Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
NovelToon tiene autorización de Lilith James para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Olivia
La casa se siente distinta sabiendo que él está aquí. Como si su presencia se hubiera metido en el aire, mezclándose con el olor a madera y sal.
Estoy sentada en el sofá con las piernas dobladas, fingiendo que la película todavía me interesa, aunque hace rato que los diálogos son solo ruido. Alex está en la cocina y escucho cajones abrirs y cerrarse, pero me niego a darme la vuelta y ver lo que hace.
—¿Estás buscando un tesoro o planeas remodelar la casa?— Digo sin mirarlo.
—Cuchara— Responde desde allá. —Encontré tres espátulas, dos abridores, algo que creo que es un arma medieval… pero ni una cuchara.
Ruedo los ojos.
—Tercer cajón a la izquierda.
—Hasta que los angeles deciden ayudarme.
No contesto, pero una sonrisa traicionera intenta formarse y la aplasto enseguida.
Escucho el sonido de algo revolviéndose dentro de una taza.
—¿Qué haces?— Pregunto, todavía mirando la pantalla.
—Chocolate caliente. El tuyo se enfrió.
Eso me hace girar la cabeza apenas, pero enseguida vuelvo a la tele.
—No te pedí nada.
—Lo sé. Igual lo hice.
Escucho sus pasos y de inmediato aparece en mi campo de visión. Se deja caer en el sillón, a un lado, pero no demasiado cerca y deja la taza sobre la mesa frente a mí.
No me mira.Solo se recuesta, como si estuviera en su propia casa.
—No tienes que actuar como si no estuviera— Dice.
—No estoy actuando.
—Claro. Estás ignorándome de forma muy auténtica.
Aprieto los labios. Él toma el control remoto de la mesa y baja un poco el volumen.
—¿Siempre ves películas románticas cuando huyes de tu vida?
—No estoy huyendo.
—Ajá.
Le lanzo una mirada.
—¿Siempre analizas psicológicamente a la gente sin que te lo pidan?
—Solo a las que fingen llevar una vida grandiosa y feliz.
Odio que diga esas cosas con ese tono tranquilo. Como si no estuviera diciendo algo que me aprieta el pecho. Tomo la taza y el calor me quema un poco los dedos.
—Está muy caliente— Murmuro. —Dijiste que estaba frío.
—Sopla.
—Gracias por el consejo, eso no se me había ocurrido.
Él suelta una risa baja y odio lo fácil que es que me guste ese sonido.
Pasan unos segundos en silencio. La película sigue, pero ninguno la mira realmente.
—¿Siempre duermes con la tele prendida?— Pregunta.
—Solo cuando no quiero escuchar lo que pienso.
No responde enseguida y me doy cuenta de que, volví a revelarle algo más de mí.
—Tu mente debe ser un lugar ruidoso— Dice al final.
—No tanto como la tuya, supongo. Tú te metes en casas ajenas a medianoche. Eso no refleja un estado mental de lo más saludable.
—Punto válido.
Lo miro de reojo y lo veo levantar las manos, rendido.
—Prometo no volver a entrar por una cerradura vieja. La próxima vez tocaré el timbre como un acosador educado.
Se me escapa una risa pequeña.
Alex gira la cabeza hacia mí con expresión de triunfo.
—Ahí está. Sabía que existía.
—¿Qué cosa?
—Tu verdadera sonrisa. No la que muestras cuando estás siendo la prometida perfecta.
Mi pecho se tensa, pero no como antes.
—No me mires así— Le advierto.
—¿Así cómo?
—Como si me entendieras.
Él no responde. Doy otro sorbo al chocolate, aunque ya no tengo ganas de más. Solo necesito hacer algo con las manos.
—¿De verdad te molesta que esté aquí?— Pregunta Alex.
No respondo enseguida. Porque la respuesta fácil sería sí y la verdadera… no estoy segura de saber cuál es.
—Esta casa es el único lugar donde no tengo que ser nada— Digo al final. —No tengo que ser perfecta.
Él no me interrumpe. Simplemente escucha.
—Aquí puedo… bajar la guardia— Añado, casi en un susurro. —Y tú apareces de pronto, queríendo perturbar la poca paz que me queda.
No es un reproche. Pero tampoco es una alegría.
Alex apoya los antebrazos en sus piernas, inclinado hacia adelante, mirando el suelo.
—No vine a arruinar eso.
—¿Entonces a qué viniste?
Tarda en responder.
—A asegurarme de que estabas bien.
Levanto la vista hacia él.
—No soy un proyecto de rescate.
—Nunca dije que lo fueras.
—Entonces no tienes que vigilarme.
Una sombra cruza su expresión, pero desaparece rápido.
—No es vigilancia. Es algo que...Nisiquiera puedo explicarlo. Simplemente siento que debo estar aquí contigo— Frunzo el ceño. —Creeme que no soy un hombre que suele hacer estás cosas, pero contigo... De alguna forma, sin pedirmelo, aquí me tienes.
—Sé lo que se siente tener que aparentar una fortaleza que no siempre se tiene.
Aparto la mirada hacia la ventana. El mar es una mancha oscura moviéndose en la distancia.
—No me conoces tanto.
—No— Admite. —Pero reconozco ciertas cosas.
—¿Como cuáles?
Otra pausa.
—Cuando alguien se acostumbra a soportar demasiado en silencio.
No sé qué responder a eso. Porque no sé si está hablando de mÍ o de él.
Me encojo un poco dentro del suéter.
Alex lo nota y sin decir nada se inclina hacia el respaldo del sillón donde hay una manta doblada, la toma y, sin tocarme, la deja a mi lado.
La agarro y la acomodo sobre mis piernas.
—Gracias.
—De nada.
La televisión sigue encendida, pero ahora el sonido del mar contra las rocas se siente más fuerte que la película.
—No tienes que quedarte— Le digo, aunque mi voz no suena convencida. —Pero si decides hacerlo, no serías tan mala compañía.
Él se recuesta de nuevo, cruzando un brazo sobre el respaldo, sonriendo.
—Lo sé.