una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 18: El refugio del fuego
El martes llegó como una sentencia de muerte y una promesa de vida al mismo tiempo. Elizabeth caminó por las calles empedradas del casco antiguo, ocultando su rostro tras unas gafas oscuras, sintiendo que cada persona que cruzaba podía ver la marca de la traición en su frente. Al llegar al edificio de Julián, sus manos temblaban tanto que le costó encajar la llave en la cerradura.
En cuanto cruzó el umbral, el mundo de Adam y las flores marchitas desapareció. Maximiliano ya estaba allí. No hubo palabras de bienvenida, ni preguntas sobre el fin de semana. Él la tomó por la cintura en el pasillo, empujándola suavemente contra la pared de ladrillo visto, y la besó con una furia que buscaba reclamar cada centímetro de su alma.
—Te extrañé hasta la locura —gruñó él contra sus labios, su aliento mezclándose con el de ella en una danza desesperada.
—No puedo seguir fingiendo, Maximiliano... en mi casa soy una sombra —susurró ella, pero sus manos ya estaban desabotonando la camisa de él, buscando el calor que su propio hogar no le entregaba.
Se movieron hacia la habitación principal, donde la luz de la tarde se filtraba entre las vigas, creando sombras alargadas sobre la cama de sábanas grises. Allí, Maximiliano la despojó de su ropa con una lentitud tortuosa, como si estuviera pelando las capas de una mentira para llegar a la única verdad que le importaba: el cuerpo de Elizabeth bajo el suyo.
Él la recostó sobre la suavidad del colchón y comenzó a recorrerla con la boca, dejando un rastro de fuego desde el hueco de su clavícula hasta la curva interna de sus muslos. Elizabeth arqueó la espalda, soltando un gemido que rompió el silencio del departamento. Sus dedos se enredaron en el cabello de Maximiliano, atrayéndolo más hacia ella, necesitando que él borrara con placer el dolor de la ausencia que sentía en su propia casa.
—Mírame, Elizabeth —ordenó él, elevándose sobre ella. Sus ojos oscuros estaban cargados de una posesividad absoluta—. Aquí no hay nadie más. Solo yo.
Cuando Maximiliano se hundió en ella, el contacto fue eléctrico, una colisión de dos seres que se morían de sed. Elizabeth envolvió sus piernas alrededor de su cintura, anclándolo a su cuerpo mientras el ritmo comenzaba a acelerarse. Cada embestida era una palabra que no se atrevían a decir en voz alta; era una disculpa, una promesa y una condena.
La escena se volvió una coreografía de piel y sudor. Maximiliano la sujetó de las muñecas sobre su cabeza, inmovilizándola mientras la poseía con una intensidad que la hacía perder el sentido de la realidad. Ella sentía el roce de la madera de la cabecera contra su espalda y el peso firme de él sobre su pecho, una presión que la hacía sentir viva, real, arrancándola de la apatía gris de su matrimonio.
—Eres mía... —susurró él al oído, su voz ronca vibrando en la columna de Elizabeth mientras sus manos recorrían sus caderas con una urgencia voraz.
—Soy tuya... —respondió ella, entregándose por completo a la sensación de ser reclamada.
El placer ascendió como una marea incontenible, una ola de calor que les nubló el juicio y les hizo olvidar los nombres de los inocentes que los esperaban fuera de esas paredes. En el momento del clímax, Elizabeth gritó su nombre, un sonido que resonó en las vigas del techo, mientras Maximiliano se aferraba a ella como si fuera el último trozo de tierra firme en un océano embravecido. Se fundieron en un abrazo exhausto, con los corazones latiendo al unísono, compartiendo el mismo aire cargado de jazmín y deseo.
Minutos después, el silencio regresó, pero esta vez no era pacífico. Era el silencio de la resaca emocional. Maximiliano permanecía abrazado a ella, besando su hombro con una ternura que dolía más que su furia. Elizabeth miraba el techo, sintiendo que el brillo que Adam echaba de menos había regresado por unos instantes, pero sabía que se apagaría en cuanto tuviera que volver a cruzar la puerta de su departamento.
—No sé cómo volver —murmuró ella, con los ojos empañados—. No sé cómo mirar a Adam a la cara después de esto.
Maximiliano la estrechó más fuerte, cerrando los ojos.
—No pienses en el regreso. Piensa en que aquí, en este refugio, somos los únicos que importan.
Pero ambos sabían que era mentira. El fuego que los consumía en el departamento de Julián estaba dejando cicatrices que ningún secreto podría ocultar por mucho tiempo. El Capítulo 18 cerraba con ellos dos entrelazados en la penumbra, dos náufragos que habían encontrado una isla paradisíaca, sin darse cuenta de que la marea de la realidad ya estaba empezando a lamer sus pies.