Isabela acepta un trabajo como niñera en una mansión aislada, donde viven Gael Mancini —un reservado CEO viudo— y sus tres hijos de 13, 9 y 4 años.
Los niños, que antes vivían bajo reglas estrictas y una gobernanta impopular, no quieren aceptar a nadie nuevo. Pero Isabela llega llena de vida, risas y juegos, trayendo a la casa lo que parecía prohibido: paseos por el parque, horas en la sala de juegos, saltos en la piscina e incluso una tierna visita al cementerio, donde los niños se conectan con el recuerdo de su madre.
Mientras los niños se encantan con Isabela, Gael observa, dividido entre el miedo a abrirse y el deseo de ver felices a sus hijos.
Entre el personal de la casa hay amor, tensión y secretos, e Isabela tendrá que conquistar no solo a los pequeños, sino también ganarse su lugar en ese hogar complejo.
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Capítulo 12
... *Gael narrando* ...
La casa estaba quieta. Los niños dormían en la habitación de al lado. Lunna había tardado en dormirse — y Gael sabía que era por la discusión.
Se quedó acostado boca arriba, mirando al techo, la luz tenue de la calle filtrándose por las rendijas de la cortina. Tenía un dolor fino latiendo detrás de los ojos, más agotamiento mental que físico.
La imagen de Isa allí, en el sofá de la casa de la playa, volvía todo el tiempo. El pie hinchado, la mirada nerviosa. La forma en que ella lo miró cuando él se agachó y la tocó — sin máscaras, sin papel de jefe y empleada. Solo hombre y mujer. Solo dos cuerpos muy cerca, intentando fingir que no lo estaban.
Mierda.
Pasó la mano por su rostro, frustrado.
No era solo atracción. No era solo impulso.
Era la manera en que ella hablaba con los niños, cómo reía con Lunna, cómo entendía a Lucca con la mirada, cómo dejaba a Caio a gusto sin necesidad de decir nada. Era lo que ella causaba en esa casa. En él.
Y ahí vino Valéria. Con el veneno de siempre. Con las frases que él quería olvidar. "Te involucras con cualquiera."
Isa no era "cualquiera". Eso él lo sabía. Pero no conseguía decirlo en voz alta.
Porque si él cruzaba la línea, si dejaba que el deseo venciera, cambiaba todo.
¿Y si lastimaba a los hijos de nuevo?
¿Y si la lastimaba a ella?
Se giró de lado, inquieto, mirando la lámpara apagada.
Por más que quisiera, él todavía no sabía qué hacer.
Solo sabía una cosa: no conseguiría más fingir que no sentía nada.
......................
...Isa narrando...
Isa no conseguía dormir. El cuerpo cansado, el pie todavía latiendo, pero era la cabeza la que no daba tregua.
Estaba encogida de lado, abrazada a la almohada, mirando fijo a la pared de la habitación. Cada frase de Valéria resonaba como si todavía estuviera allí.
"Esto no va a durar."
Ella mordió el labio, tragando en seco. Lo peor de todo es que aquella frase dolía porque, en el fondo, tenía sentido. Ella sabía el lugar que ocupaba. Sabía dónde las cosas podrían salir mal.
Pero al mismo tiempo…
Él fue tras de mí. Él me cargó en brazos. Él me miró como si…
Como si tuviera alguna cosa allí que él intentaba esconder — pero no conseguía.
La forma en que él tocó su tobillo, con firmeza y delicadeza. La mirada que tardó demasiado en desviar. El silencio que pesaba más que cualquier palabra.
Y después, cuando Valéria llegó, el modo en que él se puso entre ella y los niños… como si protegiera. Como si dijera, sin decir: yo estoy contigo.
Isa cerró los ojos por un momento, pero no consiguió parar los pensamientos. No podía ilusionarse. Él era el padre de los niños. Su jefe. Y, por más que a veces pareciera diferente, ellos todavía estaban en mundos distantes.
Pero por qué, entonces, dolía tanto esa distancia?
Ella soltó un suspiro y giró el rostro en la almohada.
Tal vez ella necesitase decidir antes de que el sentimiento decidiera por ella.
Tal vez fuese hora de pensar en irse.
Pero la idea machucaba más que el tobillo.