Llegué a la selva con miedo.
Me quedé por su protección.
Y sin darme cuenta… encontré un hogar.
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Capítulo 24 – El peso de ser visto
El día después de la partida de la caravana no trajo alivio inmediato.
La selva volvió a cantar, sí, pero había algo distinto en el aire, una vibración baja, persistente, como un eco que se niega a desaparecer. Aiden lo sintió desde que despertó. La marca en su piel no ardía, pero estaba tibia, presente, como si le recordara que ya no podía esconderse entre los márgenes.
Ahora era visto.
En la aldea, las miradas se multiplicaron. No todas eran iguales.
Algunos lo observaban con admiración sincera, agradecidos por haber evitado un conflicto que habría costado vidas. Otros lo miraban con cautela, incluso con recelo. El cambio, aunque necesario, siempre removía temores antiguos.
—Nunca una hembra había hablado ante otra tribu —murmuraban algunos.
—Nunca una hembra había sido marcada así —respondían otros.
Aiden escuchaba, pero ya no se encogía.
Aun así, el peso emocional comenzó a notarse. Esa tarde, mientras ayudaba a reorganizar los almacenes, sus manos temblaron ligeramente. Se detuvo, respirando hondo, intentando no dejar que la presión regresara como en su antigua vida.
Raegor lo notó de inmediato.
—No tienes que cargar con todo —le dijo cuando estuvieron a solas—. Elegirte no significa sacrificarte.
Aiden apoyó la frente en su pecho, cerrando los ojos.
—Tengo miedo de equivocarme —confesó—. De cambiar algo que no debería cambiarse.
Raegor rodeó su espalda con un brazo firme.
—El mundo no te eligió por ser perfecto. Te eligió porque dudas… y aun así avanzas.
Esa noche, el anciano gris convocó a un consejo.
No era común que Aiden estuviera presente, pero esta vez nadie lo cuestionó. Se sentó junto a Raegor, sintiendo el suelo frío bajo sus pies y el murmullo expectante de la comunidad.
—Las tribus del norte no son la única señal —dijo el anciano—. Otras regiones también están cambiando. Los ríos bajan con menos fuerza. La caza se desplaza.
Aiden levantó la mirada.
—En mi mundo —dijo con cautela—, cuando eso ocurría… significaba que algo más grande se estaba moviendo. No un enemigo solamente. Un desequilibrio.
Hubo silencio.
—¿Y qué propones? —preguntó uno de los líderes.
Aiden respiró hondo.
—Observar antes de atacar. Compartir información. Prepararnos… no con fuerza, sino con previsión.
No todos asintieron. Pero nadie se opuso abiertamente.
Tras el consejo, Aiden salió al exterior. La luna iluminaba el claro, plateada y tranquila. Sentía el cansancio en los huesos, un cansancio distinto al físico: el de quien empieza a comprender el alcance de sus decisiones.
Raegor lo siguió.
—Sigues eligiendo —dijo—. Incluso cuando pesa.
Aiden sonrió levemente.
—Tal vez… eso es crecer aquí.
Raegor tomó su mano, entrelazando los dedos con naturalidad. El gesto ya no causaba rubor, sino una calidez profunda, estable.
—No estás solo —repitió—. Y nunca lo estarás.
Esa noche, Aiden soñó de nuevo.
Vio caminos que se cruzaban, tribus distintas reunidas alrededor de un fuego común. Vio una sombra al fondo, aún indefinida, esperando. Y por primera vez, no despertó con miedo.
Despertó con determinación.
Porque entendió algo esencial:
Ser visto no era una carga…
era una responsabilidad elegida.
Y el mundo bestia acababa de dar su primer paso hacia algo irreversible.