La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 02
Soltó al guardia, quien cayó al suelo jadeando, sosteniéndose el hombro donde el metal había dejado una marca de quemadura perfecta con la forma de la mano de Helios. El hombre no esperó una segunda orden; se levantó y corrió hacia el puesto de guardia más cercano, dejando atrás su lanza y su dignidad.
Caius suspiró, aunque había una chispa de satisfacción en sus ojos.
—Ahora sabrán que estás aquí. Perderemos el factor sorpresa.
—El factor sorpresa terminó en el momento en que puse un pie en este territorio —replicó Helios, volviendo a montar en su semental negro—. Quiero que sepan que voy. Quiero que el miedo les robe el sueño esta noche. Quiero que vean cómo cada una de sus alianzas se desmorona antes de que yo siquiera llegue al palacio.
Helios espoleó a su caballo y comenzó el descenso hacia la ciudad. A medida que se acercaba a las puertas, el rugido de la capital —el sonido de miles de personas, de mercados, de miseria y de opulencia— lo envolvió. Era un sonido que odiaba y amaba a partes iguales.
Al cruzar el primer anillo de seguridad, Helios notó cómo las cabezas se giraban a su paso. Su reputación de líder endurecido, de guerrero que no conocía la fatiga, lo precedía como una sombra alargada. Los mendigos en las esquinas dejaron de pedir limosna para observar al hombre de la capa gris que cabalgaba como si fuera el dueño de las piedras que pisaba. Los nobles en sus palanquines cerraban las cortinas, sintiendo una inquietud inexplicable que les recorría la columna.
Helios no buscaba el amor del pueblo, al menos no todavía. Buscaba la grieta en el muro. Sabía que la capital era un nido de víboras, y que para matar a la reina de las serpientes, primero debía quemar el nido.
Llegó a la plaza principal, donde una estatua de su padre había sido derribada años atrás y reemplazada por una columna abstracta que celebraba la "Nueva Era de la Concordia". Helios se detuvo frente a ella. Por un breve momento, la máscara de frialdad se rompió, dejando ver el dolor y la furia que latían en su pecho. La mano que sostenía las riendas comenzó a brillar con un matiz dorado.
—Príncipe, debemos movernos —urgió Caius en voz baja—. Los guardias de la puerta habrán dado la alarma. Si nos rodean aquí...
—Que nos rodeen —dijo Helios, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Me gustaría ver cuánto ha degenerado el ejército de mi tío.
Sin embargo, hizo girar a su caballo y se adentró en el laberinto de callejones del Distrito de los Curtidores. Conocía Solis mejor que nadie; había pasado su infancia escapando de sus tutores para explorar los rincones más oscuros de la ciudad. Esos mismos rincones serían ahora su base de operaciones.
Mientras se internaba en las sombras, Helios sintió una presencia. No era un guardia, ni un espía común. Era algo más sutil, un rastro de magia que rozó sus sentidos como una caricia de seda sobre una herida abierta. Se detuvo un instante, escrutando los tejados, pero no vio nada más que el revoloteo de las sábanas puestas a secar y el humo de las chimeneas.
—Alguien nos observa —murmuró Helios.
—¿El Consejo? —preguntó Caius, alerta.
—No. Algo más antiguo. Algo que no pertenece a este sol.
Helios espoleó de nuevo a su montura, con los planes ya trazándose en su mente como líneas de fuego en un mapa. Sabía que su regreso provocaría un incendio, y él estaba más que dispuesto a ser la cerilla. El exilio había terminado. El León estaba en casa, y el cielo de Solis estaba a punto de teñirse de un rojo que nada tenía que ver con el atardecer.
La aurora del día siguiente no traería perdón para nadie. Traería justicia, o traería cenizas. Y para Helios Voran, ambas cosas eran exactamente lo mismo.
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Corte de escena: El Palacio de Oro
En la habitación más alta de la torre, una mujer apartó la vista del catalejo. Sus dedos, largos y adornados con anillos de plata oscura, jugaban con un hilo de seda negra.
—Ha vuelto —dijo ella, su voz apenas un susurro que la brisa se llevó—. El fuego que creían haber extinguido está ardiendo en las puertas.
Detrás de ella, una sombra se movió entre los tapices.
—¿Es él el hombre que esperábamos, Lady Mirea?
—Es más que un hombre —respondió ella, girándose para revelar unos ojos que parecían contener secretos de civilizaciones ya muertas—. Es la tormenta. Y nosotros somos los que debemos decidir si seremos el barco que la navegue o la costa que será destruida por ella.
Mirea sonrió, y en esa sonrisa había una mezcla de ambición y un deseo que rozaba lo peligroso. El juego de poder en Solis acababa de volverse mucho más letal.