Una actriz de Hollywood convertida en estrella de villanas, Lobelia Sánchez, muere de cáncer terminal pero renace en el cuerpo de su homónima de la novela Trono de la Perdición – una joven ilegítima y débil destinada a un final cruel. Con su inteligencia, astucia y conocimientos del arte de la seducción y manipulación, la nueva Lobelia decide cambiar su destino: destruir a quienes la condenaron en la historia original, especialmente su hermana Rosa y el príncipe Taylor, mientras se alza hacia el poder supremo.
Mediante la creación de un imperio en las sombras – con una tienda de fachada, un gremio de información y un burdel – va eliminando obstáculos, sembrando desconfianza y seduciendo al emperador Teodore Drakon para alcanzar su objetivo final: convertirse en emperatriz viuda. Una historia de intriga palaciega, poder y venganza, donde la protagonista abraza su naturaleza de villana para conquistar el trono sin piedad.
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9LA SOMBRA QUE NO DEJA RASTRO
Isadora movió sus piezas con la precisión de una ajedrecista veterana. Contrató a "Los Cuchillos Invisibles" – siete asesinos entrenados en artes marciales del desierto, vestidos con túnicas oscuras y portando venenos exóticos que dejaban ni huella ni rastro. Además, ordenó que se falsificaran documentos que vincularan a los nobles rebeldes del norte con Lobelia, colocándolos en una bóveda secreta de la fortaleza de la corte.
"Esta madrugada, Lobelia pagará por su insolencia," declaró, mientras su guardia personal ajustaba su manto de terciopelo negro – "Cuando se encuentren esos papeles, todo el imperio sabrá que conspiró contra la corona. Yo retomaré mi lugar como la única dueña del trono, y nadie osará desafiarme jamás."
Decidió trasladarse a un escondite cerca del palacio imperial, en la torre del Cisne Dorado, para presenciar cómo su enemiga caía en su trampa.
Yo conocía cada detalle – Kael había infiltrado a uno de sus mejores espías en el núcleo de la red de Isadora. Había diseñado cada movimiento con la frialdad de una estratega que conoce el juego hasta el último aliento.
Cuando los siete asesinos se abalanzaron sobre mí mientras recorría el jardín interior, no mostré miedo alguno. Con destrezza heredada de mí maestras del arte de la muerte, saqué mis agujas de acero fundido y lancé tres a la vez – cada una clavándose en el pecho de sus atacantes, quienes cayeron sin más movimiento.
Los cuatro restantes intentaron rodearme, pero yo me deslicé entre ellos como una serpiente en la hierba. Les arrojé una bolsa con polvo de somnífero que había preparado con flores del valle del este – en segundos, sus ojos se vidriaron y empezaron a atacarse entre sí, creyendo ser enemigos unos de otros.
"Pensaron que eran los depredadores," pensé fríamente – "Pero olvidaron que la presa también puede ser la cazadora. Los lobos siempre terminan devorándose entre sí cuando la caza se hace escasa."
Mis hombres, disfrazados de guardias imperiales, irrumpieron en el jardín justo cuando los asesinos estaban a punto de acabar con sus propios compañeros. Los detuvieron sin preguntas, mientras yo me arrodillaba con una expresión de pavor fingido.
"¡Su majestad!" – grité hacia la torre donde sabía que se encontraba Isadora – "¡He visto estos hombres rondar el palacio desde hace días! Parecen ser miembros de alguna facción rebelde... ¡han matado a mis criadas y ahora vienen por mí!"
El emperador llegó al jardín con su guardia, encontrando a los asesinos aturdidos y los documentos falsos que parecían vincular a los nobles del este – rivales de la emperatriz – con la conspiración.
Isadora observó desde su escondite cómo sus hombres eran encadenados y llevados hacia la plaza de ejecuciones. Se quedó helada al ver que cada uno de ellos reconocía a otros nobles como sus empleadores, pero nunca mencionaban su nombre.
La ejecución se llevó a cabo en la plaza principal. Los siete asesinos – ahora declarados como parte de la "conspiración de los Nobles del Este" – fueron arrodillados en el suelo. El verdugo les colocó las manos en la madera del cadalso mientras la multitud observaba atónita.
Yo me paré junto al emperador, con una expresión seria y compasiva. "Su majestad," dije en voz baja – "Es triste ver cómo la ambición puede llevar a hombres honrados a cometer tales atrocidades. Que la justicia se haga, aunque duela reconocer que incluso los más cercanos pueden caer en la oscuridad."
Isadora observó desde la sombra de la catedral, viendo cómo sus hombres eran decapitados uno por uno. Su rostro mostraba horror y rabia, pero no atreverse a hablar – sabía que cualquier movimiento podría hacer que la acusaran a ella.
Mientras la cabeza del último asesino rodaba por el suelo, yo levanté mi mano hacia el cielo como si pidiera bendiciones para el imperio. En mi mente, sonreí fríamente:
"Isadora, querida emperatriz... creíste que eras la única capaz de mover las sombras, pero olvidaste que la oscuridad también puede ser tu peor enemiga. Los que juegan con fuego siempre terminan quemándose... y tú estás a punto de sentir la llama que encendiste."
"La venganza es un ciclo que solo se rompe cuando la víctima se convierte en la verdugo. Y yo soy la reina de este ciclo sin fin."
"Los poderosos creen que pueden controlar todo... pero olvidan que el control es solo una ilusión que los hace vulnerables. Y yo soy la que se encarga de desvanecer esas ilusiones como el humo al sol."
El emperador se volvió hacia mí con una mirada de admiración y respeto. "Lobelia," dijo en voz baja – "Eres más astuta de lo que jamás imaginé. Este imperio necesita alguien como tú para sobrevivir."
Yo sonreí levemente, mientras mis ojos buscaban la sombra donde se escondía la emperatriz – dejándole claro que yo sabía quién estaba detrás de todo, sin necesidad de pronunciar ni una palabra.