Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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Capítulo 5: Rumores que no deberían existir
Aelion aprendió pronto que las ciudades no eran seguras por sus muros, sino por lo que la gente decía… y lo que callaba.
En la posada, los rumores viajaban más rápido que el vino. Se colaban entre platos, risas y discusiones triviales. Aelion limpiaba mesas en silencio, atento, con la cabeza ligeramente baja, como si no escuchara nada.
—Dicen que el imperio del norte volvió a movilizar tropas —comentó un mercader, apoyando el codo en la mesa—. Todo por culpa del emperador tirano.
Aelion se detuvo apenas un segundo.
—¿Tirano? —preguntó otro—. ¿No dicen también que es justo con su pueblo?
—Justo o no, sigue siendo un monstruo en el campo de batalla —respondieron—. Dicen que no conoce la piedad.
Las palabras se le clavaron en el pecho sin razón aparente.
El emperador tirano.
Ese título apareció en su mente como una página arrancada de la novela que había leído en su vida anterior. Recordó vagamente una figura envuelta en sangre y gloria, un hombre destinado a morir durante una revolución que él mismo había provocado al interferir en un romance que no le pertenecía.
Aelion apretó el paño con fuerza.
—No… —susurró para sí—. Eso no tiene que ver conmigo.
Pero su corazón no estuvo de acuerdo.
Esa tarde, mientras llevaba unas jarras al almacén, escuchó una conversación que le heló la sangre.
—Buscan a un omega —dijo una voz baja—. Cabello claro. Frágil. Escapó de una torre.
Aelion sintió que el mundo se inclinaba.
—¿De quién hablas? —preguntó otro.
—No lo sé —respondió el primero—. Pero pagan bien por información.
Las jarras temblaron en sus manos.
No esperó a escuchar más. Regresó a la cocina con pasos rápidos, tratando de controlar su respiración. El miedo, antiguo y conocido, volvió a arrastrarse por su piel.
Ya empezaron.
Esa noche, evitó salir. Cerró la puerta de la pequeña habitación que le habían asignado y se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas.
—Tranquilo… —se dijo—. Nadie sabe quién eres.
Pero algo no encajaba.
¿Por qué buscar a un omega que, según la historia original, ya debía estar muerto?
Al día siguiente, la ciudad estaba extrañamente inquieta.
Había hombres armados cerca del mercado. No llevaban insignias oficiales, pero su presencia era demasiado evidente. Aelion mantuvo la cabeza baja, pero pudo sentir sus miradas recorriendo a los transeúntes.
Uno de ellos se detuvo frente a la posada.
—¿Han visto a un omega de cabello blanco? —preguntó con voz áspera.
El dueño negó con la cabeza sin dudar.
—Aquí solo entra gente común.
El hombre no pareció convencido.
Aelion observaba desde la cocina, con el corazón golpeándole las costillas.
Si entro en pánico, pierdo.
Respiró profundo, como había aprendido durante las noches de fiebre en la torre.
Fue entonces cuando chocó con alguien.
—¡Ah! —exclamó, perdiendo el equilibrio.
Unas manos firmes lo sujetaron antes de que cayera.
—Ten cuidado —dijo una voz grave.
Aelion levantó la mirada… y se quedó sin aire.
Ojos negros. Profundos. Demasiado familiares.
El mundo se detuvo.
Por un segundo, no vio al hombre adulto frente a él, vestido con ropas de viajero. Vio al niño de su memoria. Al que lo había abrazado cuando nadie más lo hacía.
—Tú… —susurró sin darse cuenta.
El hombre frunció el ceño, sorprendido.
—¿Nos conocemos?
Aelion reaccionó tarde. Bajó la cabeza de inmediato.
—Lo siento —dijo con torpeza—. Me confundí.
El desconocido no apartó la mirada. Había algo en ese omega… algo que tiraba de él de una forma inexplicable.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.
El corazón de Aelion latió con fuerza.
—Elion.
El hombre sonrió apenas. No era una sonrisa cruel. Era suave. Cálida.
—Yo soy Kael.
Kael.
El nombre resonó dentro de Aelion como una campana lejana.
—Mucho gusto —murmuró.
En ese instante, uno de los hombres armados se acercó.
—¿Problemas?
Kael se giró lentamente. Su postura cambió. No fue evidente, pero el aire alrededor pareció tensarse.
—Ninguno —respondió—. Solo un accidente.
El mercenario observó a Aelion con atención.
—¿Eres omega?
Aelion sintió que el miedo lo ahogaba.
Kael dio un paso adelante, colocándose sutilmente entre ambos.
—¿Desde cuándo haces preguntas personales a desconocidos?
La presión fue inmediata. El mercenario apretó la mandíbula y se retiró con un gruñido.
Aelion apenas podía respirar.
—Gracias… —susurró.
Kael lo miró de nuevo, con esa intensidad que hacía difícil sostener la mirada.
—Ten cuidado, Elion —dijo—. Esta ciudad ya no es tan segura como crees.
Se dio media vuelta y se marchó.
Aelion lo observó alejarse, con el corazón desbocado.
Es él…
Pero no puede ser.
Esa noche, desde un balcón lejano, Kael observó la ciudad con el ceño fruncido.
—Así que estás vivo… —murmuró.
Muy lejos, el Duque Vhalderion recibió un informe.
—Lo hemos localizado.
Vhalderion sonrió.
—Entonces —dijo— la caza comienza de verdad.