León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 17
La mañana iluminaba la mansión con esa luz dorada que solo tienen los días especiales. Los rayos del sol se colaban por los ventanales, bailando sobre los muebles y creando un ambiente cálido que parecía sacado de un sueño.
Mateo estaba tan feliz que parecía flotar.
Había bajado a la cocina con una energía desbordante, decidido a preparar él mismo el desayuno. Los empleados domésticos lo miraban con ternura, algunos con sonrisas cómplices, mientras el alfa más joven de la casa cantaba a todo pulmón una canción alegre mientras movía los ingredientes sobre la encimera.
—¡Y hoy es un día perfecto para estar contigo! —cantaba fuera de tono, pero con tanto entusiasmo que daba igual.
Su hermanita, una pequeña omega de apenas seis años con el mismo pelirrojo que Mateo había heredado de su padre, saltaba a su alrededor imitando sus movimientos. Los dos reían, giraban, chocaban las caderas al ritmo de la música imaginaria.
—¡Mateo, Mateo, más rápido! —reía la pequeña, enganchada a su mano.
—¡No puedo, tengo que revolver los huevos, pequeña!
Los empleados intercambiaban miradas divertidas. Hacía mucho que no veían al joven amo tan feliz. Desde que León había vuelto a su vida, Mateo era otro. Más ligero. Más brillante. Más vivo.
Fue entonces cuando León bajó las escaleras.
El aroma a café y pan tostado lo guió hasta la cocina, pero lo que encontró lo detuvo en seco. Mateo, con un delantal ridículo de ositos, bailando como si no hubiera un mañana con su hermana pequeña. Los dos reían, giraban, salpicaban harina por todas partes.
Mateo levantó la vista y lo vio.
Sus ojos se iluminaron como si acabara de recibir el mejor regalo del mundo. Sin soltar a su hermana, extendió la mano libre hacia León.
—¡Tú eres parte de este elenco! —exclamó, con una sonrisa que iluminaba más que el sol de la mañana.
León sintió que las mejillas le ardían.
—Lo siento —murmuró, negando con la cabeza—. Yo no bailo ni canto.
—¡Vamos, amor! —insistió Mateo, acercándose a él sin soltar a su hermana—. No podemos hacerlo sin ti.
La hermanita de Mateo asintió con energía, agarrando la otra mano de León.
—¡Dios, León, quédate! ¡Quiero seguir jugando contigo!
León miró a esos dos seres que lo miraban con tanta expectativa, con tanto cariño, y sintió que el corazón se le desbordaba. Sin decir nada, se dejó llevar hasta la cocina.
Mateo le puso un delantal (también de ositos, porque evidentemente tenía colección) y los tres se pusieron a preparar el desayuno juntos. Entre risas, harina volando y huevos que casi se queman, crearon el desayuno más imperfecto y más perfecto que León había probado en su vida.
...
Después de desayunar, llevaron a la pequeña a la escuela. Iban los tres de la mano: la niña en el medio, saltando y contando historias de sus clases, y Mateo y León a los lados, mirándose por encima de su cabeza con sonrisas cómplices.
—¡Bueno, ahora debemos ir a clases! —dijo Mateo cuando dejaron a la niña en la puerta—. Gracias por acompañarme a llevar a mi hermana.
León lo miró, y por primera vez, no hubo sombras en sus ojos.
—No es nada —respondió, apretando su mano—. Gracias a ti, por darme una familia.
Y siguieron caminando hacia la universidad. De la mano. Juntos.
...
Al llegar al campus, se encontraron con Caín. El Beta los vio acercarse, sus manos entrelazadas, sus sonrisas relajadas, y una expresión cálida se dibujó en su rostro.
—Veo que ya se arreglaron —dijo, con genuino agrado—. Me da gusto por ustedes.
—Muchas gracias —respondió Mateo, devolviéndole la sonrisa.
León asintió, aún un poco tímido pero feliz. Caín siempre había sido un buen amigo siempre, y fue en la primera persona en confiar
Todo parecía perfecto.
Pero no todos compartían esa felicidad.
En una esquina del campus, oculto tras una columna, Cala observaba la escena con los ojos inyectados en furia.
—No puede ser —masculló entre dientes, apretando los puños—. ¿Volvieron?
Su mirada se clavó en las manos entrelazadas, en la forma en que León miraba a Mateo, en esa maldita felicidad que irradiaban.
No pudo contenerse. Su puño golpeó la pared con tal fuerza que varios estudiantes voltearon a mirar.
—Les voy a hacer la vida un maldito infierno —susurró, con una voz que prometía dolor—. Ese omega será mío. Por las buenas o por las malas.
Una voz burlona sonó a su espalda.
—Ese omega está lejos de tu alcance.
Cala se giró, furioso, y se encontró con un alfa desconocido que lo miraba con sorna.
—Ningún omega está lejos de mi alcance —escupió Cala, enderezándose con soberbia—. Soy un alfa dominante.
El desconocido se encogió de hombros y se alejó, pero sus palabras quedaron flotando en el aire como una advertencia.
Cala volvió a mirar hacia la pareja. Mateo reía por algo que León le había susurrado. León se sonrojaba. Parecían tan... felices.
Tan jodidamente felices.
—Disfruten mientras puedan —murmuró Cala, con una sonrisa torcida—. Porque se les acabó la suerte.
Y en sus ojos brilló una obsesión tan oscura, tan enfermiza, que prometía tragedia.
Pero Mateo y León, ajenos a todo, seguían caminando de la mano. Perdidos el uno en el otro. Ciegos al peligro que se avecinaba.
Por ahora.
Solo por ahora.
espero el siguiente capítulo