Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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El cumpleaños de la tía abuela Cordelia
...CAPÍTULO 18...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
...HACE CUATRO AÑOS...
Estaba frente al espejo de mi apartamento —en ese entonces mucho más desordenado y con menos muebles de diseño— peleándome con una corbata que parecía decidida a asfixiarme. Luciana me miraba desde el tocador, con ese vestido rosado que le quedaba demasiado sexy, pero con una expresión que no era de fiesta. Era de guerra.
Estábamos en el apartamento, preparándonos para el cumpleaños de la tía abuela de Luciana, Cordelia. Cordelia era un sol, la única de esa familia que parecía tener sangre en las venas y no nitrógeno líquido. Pero el resto... bueno, Luciana siempre había sido clara: sus padres eran dos extraños que compartían su ADN, adictos al trabajo que delegaron su crianza en su abuela y que solo aparecían para las fotos oficiales o para intentar moldear su vida desde la distancia.
—¿Dónde están esos pendientes de perla? —murmuraba Luciana, revolviendo su joyero con una ansiedad que no era propia de ella—. Sé que los dejé aquí... Ah, Sebas, antes de que se me olvide: mi ex, lo más probable es que esté en esa fiesta.
Me detuve en seco, con el nudo de la corbata a medio camino. Me giré lentamente, procesando la información con la velocidad de una computadora vieja. Sentí un pinchazo de molestia inmediata.
—¿Qué? —solté, frunciendo el ceño—. ¿Por qué tu exnovio estaría en el cumpleaños de tu tía abuela?
Luciana soltó un suspiro pesado, soltando los pendientes sobre el tocador y mirándome a través del espejo con una mezcla de cansancio y fastidio.
—Se llama Enrique —dijo—. Y básicamente, mis padres lo adoptaron mentalmente. Es como el hijo perdido que siempre quisieron tener y el "mejor exyerno" de la historia de la humanidad. Es un tipo de "buena familia", ambicioso, entregado a su empresa ... el reflejo exacto de lo que ellos son.
Me quedé callado un momento, procesando la ridiculez de la situación. La mandíbula se me apretó sin que pudiera evitarlo.
—O sea, que voy a ir a una fiesta familiar, a presentarme oficialmente como tu pareja, ¿y voy a tener que compartir la mesa con el tipo que tus padres todavía ven como el "yerno ideal"? —solté, esta vez con una nota de sarcasmo amargo—. Luciana, eso no es solo incómodo, es una falta de respeto. De ellos hacia ti, y de paso, hacia mí.
—Sebas, por favor, no empieces —me pidió ella, finalmente encontrando los pendientes y poniéndoselos—. Terminamos hace una eternidad, bueno, yo le terminé a él, y no te imaginas lo trabajoso que fue sacármelo de encima. Mis padres le siguen dando pase libre a todo. Para ellos, él básicamente es mi futuro esposo.... Ellos todavía guardan la esperanza de que "recapacite" y vuelva con él.
—Qué maravilla —mascullé, terminando el nudo con movimientos bruscos—. Entonces no voy como tu novio, voy como el obstáculo que tus padres tienen que superar para que su plan perfecto funcione. ¿Eso es lo que me estás diciendo?
—Vas porque eres el hombre al que amo y porque la tía Cordelia te adora —dijo ella, acercándose y apoyando las manos en mi pecho, buscando suavizar mi expresión—. Ignóralos. Enrique se cree el centro del universo, pero para mí es un cero a la izquierda.
Solté un suspiro pesado, dejando que mis hombros cayeran. La molestia seguía ahí, instalada en el pecho como una piedra, pero verla a ella tan angustiada me obligó a tragarme el orgullo.
—Está bien —dije, aunque mi tono seguía siendo serio—. Pero no me pidas que le hable o que le siga la corriente si intenta pasarse de listo. No tengo paciencia para tipos con complejo de príncipe heredero, y mucho menos si tienen el respaldo de tus padres.
—Solo mantén la calma —murmuró ella, dándome un beso corto.
—Haré lo que pueda, Lu. Pero si el tipo abre la boca para decir una estupidez, no garantizo que mi "encanto" sea lo que salga de la mía.
Llegamos a la mansión de la tía Cordelia y el ambiente ya gritaba "dinero" y chismes. Luciana me apretaba el brazo con una fuerza que delataba sus nervios, pero yo trataba de mantener mi mejor cara de "hombre exitoso que no se deja intimidar por el dinero de esta gente".
Entonces los vi. Los señores Salazar se materializaron frente a nosotros como si hubieran estado esperando el momento exacto para interceptarnos.
—¡Lulú! ¡Mi amor! Te extrañamos muchísimo —exclamó su madre, ignorando olímpicamente que Luciana detestaba ese apodo y que no la habían llamado en meses.
Luciana forzó una sonrisa, de esas que solo usa cuando quiere terminar una conversación rápido, y me atrajo hacia el frente. Era el momento. El debut oficial.
—Mamá, papá, quiero presentarles a Sebastián Vélez. Es arquitecto y es mi novio —dijo ella, con una voz clara y firme.
Yo di un paso adelante, extendiendo mi mano con mi mejor sonrisa carismática. Estaba listo para ser el yerno más amable y encantador de la noche.
—Es un verdadero placer conocerlos al fin, señores Salazar. Luciana me ha hablado mucho de...
Ni siquiera terminé la frase. Fue como si hubiera hablado en una frecuencia que el oído humano de los Salazar no podía detectar. Mi mano se quedó suspendida en el aire, una invitación ignorada que me hizo sentir la sangre empezando a hervir.
—Ay, mi niña, ¡Kike te ha extrañado muchísimo! —soltó su padre, pasando por mi lado como si yo fuera una estatua decorativa—. No ha dejado de preguntar por ti en toda la noche.
—Vengan, vengan —añadió la madre, tomando a Luciana del brazo y empezando a arrastrarla hacia el centro del salón, donde un círculo de gente reía—, que Enrique está en la mesa principal y ha estado guardándote el lugar toda la noche. ¡Kike, mira quién llegó!
Me quedé ahí parado, en medio del pasillo, con la mano extendida y la palabra en la boca. Fue una humillación, perfectamente ejecutada. No me insultaron, no me gritaron; simplemente me borraron del mapa. Luciana me miró por encima del hombro con una expresión de pánico y disculpa absoluta mientras sus padres se la llevaban hacia el susodicho "Kike", que ya se levantaba de su silla con esa sonrisa de ganador de concurso de belleza.
Caminé hacia esa mesa con el orgullo un poco golpeado, pero con la mirada fija en el objetivo. Enrique se levantó como si fuera el dueño del evento, estirando los brazos con una confianza que me dio ganas de darle un cabezazo ahí mismo. Estaba a punto de envolver a Luciana en un abrazo, pero ella, con esa agilidad que tiene para evadir lo que no le gusta, dio un paso lateral perfecto.
—Con un apretón de manos está bien, Enrique —soltó ella, extendiendo la palma con una frialdad que congeló el ambiente—. No es que me alegre verte.
Enrique, ni corto ni perezoso, soltó una risita condescendiente mientras le estrechaba la mano.
—Vamos, Lu. Dejemos el pasado en el pasado y no actuemos como dos exnovios rencorosos. Sabes que básicamente estamos aquí por la familia —dijo, dándole una mirada cómplice a mis suegros, como si ellos compartieran un secreto del que yo no formaba parte.
Vi cómo a Luciana se le tensaba la mandíbula. Estaba a punto de estallar. Se soltó de él y caminó de regreso hacia mí, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza que casi me corta la circulación.
—Ya basta de todo esto—les espetó a sus padres, elevando la voz lo suficiente para que las mesas cercanas empezaran a susurrar—. Fueron unos groseros. Ignoraron a Sebastián a propósito cuando se los presenté, y él es mi pareja. Les exijo que lo respeten.
El señor Salazar dejó su copa de vino sobre la mesa con una parsimonia irritante. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi reloj y luego en mis zapatos, como si estuviera tasando un mueble de segunda mano.
—¿Y ese quién es? —preguntó con una voz gélida, como si yo fuera un insecto que se había colado en el banquete—. No sabemos nada de él, Luciana. Y, francamente, no se ve como alguien digno de estar sentado en esta mesa, ni mucho menos al lado de mi única hija.
—Saben perfectamente lo que están haciendo —respondió Luciana, con los ojos brillando de rabia—. Dejen de actuar como si yo no tuviera voz ni voto en mi propia vida. Sebastián es un arquitecto brillante y el hombre que yo elegí.
El ambiente estaba a punto de volverse un campo de batalla cuando una mano pequeña y enjoyada se posó en el brazo del señor Salazar. Era la tía Cordelia, que apareció con su eterna sonrisa de diplomática veterana.
—¡Vaya! Pero qué intensidad para ser mi cumpleaños —dijo Cordelia con voz dulce pero firme—Mauricio, deja de ser tan rancio, que el joven es encantador. Y tú, Enrique, ve a buscarme una copa de champaña, que para eso estás joven y fuerte. Vamos a disfrutar la fiesta en paz, por favor.
La autoridad de la tía abuela era la única ley que esa familia respetaba.
—¡Tía Cordelia! —dije, cambiando mi expresión de "perro de ataque" por mi sonrisa más genuina—. El día que usted deje de ser la mujer más elegante de esta familia, ese día me retiro de la arquitectura. Feliz cumpleaños.
Me acerqué a ella con total confianza. Ella soltó una risita cristalina y me tomó de las manos, ignorando por completo la cara de pocos amigos de su sobrino Mauricio.
—¡Ay, Sebastián! —me devolvió el saludo con un apretón cariñoso—. Siempre tan oportuno con tus galanterías. Menos mal que Luciana tiene buen gusto para los hombres, porque si fuera por sus padres, estaríamos cenando con estatuas de sal.
Me guiñó un ojo, dejando claro de qué lado de la barricada estaba ella. Luciana suspiró aliviada, soltando un poco la tensión de sus hombros al ver que yo tenía una aliada de peso pesado.
—Ven conmigo, jovencito—me dijo Cordelia, enganchando su brazo al mío con una energía envidiable—. Han traído unos pasabocas de salmón y eneldo que están para pecar, y quiero que me cuentes cómo va ese proyecto de la biblioteca que me mencionaste. Estos de aquí —dijo señalando con la cabeza a Enrique y a los padres de Lu— están muy ocupados siendo importantes, no saben apreciar la buena comida ni la buena charla.
Me llevó con ella hacia la mesa de catering, dejándolos a todos con la palabra en la boca. Mientras caminábamos, sentí las dagas que me lanzaba Enrique en la espalda.
—No les hagas caso, Sebastián —me susurró mientras probábamos los pasabocas—. Son gente de cartón. Tú asegúrate de que mi sobrina sea feliz, que de lidiar con estos dinosaurios ya me encargo yo mientras viva.
Esa noche, gracias a ella, no solo sobreviví, sino que por un momento sentí que realmente pertenecía a un lugar donde Luciana no tuviera que pedir permiso para ser ella misma.
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...LUCIANA SALAZAR ...
La fiesta se sentía como una olla a presión a punto de estallar. Por un lado, tenía a Enrique siguiéndome como una sombra, soltando comentarios nostálgicos sobre "lo que pudimos ser" y tratando de invadir mi espacio personal cada vez que Sebastián se alejaba un segundo.
—Lu, solo piénsalo —me decía Enrique con esa voz melosa que me revolvía el estómago—. Tus padres te apoyan, yo tengo la estabilidad que necesitas... ¿Qué te ofrece ese arquitecto de cuarta además de chistes y un futuro incierto? No perteneces a su mundo, perteneces al mío.
—Mi mundo es el que yo construyo, Enrique, y tú no estás en los planos —le solté, dándole la espalda para buscar a Sebastián con la mirada.
Lo encontré cerca del balcón. Estaba charlando con una de las amigas de la tía Cordelia, una mujer mayor que reía a carcajadas con alguna de sus ocurrencias. Sebastián tenía ese don: podía encantar a una reina o a un obrero con la misma naturalidad. Me relajé un poco al verlo así, tan él, tan lejos de la rigidez de mi familia.
Pero entonces vi a mi padre.
Mauricio se acercó a ellos con paso firme y una expresión que conocía bien. La invitada se retiró entre risas, dejándolos solos. Me quedé helada, observando desde la distancia. No podía oír lo que decían, pero la postura de Sebastián cambió en un segundo. Sus hombros se tensaron y su sonrisa desapareció, reemplazada por una máscara de frialdad que rara vez le veía.
Pasaron unos largos minutos. Mi padre hablaba con calma, con esa superioridad cruel que siempre usaba conmigo, señalando a Sebastián con un gesto despectivo. Sebastián escuchaba, apretando la mandíbula tanto que se le marcaba el músculo.
De repente, todo se detuvo.
No sé qué fue lo que mi padre le dijo. No sé qué límite cruzó, pero vi el momento exacto en que Sebastián perdió la paciencia. Sin una palabra, sin previo aviso, el brazo de Sebastián se movió como un resorte.
El sonido del puñetazo impactando en la mandíbula de mi padre resonó en todo el salón, silenciando la música y las risas de golpe. Mi padre salió despedido un par de metros hacia atrás, chocando contra una mesa de cristal antes de caer al suelo.
El silencio fue sepulcral. Mi madre soltó un grito ahogado y Enrique se quedó petrificado con una copa en la mano. Sebastián ni siquiera se movió; se quedó ahí de pie, con los nudillos ensangrentados y una mirada de furia pura que me hizo estremecer. Había golpeado a mi padre.
—¡Sebastián! —exclamé, corriendo hacia él, sin saber si protegerlo a él o ver si mi padre seguía vivo.
Él me miró, y por un segundo vi dolor en sus ojos, una decepción profunda.
—Me voy de aquí, Luciana —dijo con una voz que no admitía discusión—. Ahora mismo.