La baronesa Juana de Miraflores, llamada por sus vasallos Juana La loca, vió desde la torre de su castillo el avance de tropas enemigas al feudo y exigió a su padre viudo que contrajera matrimonio con la baronesa Oriana de Roca Alta. La idea de unir los feudos para la defensa era sin dudas la mejor salida, pero su proposición no tuvo eco. No le quedó otra : debía casarse ella con el bruto y mujeriego Barón Alvaro Pelayo Roca Alta.
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La llegada de la Marquesa y la misiva a Álvaro.
La llegada del carruaje de la Tía de la condesa Juana fue al amanecer de un día cálido. Juana que la esperaba con ansias, agradecía el horario porque le permitió, después de traer un refrigerio para su tía y dejarle refrescarse, aprovechar que Ximena dormía aún para tirada en sus brazos, contarle entre sollozos todos los acontecimientos, sin ocultar ninguno de ellos.
La Marquesa Martina de Miraflores y Burgos, si bien estaba preocupada, no se extrañó mucho de lo sucedido con el conde Alejandro. Tenía la ilusión que ese bello muchacho no caería en sus bajos instintos teniendo una mujer tan bella y especial como Juana a su lado.
La alegría de saber a Juana embarazada de tres meses se juntaba con dos preocupaciones importantes; eran ellas , no descubrir el hecho que Álvaro era el padre del niño esperado por el castigo que el adulterio traía a todos por igual: Nobles y humildes en esa época.
Por otro lado, la inclinación del conde Alejandro, era penada por las Sagradas escrituras que en ese momento eran las leyes morales más rigurosas. El testamento católico prohibía con rigor: El incesto, la desnudez, la homosexualidad y la sodomía.
Trato de levantar el ánimo a su única sobrina y le felicitó por la forma de llevar esta situación.
_ Tranquila hija mía. Yo hablaré con mí amiga Ximena. De parte de ella , no tengas temor a que rechace tu embarazo, estará feliz. Su ilusión era desde siempre una criatura para que sea el o la heredera del condado. Sea este heredero de su nieto o de otro. – dijo acariciando los cabellos de Juana y secando sus lágrimas.
_ Tengo dos grandes temores querida tía. – dijo Juana – la situación de Alejandro es uno de ellos. Ya ha venido un destacamento en su búsqueda . Gracias a Dios creen que fue asaltado en el camino por eso no ha llegado como debería. – dijo secando sus lágrimas – mí otro temor es la salud de mí abuela Ximena, por temor a su reacción y en vista de su precario estado es que no he querido sincerarme con ella. Ama tanto a mí esposo que temía que mis palabras la llevarán a la muerte.
_ No te preocupes pequeña – dijo Marina de Miraflores – yo hablaré con Ximena. Ve que nadie nos moleste. Y saca a lady Maria Cisneros a realizar alguna tarea fuera del castillo. No quiero interrupciones ni corrillos de esta conversación. – dijo la Marquesa.
Mientras la Marquesa se reunía en los aposentos de la condesa Ximena, Juana envío una misiva a Álvaro con Lady Maria Cisneros. Sabía que sería leída por la portadora y fue cuidadosa en la escritura buscando la forma de trasmitir sus sentimientos en forma velada.
La misiva decía lo siguiente :
Barón Álvaro de Roca Alta:
Estimado amigo. Su charla anterior fue muy grata para mí. En este momento me encuentro preocupada por la salud de mí abuela Ximena y atendiendo a mí tía la Marquesa que ha llegado desde Burgos a visitarnos. Sobre lo que hablamos de esas personas que se aman, es prudente no comentar hasta que Dios lo quiera puedan casarse en el futuro. Que Dios nuestro señor guíe sus pasos.
Juana María Cristina Condesa de Valladolid y Miraflores.
Lady Maria Cisneros se apresuró a marchar a la villa y de hecho por el camino se enteró del contenido de la misiva. Según lo que le había comentado al pasar Álvaro Pelayo el padre de Juana y la madre de Alvaro, andaban en amores así que supuso que esas parejas que se amaban serían ellos dos.
El barón leyó con alegría la carta de Juana. Entendió el mensaje oculto detrás de cada frase. La misiva no venía sellada así que Juana quería que su empleada la leyera y descartara la posibilidad de un romance entre los dos.
_ Lady María, el esposo de la condesa Juana no vino a ver a su abuela? Es posible que la milicia del rey no le otorgue un permiso?- preguntó.
_ Pues a decir verdad Barón, dudo que el Conde Alejandro sepa. Parece haber sido asaltado en el camino. No ha llegado al campamento de los milicianos del Rey. Esperemos que nada malo le haya ocurrido – dijo
_ Que pena tan grande. Quizás se atraso visitando a alguna amiga especial – dijo Tratando de pescar algo el barón.
_ Puedo asegurar con la mano en el corazón que el Conde Alejandro no es de esas personas y está perdido de amor por La condesa Juana. – dijo – usted mismo vió la romántica escena en el arroyo Cantarin.
_ Claro que si. Esa fue sin dudas una desafortunada intervención nuestra – respondió Álvaro.
- Oh no barón Álvaro! Gracias a nuestra intervención se casaron inmediatamente. – dijo María Cisneros.
- Puede mantenerme al día usted sobre la situación del Conde! Sentiré mucho que algo malo le hubiera pasado – dijo Álvaro cruzando los dedos.
- Válgame Dios! Ni lo piense barón. Ahora que parece que será padre! Bien, esto es una infidencia. Pero en el castillo algunas voces dicen que la condesa Juana espera un heredero. – respondió.
Esta noticia dejó a Álvaro Pelayo totalmente asombrado. Sería verdad? Pero Juana tenía una cintura de avispa. Recordando sus curvas maravillosas pensó que lo único diferente eran grandes pechos que habían crecido de tantos masajes del bastardo del Conde Alejandro.
Y si el niño era suyo? El había regado con su semilla el interior de Juana. No sé había cuidado como se cuidaba con las otras mujeres utilizando la cúpula interfemoral, que era el método anticonceptivo de la época. En la edad media este método, culminar entre los muslos apretados de la amante era la forma que los caballeros tenían para no dejar hijos bastardos.
Álvaro Pelayo quedó preocupado por este último chisme. Sabía que si su Juana estaba encinta de Alejandro nunca lo abandonaría. Y ese sentimiento de tristeza mezclado con la ilusión de que podría ser su hijo, lo inundó durante todo el resto del día.
Pensó en Juana y el, cuidando a su pequeño retoño. Su mente divagaba entre el deseo maligno que Alejandro no aparezca nunca más y que el y Juana se casen. Que importaba de quién de los dos era la criatura. Que la madre sea suya era lo único importante.