Liz tiene veintidós años, un hijo de siete y un infierno del que no puede escapar.
Atrapada en una casa de la que no puede salir, sometida a la violencia de un hombre que dice ser su dueño, su única razón para seguir respirando es Dedé, su pequeño, que cada noche la mira con esos ojos tristes que lo saben todo.
Pero una madrugada, Dedé hace lo que ella nunca pudo: huir.
Y su camino lo lleva hasta Cobra, el dueño del cerro, el hombre más temido de la comunidad. Un narcotraficante despiadado con sus enemigos... y con un corazón que ni él mismo sabía que tenía.
Lo que empieza como un rescate se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba. Gael —porque así se llama cuando baja la guardia— descubre que la mujer rota que cargó en brazos aquella noche le despertó algo que no tiene nombre. Y Liz descubre que el amor no siempre llega vestido de príncipe: a veces llega con un fusil en la espalda, tatuajes en los brazos y un imperio de pólvora y lealtad.
Pero la felicidad en el cerro tiene precio. Enemigos del pasado vienen a cobrar deudas con sangre. Secretos familiares enterrados durante décadas salen a la luz. Y Liz tendrá que decidir si la mujer que fue puede convertirse en la mujer que merece ser.
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BAILE PARTE 2
LIZ.
El baile está que arde, repleto de gente, la música altísima hablando pura cochinada, sin contar los corridos prohibidos de la favela que mencionan el nombre de Gael y el de mi suegro.
— Amor, ya vengo, voy a hablar con unos aliados.
Se alejó y empezó a platicar con algunos hombres.
Mi suegra estaba sentada junto con mi suegro bebiendo.
Las chicas que estaban con DK y con Zóio vinieron a mi mesa.
— Oye, tu nombre es Liz, ¿verdad? Yo soy Lígia y ella es Emilly. Levántate de ahí, mujer, vamos a bailar.
Me dio pena, pero me levanté y me fui a bailar a la baranda con ellas. No estoy acostumbrada a bailar, y menos estas canciones. Pero agarré un vaso de bebida y empecé a moverme.
Mi suegra gritó desde donde estaba:
— ¡Eso, muchacha, diviértete!
Le guiñé un ojo y seguí bailando. Perreaba hasta el piso, hasta a hacer cuadradito me enseñaron las chicas.
Un hombre se me acercó y me agarró del brazo hablándome al oído.
— Eres la más bonita del baile hoy, ¿vamos a sentarnos allá?
Me asusté e intenté jalar mi brazo.
Escuché la voz de mi suegro detrás del hombre.
— Suelta a mi nuera, Sombra.
— ¿Nuera?
— Esposa de mi hijo y patrona del cerro. ¿Quieres morirte hoy?
— ¿Qué está pasando, papá?
Gael apareció de la nada.
— Parece que Sombra está mal informado, pero ya lo resolví.
— Fue mi error, Cobra, no sabía que era tu esposa.
— Lárgate de aquí, antes de que se me olvide que te tengo consideración.
— Pilas, Cobra, dejas a tu nena sola, hay un chingo de compas queriendo tirar rollo, dejaste a tu nena sola, hermano.
— ¡Lárgate, carajo!
— Perdón, amor, estaba resolviendo unas cosas.
— Está bien.
— Vamos a sentarnos allá.
— No, amor, quiero bailar con las chicas.
Seguí bailando lo más sensual que pude.
Gael se sentó en una silla cerca y se quedó con la mirada clavada en mí.
Yo no estoy acostumbrada a beber, pero ya me había tomado unos tragos, así que estaba contenta.
Bailé, perreé, sacudí el cabello. Gael me miraba con deseo y como un pitbull cuidando su propiedad.
Se acercó a mí, me agarró la cintura y me habló al oído.
— Vamos a sentarnos, que hay un montón de cabrones mirándote y ya estoy perdiendo la paciencia que no tengo.
Me fui con él a la mesa, yo iba a sentarme en la silla, pero él me jaló a su regazo. No estaba borracha, pero estaba suelta.
Vi que mis suegros ya se habían ido.
Empecé a perrear en su regazo al ritmo de la música, sentí su verga poniéndose dura como piedra.
— Tengo ganas de cogerte aquí mismo.
Eché el cabello a un lado y seguí perreando.
— Ya estuvo bueno este baile, vámonos a la casa, mamacita. —Dijo y me dio una nalgada.
— ¿Ya, amor? Todavía es temprano.
— Ya, te quiero solo para mí.
En el baile pude observar lo respetado que es Gael, y lo sexy que es verlo resolviendo todo, todo mandón con esa cara de malo.
Antes de bajar ya le había pedido el carro al soldado.
Fuimos pasando entre la multitud hasta llegar a la puerta. El soldado ya esperaba con el carro.
Nos subimos al carro, él puso música en el radio y fue manejando con la mano en mi muslo.
— Amor, tengo ganas de hacer una cosa...
— ¿Qué?
Le saqué la verga y empecé a mamársela mientras manejaba. Primero solo la cabeza y después metiéndomela toda en la boca.
Él bajó la velocidad.
— Puta madre, Liz, voy a chocar el carro. —Dijo jadeando.
Seguí chupando, dando lo mejor de mí, noté que llegamos a la casa, entró a la cochera pero yo no paré.
— Quítate, amor, que me voy a venir.
— Ay, carajo. —Gimió sujetándome la cabeza.
No paré y él acabó en mi boca. Me levanté limpiándome los labios.
— Qué rica tu lechita.
— ¿Te gusta, golosa? —Dijo dándome una cacheteadita suave en la cara.
— Prepárate, porque mañana no vas a poder caminar.
Me mordí los labios y entramos a la casa.