novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero
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Confianza y sangre
Después de un mes en gran salón había muchos empresarios esas reuniones que se hacen para socializar o alcanzar más estadare en las empresa fueron invitando Eros y su familia, Diego y sus hijos y Franco porque franco a pesar de no tener una gran cantidad de dinero tenía una pequeña empresa que ya estaba dando fruto negocio que levantó con una pequeña inversión con un amigo
Franco no buscó a Eros por casualidad.
Lo hizo en público.
En un evento empresarial donde sabía que no habría escenas descontroladas. Donde las sonrisas eran obligatorias y las amenazas debían disfrazarse de cortesía.
Eros lo vio acercarse desde el otro lado del salón. No se movió.
Qué curioso verte aquí —dijo Franco, tomando una copa que no pensaba beber.
—Trabajo aquí —respondió Eros con calma.
Franco sonrió.
—Claro. Siempre tan dedicado.
Se inclinó apenas hacia él.
—Me preguntaba si también eres tan dedicado con los primos de los demás.
El aire cambió.
Eros sostuvo su mirada.
—No sé a dónde quieres llegar franco pero la verdad no tengo tiempo para ti dijo viendo directamente su rostro .
—Sabes muy bien lo que le hiciste al mío.
La acusación fue baja, pero directa.
Eros dejó la copa sobre la mesa.
—No sigas provocando —dijo con voz firme— si no sabes jugar.
Franco inclinó la cabeza, divertido.
—Claro que sé jugar.
Se acercó un poco más.
—Tengo a Amber conmigo.
La frase fue una bala envuelta en seda.
Eros no reaccionó de inmediato. Solo lo observó.
Luego sonrió levemente.
—Me gusta que te sientas confiado , la verdad si supieras jugar no sintieras tanto miedo franco y la verdad siempre que estás a mi lado lo huelo dijo sonriendo .
Franco sostuvo su mirada unos segundos más.
Había desafío.
Había advertencia.
Pero también había algo más.
Un equilibrio inestable.
—Ten cuidado —murmuró Franco antes de apartarse—. A veces la confianza dura poco.
Eros no respondió.
Pero por primera vez, no fue él quien perdió el control.
____________
Un mes después, Amber empezó a notar cambios.
Pequeños al principio.
Cansancio inusual.
Náuseas suaves por la mañana.
Un retraso que intentó atribuir al estrés.
Se negó a pensar en ello durante días.
Hasta que no pudo.
La prueba la hizo sola, en el baño del apartamento, con la puerta cerrada y el agua del grifo abierto para ahogar cualquier sonido
Dos líneas.
Sus manos comenzaron a temblar.
El mundo no se rompió de inmediato.
Se volvió más pesado.
Se sentó en el borde de la bañera intentando respirar.
No había protección aquella noche.
No hubo cálculo.
Solo un impulso.
Y ahora…
Intentó ocultarlo.
Usó ropa más amplia.
Evitar comidas frente a Franco.
Controlar cada gesto.
Pero Franco no era descuidado.
Observaba.
Siempre observaba.
—Estás pálida —comentó una noche.
—Estoy cansada.
—No es solo eso.
La miró fijamente.
—¿Qué no me estás diciendo?
Amber negó con la cabeza.
—Nada.
Pero cuando corrió al baño minutos después, incapaz de contener las náuseas, supo que había sido demasiado tarde.
Franco golpeó la puerta.
—Ábrela.
Ella tardó un segundo.
Un segundo demasiado largo.
Cuando salió, él la observó con una intensidad fría.
—¿Estás embarazada?
El silencio fue suficiente respuesta.
La expresión de Franco cambió.
No a sorpresa.
A cálculo.
—Eres una estúpida —dijo en voz baja y le dió una bofetada .
Amber retrocedió un paso.
—¿Qué? Dijo tratando de sonar tranquila .
—¿Creíste que no me daría cuenta? Yo me cuido dijo y la tomo por la barbilla .
La frase cayó como un martillo.
—¿De quién es? Es obvio dijo después yo me cuido .
No gritó.
Eso lo hacía peor.
Amber no respondió.
No podía.
Franco dio un paso hacia ella.
—Saliste embarazada de el Amber eso te lo voy a cobrar
La tomó del brazo con fuerza.
—Me desafiaste y ahora pretendes esconderlo.
—Suéltame —susurró ella.
Él la empujó contra la pared.
—Ahora con más razón te vas a quedar a mi lado.
Sus palabras eran hielo.
—No permitiré que me humilles.
La sostuvo del rostro con fuerza.
—Ese hijo llevará mi apellido.
El miedo de Amber ya no era solo por ella.
Era por lo que crecía dentro.
Franco la soltó de golpe.
—Vas a hacer exactamente lo que te diga. Sonreírás. Dirás que es mío. Y nadie dudará
Se inclinó hacia ella por última vez.
—Porque si alguien duda… no sabes lo que soy capaz de hacer.
Cuando salió de la habitación, Amber se dejó caer al suelo.
Sus manos fueron instintivamente a su vientre.
No sabía qué sería más peligroso:
Que Franco supiera que era de Eros el hombre al quien el odiaba nada más por el hecho de existir.
Tenía miedo de que él siguiera ya lo sospechaba, pero ella nunca dijo que fue con Eros no sabe si lo podría negar le creería?
Pero entendía algo con claridad devastadora.
La guerra que habían comenzado ya no era solo entre ellos.
Ahora había una vida en medio.
___________
Amber no durmió.
Franco tampoco.
Lo supo por la forma en que la cama crujía cada vez que él se movía, por el peso de su silencio despierto en la oscuridad.
Al amanecer, ella fingió dormir.
Él no.
Se levantó antes de que sonara la alarma y salió del dormitorio sin decir palabra.
Amber tardó unos minutos en incorporarse. Tenía el cuerpo rígido, la mente aún más.
Sabía que no iba a dejarlo así.
Franco no era hombre de silencios largos cuando había algo que controlar.
Lo encontró en la cocina, de pie frente a la ventana, con una taza de café intacta entre las manos.
—Tenemos que hablar —dijo sin mirarla.
Amber sintió un nudo en la garganta.
—No hay nada que hablar.
Él soltó una risa baja.
—Claro que lo hay.
Se giró lentamente.
Sus ojos ya no estaban furiosos.
Estaban decididos.
—Estás embarazada.
No fue pregunta.
Fue anuncio.
Amber sostuvo la mirada esta vez. No tenía fuerzas para negar lo evidente.
—Sí.
La palabra flotó en el aire como una sentencia.
Franco caminó despacio hacia la mesa y apoyó las manos sobre la madera.
—¿Sabes lo irónico de todo esto?
Ella no respondió.
—Que siempre lo he odiado.
El nombre no fue necesario.
Eros estaba presente en cada sílaba.
—¿Por qué? —preguntó Amber en un susurro involuntario.
Franco la miró fijamente.
—Porque es el primero en todo.
La frase salió con una amargura antigua.
—El favorito. El impecable. El que siempre cae de pie. El que nunca paga por lo que hace.
Amber sintió el corazón latir con más fuerza.
—No sabes de qué hablas.
Sé exactamente de qué hablo.
Franco se acercó un paso.
—Desde el primer día que supiste que era tu novio, lo miraste distinto.
Amber negó con la cabeza.
—Eso no es cierto.
—Claro que lo es. Yo estaba ahí. Yo vi cómo lo mirabas. Como si fuera el centro de todo.
Su voz empezó a cargarse.
No de celos recientes.
De resentimiento acumulado.
—Y a él no le importó golpear a mi primo.
La tensión subió un grado más.
Amber contuvo la respiración.
—No digas eso como si no hubiera razón.
Franco clavó la mirada en ella.
—No importa la razón.
La frase fue cortante.
Lo hizo. Y salió caminando como si nada.
No explicó por qué ocurrió aquella pelea.
No habló de provocaciones.
No habló de amenazas previas.
Solo del resultado.
—Siempre ha sido así —continuó—. Él destruye y sigue adelante. Y todos lo protegen.
Se acercó aún más, invadiendo su espacio.
—¿Sabes lo que es vivir a la sombra de alguien que siempre parece ganar?
Amber sintió que, por primera vez, Franco no hablaba solo de ella.
Hablaba de sí mismo.
—Y ahora —añadió con una sonrisa torcida—, mira lo que es la vida.
Hizo un gesto leve hacia su vientre.
—Voy a tener que criar a su hijo.
La frase cayó pesada.
Irónica.
Casi teatral.
Quién lo diría?
Amber dio un paso atrás.
—No tienes que hacer nada.
Franco la miró como si hubiera dicho algo absurdo.
—Claro que sí.
Su voz volvió a endurecerse.
—Porque este hijo llevará mi apellido.
Se inclinó hacia ella.
Quién lo diría?
Amber dio un paso atrás.
—No tienes que hacer nada.
Franco la miró como si hubiera dicho algo absurdo.
—Claro que sí.
Su voz volvió a endurecerse.
—Porque este hijo llevará mi apellido.
Se inclinó hacia ella.
Para Franco, aquello no era un embarazo.
Era una competencia.
Un símbolo.
Un territorio.
La soltó finalmente.
—Aprende algo —dijo antes de apartarse—. En esta historia, nadie le gana a quien está dispuesto a ensuciarse las manos.
Cuando salió de la cocina, Amber se quedó sola.
Sus manos fueron, casi sin pensar, a su vientre.
No sabía cómo iba a proteger esa vida.
No sabía cómo iba a proteger a Eros.
Pero entendía algo con claridad devastadora:
Franco ya no estaba actuando por impulso.
Estaba jugando.
Y para él, aquello no era una tragedia.
Era una oportunidad.