sin levantar la vista, pregunté:
—¿Desde cuándo te gusta Vera?
El pobre se puso rojo como un semáforo.
—Yo… señor… no…
—Tranquilo. Solo es curiosidad.
Salió casi huyendo.
Vera entró y se sentó frente a mí.
—Eres terrible.
—Es entretenido.
Mientras revisaba unos documentos que debía enviar a Suiza, dijo:
—Hay otro festival en el pueblo. Preguntaron si podemos aportar algo.
—¿Algo como qué?
—Dinero, regalos…
La miré por encima del papel.
—Mejor demos cosas. Estamos de acuerdo en que se roban la plata.
Sonrió.
—Totalmente.
Firmé los últimos documentos.
Todo estaba funcionando.
La mina producía.
El contrato avanzaba.
Las empresas de Carlos tambaleaban.
Tobías estaba distraído.
Demasiado orden.
Y cuando todo parece ordenado…
Siempre hay algo moviéndose debajo.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Era una foto.
Vera y yo.
En la mina.
Besándonos.
Tomada desde lejos.
Muy lejos.
Pero lo suficiente para que no hubiera duda.
El mensaje decía:
“Bonita sociedad. ¿Hablamos o se lo envío a tu hermano?”