Han Jisung solo quería un trabajo tranquilo pero todo cambia cuando comienza a trabajar para Lee Minho ,un Jefe brillante, Arrogante y peligrosamente atractivo. Entre órdenes, discusiones y miradas intensas, Han empieza a descubrir q detrás del carácter arrogante de su Jefe hay algo q nadie más a logrado ver
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La desicion
Minho no durmió.
No podía.
Cada vez que cerraba los ojos, veía a Han parado en la puerta, mirándolo con esa mezcla de dolor, duda… y una chispa muy tenue de esperanza.
Esa chispa era lo único que lo había mantenido de pie.
Pero ahora…
debía enfrentar lo que había evitado durante años:
Su familia.
Su nombre.
Su herencia.
Su vida predeterminada.
Y sabía que iba a doler.
Mucho.
LA CASA DE LOS LEE
Minho llegó antes del amanecer.
La mansión estaba en silencio, superior, rígida como siempre.
Pero él caminó por el pasillo con paso firme.
Al entrar al salón principal, sus padres estaban despiertos.
Eso lo sorprendió.
Su madre lo miraba con ojeras profundas.
Su padre tenía el rostro tenso, apoyado en un bastón que nunca necesitaba realmente, pero usaba cuando quería imponer autoridad.
Y Hyejin estaba en una esquina.
No lloraba.
No discutía.
Solo lo observaba… como si lo hubiese estado esperando.
—Siéntate, Minho —ordenó su padre.
Minho no se movió.
—Prefiero quedarme de pie.
La madre suspiró.
—Esto no es un juego.
Recibimos llamadas anoche. Personas importantes.
Tu comportamiento con Hyejin afectará la imagen de la familia.
Minho respiró hondo.
—No me importa la imagen.
Su padre golpeó el piso con el bastón.
—¡Entonces no entiendes quién eres!
Minho levantó la cabeza.
—Soy tu hijo. No tu propiedad.
El ambiente se heló de inmediato.
La madre bajó la mirada.
Había tristeza ahí.
Pero el padre dio un paso adelante, con voz dura:
—Desde niño te dimos educación, estatus, futuro.
Desde niño te preparamos para esto.
—Pues debieron preguntarme si quería —respondió Minho.
El padre soltó una carcajada amarga.
—No tenías que querer. Naciste para esto.
Esa frase…
siempre había sido su prisión.
Minho tragó saliva.
—No voy a casarme con Hyejin.
La madre abrió los ojos con horror.
—Minho…
—No voy a hacerlo —repitió él, sin temblar—. No la amo. No quiero esa vida. Y no voy a arrastrarla a un matrimonio donde ambos seríamos infelices.
Hyejin apretó las manos, tensas.
—Minho… piensa.
Él la miró.
—Lo hice.
Pensé todos estos años.
Fingí obediencia.
Acepté papeles que no quería.
Sonreí en fotos que no me representaban.
Fui el hijo perfecto.
El heredero perfecto.
El hombre perfecto.
Para ustedes.
Su padre lo fulminó con la mirada.
Minho continuó:
—Pero nunca fui perfecto para mí.
La madre murmuró:
—Minho… por favor.
Hyejin suspiró.
—Minho, si cancelas el compromiso… nuestras familias van a quedar en guerra.
El negocio de mi padre depende del acuerdo.
El tuyo también.
Minho la miró con sinceridad.
—Lo sé.
Y lo siento por ti, Hyejin.
Tú no mereces esta basura de arreglo.
Ella lo observó sorprendida.
Nadie le había hablado así en esa casa.
Con respeto genuino, no con formalidad vacía.
—Pero yo no voy a darte una vida falsa —continuó Minho—. Tú mereces a alguien que te ame de verdad. Yo no puedo darte eso.
Hyejin bajó la mirada por primera vez desde que lo conoció.
Su padre avanzó otro paso.
—¿Y qué? ¿Todo esto es por un chico?
El silencio fue brutal.
Minho apretó los dientes.
—No es “un chico”.
Es la persona que yo elegí.
La madre se cubrió la boca, shockeada.
El padre frunció el ceño con enojo.
—¿Sabes lo ridículo que suenas?
¿Vas a destruir años de tradición por un… capricho?
Minho sintió su corazón latir con fuerza.
—No es un capricho.
—¿Entonces qué es? —lo desafió su padre.
Minho respiró hondo.
Y por primera vez en su vida…
Lo dijo.
—Es amor.
La madre dejó caer una lágrima silenciosa.
El padre se puso rojo.
—¡¿AMOR?!
¡EL AMOR NO TE DARÁ UNA EMPRESA!
¡NO TE DARÁ PODER!
¡NO TE DARÁ RESPETO!
Minho lo miró fijamente.
—El amor me da algo que ustedes nunca me dieron:
Libertad.
Hyejin tragó saliva.
Había algo parecido a admiración en sus ojos.
El padre, sin embargo, estaba furioso.
—Si das un paso más en esta locura… —advirtió—, no vuelvas a esta casa.
No vuelvas a usar mi apellido.
No vuelvas a pedirme nada.
Minho sonrió con tristeza.
—Nunca les pedí nada.
—¡ENTONCES LÁRGATE! —gritó su padre.
La madre lloró.
Hyejin se quedó quieta, sin intervenir.
Minho caminó hacia la salida.
Pero antes de irse, miró a su madre.
—No quiero que sufras.
Pero no puedo vivir en un lugar donde no soy yo mismo.
Ella extendió un brazo tembloroso.
—Mi hijo…
Minho cerró los ojos por un segundo.
Luego negó.
—Esta vez… debo elegir mi vida.
Y salió.
Sin mirar atrás.
EN EL DEPARTAMENTO DE HAN
Han estaba sentado en el suelo, apoyado contra la cama.
Había intentado descansar, pero sus pensamientos no se lo permitían.
Changbin estaba a su lado, sentado en el piso también, sin invadirlo.
Solo acompañándolo.
—No quiero que nadie se pelee por mí —murmuró Han.
—Entonces no pienses en ellos —respondió Changbin—. Piensa en ti.
¿Qué quieres tú?
Han cerró los ojos.
—Quiero dejar de sentirme como una opción de último minuto.
Changbin asintió lentamente.
—Y tienes todo el derecho.
Han lo miró.
—¿Crees que Minho va a dejar a su familia?
Changbin suspiró.
—Si no lo hace, te está mintiendo.
Si lo hace… te está eligiendo de verdad.
Han parpadeó.
—¿Y tú?
¿Qué harías tú por alguien que amas?
Changbin lo pensó un segundo.
—Cualquier cosa… excepto romperte.
Han sintió la garganta cerrarse un poco.
Iba a responder…
Pero entonces—
TOC. TOC. TOC.
Los dos se quedaron inmóviles.
Han estaba a punto de levantarse, pero Changbin lo detuvo suavemente.
—Déjame ver quién es primero.
Changbin se acercó a la puerta.
Miró por la mirilla.
Y se congeló.
—Es él otra vez —dijo—. Pero… no solo.
Han se levantó de golpe.
—¿Con quién está?
Changbin retrocedió lentamente.
—Con… maletas.
Han abrió más los ojos.
—¿Qué…?
Changbin lo miró, incrédulo.
—Han… creo que Minho…
se fue de su casa.
Han sintió un vacío enorme en el estómago.
Y luego…
El corazón le latió con un golpe fuerte.
Changbin apretó los labios, dolido pero intentando mantenerse firme.
—Abre tú —dijo.
Han dudó.
Un segundo.
Dos.
Y luego…
abrió la puerta.
Minho estaba ahí.
Con dos maletas.
Ojeras.
Ojos rojos.
La ropa arrugada.
Las manos temblando.
Y cuando vio a Han…
Sonrió un poco.
Cansado.
Roto.
Pero real.
—Lo hice… —susurró él.
Han tragó saliva.
Minho sostuvo con fuerza la manija de la maleta.
—Han…
Me fui de casa.
Rompí el compromiso.
Rompí el acuerdo.
Rompí todo lo que querían de mí.
Respiró hondo.
Y añadió:
—Todo… para elegirte a ti.
Han se quedó sin aire.
Changbin cerró los ojos, angustiado.
Minho dio un paso hacia adelante.
—Ahora solo necesito saber…
si tú quieres elegirme también.