"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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Bajo el cielo de Milan
La lluvia en Milán no era como la de Nueva York; no era un simple inconveniente urbano, era una cortina de agua densa y violenta que parecía querer borrar los edificios históricos de la ciudad. Lucía Bennet estaba de pie en el centro del opulento lobby del hotel, sintiendo cómo el agua escurría de su gabardina beige, formando un charco humillante a sus pies. Sus manos, pequeñas y pálidas, apretaban las correas de su maleta con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El frío le calaba los huesos, pero era la ansiedad lo que realmente la hacía temblar.
—Lo lamento profundamente, señorita Bennet —repetía el recepcionista por tercera vez, sin levantar la vista de la pantalla del ordenador—. Debido a la huelga de transporte y la saturación por la Semana de la Moda, el sistema canceló las reservas que no fueron confirmadas antes de las seis de la tarde. No nos queda ni una sola habitación individual. Ni siquiera una suite de servicio. Estamos al cien por ciento de nuestra capacidad.
Lucía sintió un nudo amargo en la garganta. Ella siempre era precavida, la clase de asistente que confirmaba todo tres veces, pero el vuelo privado de los Moretti había tenido un retraso técnico en la pista y su teléfono se había quedado sin batería justo cuando intentaba comunicarse con el hotel durante el trayecto.
—Tiene que haber algo —susurró ella, tratando de mantener la compostura. Lucía no era de las que armaba escenas; su naturaleza era pacífica, dulce, casi sumisa ante la autoridad—. Soy la asistente personal de Dante Moretti. Si él se entera de que no tengo donde pasar la noche por un error del sistema...
—¿Si yo me entero de qué, señorita Bennet?
La voz de Dante resonó detrás de ella, cortando el aire con la precisión de una cuchilla de afeitar. Lucía se giró con brusquedad, casi perdiendo el equilibrio por el cansancio. Allí estaba él, emergiendo de la penumbra de la entrada principal tras haber dejado su coche en el servicio de valet. Dante Moretti era la personificación del poder: alto, con hombros anchos que llenaban perfectamente su abrigo de lana oscura, y una mirada gris que parecía capaz de congelar el agua que caía afuera.
Dante observó a su asistente. En la oficina de Manhattan, Lucía era una sombra eficiente, una mujer que siempre tenía el café a la temperatura exacta y los informes listos antes de que él siquiera abriera la boca para pedirlos. Nunca se había detenido a mirarla realmente como un ser humano con necesidades, más allá de su impecable utilidad profesional. Pero verla allí, con el cabello castaño empapado pegado a sus mejillas y esos ojos grandes llenos de una vulnerabilidad cristalina, hizo que algo en su pecho se moviera de forma imperceptible.
—Señor Moretti... —Lucía bajó la mirada, profundamente avergonzada por su estado lamentable—. Hubo un problema con mi reserva. El hotel está colapsado. Yo... buscaré otro lugar, no quiero molestarlo con esto. No es necesario que se ocupe de asuntos tan triviales.
Dante caminó hacia ella con una parsimonia que resultaba intimidante. Cada uno de sus pasos sobre el mármol italiano sonaba como una sentencia. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que Lucía pudiera oler su fragancia: una mezcla de sándalo, cuero y éxito. Él notó cómo ella temblaba, no solo por el frío, sino por la presencia imponente que él siempre proyectaba sobre sus empleados.
—No sea imprudente, Lucía —dijo él. Su tono no era seductor, era gélido, pragmático y cargado de una autoridad natural—. Milán está colapsada. No encontrará una habitación ni aunque ofreciera todo su salario de un año en la recepción. No voy a permitir que mi asistente personal deambule por las calles como una desamparada en una ciudad extranjera. Es una cuestión de seguridad y, sobre todo, de la imagen que proyecta mi firma.
—Pero, señor, el contrato... —insistió ella con voz queda, casi inaudible—. Usted mismo redactó las cláusulas. Hay reglas muy estrictas sobre nuestra conducta y la distancia profesional que debemos mantener. Y su compromiso... la señorita Van Doren no vería con buenos ojos que compartiéramos el mismo techo, aunque sea por una emergencia.
Dante arqueó una ceja, endureciendo el gesto de su mandíbula. La mención de su prometida y de las reglas que él mismo había impuesto para mantener su vida libre de complicaciones pareció irritarlo. Para él, el contrato era una herramienta de control, pero verlo usado como un escudo por la dulce Lucía le resultó extrañamente molesto.
—El contrato prohíbe las relaciones inapropiadas, Lucía, no la decencia humana básica —sentenció Dante, haciendo una seña imperativa al botones para que subiera la maleta de ella—. Se quedará en mi suite. Es lo suficientemente grande como para que no tengamos que cruzarnos en toda la noche si eso es lo que tanto le preocupa. No se hable más.
Lucía quiso protestar, pero la mirada de Dante no admitía réplicas. Era un hombre acostumbrado a ser obedecido sin cuestionamientos. Ella asintió débilmente, sintiendo que estaba cruzando una línea invisible de la que no habría retorno.
Mientras subían en el ascensor dorado, el silencio era ensordecedor. Lucía miraba su reflejo en el espejo: se veía pequeña, frágil y empapada al lado de la imponente y seca figura de Dante. Él, por su parte, mantenía la vista al frente, pero por el rabillo del ojo, no podía evitar notar la forma en que ella se abrazaba a sí misma para intentar entrar en calor.
Al llegar a la suite presidencial, Dante abrió la puerta y se hizo a un lado con una cortesía fría.
—Vaya al baño principal. Tome una ducha caliente antes de que pesque un resfriado y no pueda trabajar mañana —ordenó, entrando a la estancia y lanzando su maletín sobre el escritorio de caoba—. Yo tengo llamadas internacionales que atender. No me interrumpa.
Lucía asintió y corrió hacia el baño como si fuera un refugio seguro. Una vez dentro, cerró la puerta con cuidado y se apoyó contra ella, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo en sus pulmones. Su corazón latía con una fuerza desconocida, una mezcla de alivio y un miedo instintivo. Ella era una chica romántica que creía en los finales felices de sus libros, pero también era consciente de la realidad: Dante Moretti era un hombre prohibido, un bloque de acero que no creía en nada que no pudiera comprar o vender.
Lo que Lucía no podía ver era que, afuera, Dante se había quedado mirando la puerta cerrada del baño durante un largo minuto, extrañado por la inquietud que esa pequeña mujer, mojada y asustada, acababa de despertar en su mente perfectamente calculada.