Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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El Arte de la Guerra Psicológica
Miranda
Pasé tres días sepultada en mi estudio, una celda de cristal rodeada de expedientes clasificados y esquemas tácticos. Cristian, con esa intuición silenciosa que lo hacía indispensable, se encargaba de Marian y me traía café sin pronunciar palabra, respetando el aura de guerra que emanaba de mis poros. Mi estrategia no sería un ataque frontal; el General de Brigada Valdemar tenía el poder del Estado de su lado, pero yo tenía algo más letal: el control de la narrativa.
Me encargaría personalmente de darle la bienvenida al infierno. Lo que ese hombre le hizo a Lucero no tenía justificación, y yo pensaba cobrarle cada noche de insomnio, cada vez que ella se sintió sucia y miserable. A través de sus confesiones fragmentadas, identifiqué el perfil de Valdemar: un narcisista patológico que se creía invulnerable bajo su uniforme. Su mayor debilidad era su reputación, y esa sería la pira donde lo quemaría viva.
—Señor Presidente —le dije con una voz que cortaba el aire en su despacho de Miraflores—, si quiere que este escándalo muera antes de nacer, debe demostrar que tiene el control absoluto. Organice una cena de "agradecimiento" en Fuerte Tiuna para el cuerpo médico y militar. Invite a sus leales. Que Valdemar esté en la mesa de honor.
Él aceptó, halagado por mi supuesta lealtad, sin saber que me estaba entregando las llaves de la jaula del león.
Llegué a la residencia oficial luciendo un vestido de seda negra, una armadura de elegancia que se ajustaba a mis curvas como una advertencia. Mis labios, pintados de un rojo sangre profundo, gritaban autoridad. Lucero caminaba a mi lado, vestida en un verde esmeralda que resaltaba su palidez.
—Recuerda lo que te dije —le susurré al oído antes de entrar—. No lo mires como a un monstruo; míralo como a un insecto que estoy a punto de aplastar bajo mi tacón.
El salón estaba saturado de uniformes cargados de medallas y el pesado aroma del tabaco y fragancias costosas. Localicé a Valdemar de inmediato. Se movía con una arrogancia que me revolvía el estómago, rodeado de subordinados que reían sus chistes mediocres. Me recordaba a los socios de mi abuela, hombres que creían que el poder era un atributo exclusivamente masculino. Esta noche, los Rinaldi les darían una lección de humildad.
En una de las columnas, vi a mi primo Álvaro, impecable en su uniforme de General de Brigada de la FANB, y a Yhonatan, con sus insignias de Coronel brillando bajo las lámparas de cristal. Sus miradas se cruzaron con la mía: un asentimiento casi imperceptible. Ellos eran mi respaldo táctico; si la diplomacia fallaba, ellos tenían las armas.
Me acerqué a Valdemar con una copa de vino en la mano.
—General Valdemar, un gusto. Soy la doctora Miranda Rinaldi. Lucero me ha hablado... mucho de usted.
Él me dedicó una sonrisa condescendiente, esa que usan los hombres que creen que han ganado antes de empezar la partida.
—Espero que solo cosas buenas, doctora. La joven Lucero es algo... imaginativa. Una niña sensible.
—Oh, no es imaginación, General. Es memoria traumática —respondí, bajando la voz lo suficiente para que el aire entre nosotros se volviera pesado—. De hecho, estamos aplicando una técnica avanzada de recuperación de evidencia biológica que el cuerpo retiene bajo estrés extremo. Es fascinante lo que la ciencia forense puede extraer de una víctima, incluso meses después. ¿No le parece?
La mandíbula de Valdemar se tensó un milímetro. La semilla de la paranoia estaba plantada.
—¿Qué intenta decir, doctora? —masculló, perdiendo un poco de su brillo.
—Solo que la verdad tiene una forma curiosa de salir a flote, General. Disfrute su cena.
A mitad de la velada, durante el brindis principal, Álvaro se acercó al Presidente y le susurró algo al oído mientras señalaba la pantalla gigante del salón, que usualmente mostraba propaganda gubernamental. Yhonatan, por su parte, se posicionó discretamente detrás de Valdemar, bloqueando su salida.
Lucero se puso en pie. Su mano temblaba ligeramente, pero sus ojos buscaron los míos, encontrando el ancla que le había prometido.
—Quiero agradecer a la doctora Rinaldi —dijo Lucero, su voz proyectándose con una fuerza que sorprendió a todos—, por enseñarme que los secretos que se guardan por miedo solo sirven para alimentar a los cobardes que nos lastiman.
En ese momento, las luces del salón parpadearon. La pantalla cambió abruptamente. No era una confesión directa, era algo más perverso: un audio editado con el software de análisis de voz que yo había instalado en la residencia. Eran las grabaciones de las llamadas de acoso que Valdemar le hacía a Lucero, pero filtradas para que su voz sonara clara, posesiva y criminal frente a toda la cúpula militar.
El silencio fue absoluto. El pánico en el rostro de Valdemar fue mi mayor trofeo. Intentó balbucear una excusa, pero Álvaro dio un paso al frente, su voz de General retumbando en las paredes.
—General Valdemar, está deshonrando el uniforme frente al Comandante en Jefe —dijo Álvaro con un desprecio infinito—. Su conducta es inaceptable.
El Presidente, viendo la humillación pública y la mirada de su nieta, sintió la presión del apellido Rinaldi y la traición de su subordinado. Se puso en pie, lívido.
—General Valdemar —tronó el mandatario—, retire sus insignias. Ahora mismo. Queda bajo custodia de la policía militar para una investigación de degradación de honor.
Yhonatan, con una eficiencia fría, tomó a Valdemar por el brazo.
— Andiamo, Generale, —susurró Yhonatan al oído de Valdemar, usando el italiano para recordarle quién movía realmente los hilos—. Usted ya no es nadie.
Regresé a casa cuando los primeros rayos del alba teñían el cielo de Caracas. Cristian me esperaba en la cocina, preparando el desayuno para Marian. Al verme entrar, no preguntó por generales o conspiraciones. Simplemente me sirvió un café y me abrazó por la espalda, su pecho firme devolviéndome la calidez que el palacio me había robado.
—Mami, ¡mira! —Marian corrió hacia mí en pijama, mostrándome un soldadito de plomo—. ¡El príncipe superhéroe me dijo que hoy es día de comer panqueques!
Me senté a la mesa, rodeada de las dos personas que mantenían mi alma a flote. La guerra en Fuerte Tiuna había terminado por ahora, pero la batalla por mi corazón, y el miedo a que Cristian descubriera la oscuridad de la que yo era capaz, apenas estaba comenzando.