El destino vuelve a reunirlos bajo el mismo techo, pero nadie sabe qué traerá consigo este reencuentro.
¿Encontrará Emma a alguien capaz de comprender su corazón?
¿Descubrirá que el amor puede llegar cuando menos lo espera?
¿O será una tentación inesperada la que ponga su mundo de cabeza?
En esta historia, nada está escrito todavía. Los sentimientos crecerán, los secretos saldrán a la luz y las decisiones de sus protagonistas irán marcando el rumbo.
Porque a veces, el corazón desea algo que la razón no sabe explicar… y la vida nos enfrenta a elecciones que jamás pensamos tener que hacer.
Bienvenidos a Tentaciones prohibidas.
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Un Secreto
Matteo se inclinó un poco para mirarlo.
—Oye, mírame. ¿Qué está pasando contigo? Nunca te había visto así, bueno si una vez, pero Llevas horas destruyendo tu apartamento y bebiendo como si quisieras olvidar algo. Habla conmigo, hermano.
Leonardo abrió los ojos.
Por primera vez aquella noche, pareció considerar seriamente la posibilidad de hacerlo.
—Si te lo digo, tienes que guardarme el secreto.
Matteo lo miró con una mezcla de preocupación y desconcierto.
—¿Qué clase de secreto?
—Uno que no puedes contarle a nadie. Ni siquiera a Alessandro.
El nombre de su amigo hizo que Matteo se enderezara.
—Ahora sí me estás preocupando.
Leonardo tragó saliva.
—Prométemelo.
Matteo suspiró.
—Somos amigos desde hace años. Más que amigos, somos hermanos. Puedes confiar en mí. Pero, por favor, dime qué te pasa.
Leonardo lo miró fijamente y soltó la confesión que llevaba devorándolo por dentro.
—Besé a Emma.
El silencio fue inmediato.
Matteo parpadeó una vez.
Después, otra.
—¿Qué?
Leonardo bajó la mirada.
—Besé a Emma.
Matteo se apartó bruscamente, como si acabara de recibir una descarga eléctrica.
—¡¿Qué carajos acabas de decir?!
—Matteo…
—¡No! ¡Espera! ¿Tú estás escuchando lo que dices?
Se pasó ambas manos por el cabello y comenzó a caminar por el salón.
—¿Cómo hiciste eso? ¿Por qué? ¡Leonardo, estamos hablando de Emma!
—¡Ya lo sé!
—¡No parece que lo sepas!
Matteo regresó hacia él, incapaz de ocultar su indignación.
—Esa chica es una de las personas más importantes de la vida de Alessandro. Él la ama como a una hija. ¡Emma es sus ojos, hermano! ¿Tienes idea de lo que significaría para él enterarse de algo así?
Leonardo dejó escapar una risa amarga.
—Créeme, llevo todo este tiempo imaginándolo.
—¡Pues debiste imaginarlo antes de besarla!
La frase cayó como un golpe.
Leonardo guardó silencio.
Matteo lo miró durante unos segundos más, respirando agitadamente. Después tomó una toalla y se la dejó al alcance.
—Termina de arreglarte y siéntate ¡Me voy!.
—Matt, espera.
—¿Qué?
—Escúchame primero.
—¿Escucharte qué? ¿Que no pudiste controlar tus impulsos? ¿Que te olvidaste de quién es Emma para nosotros?
—¡No fue así!
Matteo se detuvo junto a la puerta.
—Por favor —dijo, esta vez sin gritar—. Solo escúchame. Después puedes odiarme todo lo que quieras.
Matteo apretó la mandíbula.
—Está bien, Sal de ahí y vístete.
Leonardo levantó la mirada. Sus ojos estaban enrojecidos, aunque no era posible saber cuánto se debía al alcohol y cuánto a todo lo que llevaba horas intentando contener.
—Tienes cinco minutos.
—No puedo explicártelo en cinco minutos.
—Pues más te vale empezar.
Un rato después, los dos estaban sentados en el salón.
Leonardo llevaba ropa limpia y tenía una botella de agua entre las manos. Matteo había apartado el whisky, aunque no había logrado convencerlo de comer algo.
—Empieza desde el principio —ordenó Matteo—. Y no me ocultes nada.
Leonardo respiró profundamente.
Le contó lo ocurrido durante la fiesta de cumpleaños. Cómo había llegado sin saber que aquella joven que lo había dejado sin palabras era Emma. Cómo había sentido una punzada de celos al verla rodeada de personas que querían bailar con ella. Cómo había intentado convencerse de que todo era una reacción absurda ante el hecho de verla convertida en una mujer adulta.
Le habló de la conversación en el jardín.
De la confesión de Emma.
De cómo había intentado hacerla entrar en razón, diciéndole que estaba confundida.
Y, finalmente, del beso.
—Ella me besó primero —admitió—. Pero yo le correspondí, Matt. No voy a mentirte. Durante unos segundos dejé de pensar en todo lo demás.
Matteo lo escuchaba en silencio, con los brazos cruzados.
—¿Y después?
Leonardo bajó la cabeza.
—Después tuve miedo. Pensé en Alessandro, en mis padres, en la familia. Pensé en la diferencia de edad, en lo que podría pasar. Y le dije que no debía volver a ocurrir.
—¿Y qué te respondió?
Leonardo tragó saliva.
—Que intentaría encontrar su propio rumbo.
Matteo guardó silencio.
—Al día siguiente la evité —continuó Leonardo—. Ella se dio cuenta. Me dijo que extrañaría al hombre que yo había sido con ella, al que podía acercarse sin sentirse una extraña. Y yo… yo no fui capaz de decirle que tampoco quería perderla.
Leonardo levantó los ojos hacia él.
—No sé qué demonios siento. Porque cuando estoy con ella quiero acercarme y, cuando me alejo, siento que me falta algo. Me paso el día diciéndome que debo olvidarla, pero no puedo dejar de pensar en ella. Y hoy, cuando todos fueron a despedirla, no fui capaz de ir al aeropuerto.
Matteo frunció el ceño.
—¿Por eso inventaste lo del compromiso?
Leonardo asintió.
—Si la veía marcharse, no habría podido fingir que no me importaba.
Matteo se quedó callado.
La indignación seguía ahí, pero empezaba a comprender que aquello no había sido un simple impulso del que Leonardo pudiera reírse al día siguiente.
Su amigo estaba asustado, y eso era precisamente lo que más le preocupaba.
Matteo tomó la botella de whisky, la observó durante unos segundos y, contra todo buen juicio, bebió directamente de ella.
Leonardo lo miró sorprendido.
—¿Qué haces?
Matteo se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Intentar procesar la estupidez que acabas de contarme.
Leonardo soltó una carcajada breve, la primera que parecía genuina en toda la noche.
—Eres un idiota.
—¿Yo soy el idiota? —Matteo señaló la botella—. ¡Tú te besas con Emma y el que termina bebiendo soy yo!
Leonardo volvió a reír, pero la risa se apagó rápidamente.
—No sé qué hacer, hermano.
Matteo dejó la botella sobre la mesa y lo miró con seriedad.
—Primero, vas a dejar de beber como si el alcohol pudiera solucionar tu vida. Segundo, vas a hacer de cuenta que no me dijiste nada.
Leonardo levantó la cabeza.
—Te lo dije, lo sabes y ahora eres mi cómplice.
—¡Maldito cabrón! Eso me pasa por chismoso y por hacerme el buen samaritano.
—Está bien.
—Tercero, no vas a tomar ninguna decisión sobre Emma mientras estés en este estado. Ni vas a buscarla para decirle cosas que después no puedas sostener, ni vas a hacerle promesas que no estés seguro de cumplir.
Leonardo asintió lentamente.
—¿Y cuarto?
Matteo suspiró.
—Vas a tener que ser honesto contigo mismo. Porque puedes engañar a Alessandro, a tus padres y hasta a mí si te empeñas. Pero no puedes pasarte la vida huyendo de lo que sientes.
Leonardo contempló el suelo.
—No siento nada. No tengo sentimientos por Emma. La quiero como a mi familia.
Matteo tardó unos segundos en responder.
—Bien, digamos que te creo. Pero recuerda que Emma merece que la trates con respeto. No es una niña y tampoco es un juego. Tiene dieciocho años, está construyendo su futuro y acaba de marcharse para continuar sus estudios. No puedes convertirte en el hombre que le rompa el corazón por no saber qué quieres.
Aquellas palabras le dolieron más de lo que Leonardo esperaba.
Porque sabía que Matteo tenía razón.
Emma había sido valiente al confesar sus sentimientos. Él, en cambio, había pasado de corresponderle un beso a pedirle que lo olvidara, sin detenerse a pensar en lo que aquello podía significar para ella.
—La lastimé —murmuró.
—Sí —respondió Matteo, sin suavizar la verdad—. Y ahora tendrás que decidir qué clase de hombre quieres ser con ella.
Leonardo tomó la botella de agua y bebió un poco.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Pasaron los minutos. Hablaron de Emma, de su sonrisa, de sus ocurrencias, de lo orgulloso que estaba Alessandro de verla crecer y de lo extraño que resultaba pensar que aquella joven que antes corría por la casa buscando a Leonardo ahora estaba lejos, intentando construir su propio camino.
En algún momento, Matteo volvió a tomar la botella de whisky.
Leonardo se la quitó de las manos.
—Ya basta. No quiero que mañana tengas que explicarle a Sofía por qué apareciste borracho en tu casa.
—¡Ah, ahora te preocupa mi matrimonio!
—Me preocupa que seas tan estúpido como yo.
Matteo lo miró y terminó soltando una carcajada irónica.
—Estoy perdido. ¡Voy a morir!
—Moriremos. Alessandro no nos dejará pasar esto.
Sin embargo, cuando Matteo volvió a ponerse serio, Leonardo también dejó de reír.
—Hay algo que debes entender —dijo Matteo—. No puedo prometerte que estaré de acuerdo con todo lo que hagas. Y no voy a mentirte si algún día creo que estás lastimando a Emma. Pero tampoco voy a traicionar tu confianza contando esta conversación por ahí.
Leonardo lo miró con gratitud.
—Lo agradezco, pero no voy a estar con Emma.
Matteo arqueó una ceja.
—Leonardo, estás hecho un desastre por un beso de una chica de dieciocho años. La última vez que te vi así fue con la mamá de Tiago.
—¿Qué insinúas? ¿Qué voy a tener una relación con Emma? ¿Que seré su novio, que Isabella se convertirá en mi suegra y Alessandro qué?
Matteo hizo una mueca.
—Eso sonó horrible. Gracias a Dios Emma no es tu sobrina.
—Sí. Terrible.
Ambos se quedaron callados durante unos segundos.
—Mañana, cuando se te pase la borrachera, vas a tener que volver a pensar en todo esto con la cabeza despejada —dijo Matteo.
Leonardo levantó la mirada.
—Quiero llamarla…
Matteo se puso de pie, recogió su chaqueta y lo miró por encima del hombro.
—No en ese maldito estado.
—Está bien.
—Creo que tendrás que dejar de preguntarte cómo olvidar a Emma y empezar a preguntarte qué vas a hacer con la verdad.
Leonardo no respondió.
Matteo caminó hasta la puerta, pero antes de salir se volvió una última vez.
—Y, por el amor de Dios, no vuelvas a decir que tienes un compromiso cuando lo que tienes es miedo. ¡Gallina! Aprende de Emma. Ella sí sabe lo que es la madurez.
La puerta se cerró.
Leonardo permaneció sentado, mirando la botella que Matteo había dejado sobre la mesa.
—¡Maldito! ¿Inmaduro yo? ¡Ja!
Afuera, la ciudad seguía despierta.
Muy lejos de allí, Emma comenzaba una nueva etapa de su vida, convencida de que necesitaba aprender a vivir sin esperar nada de él.
Leonardo, por primera vez, comprendió que su mayor temor no era que Alessandro lo descubriera.
Era que Emma aprendiera a vivir sin él.
Porque entonces, cuando finalmente encontrara el valor para reconocer lo que sentía, quizá ya sería demasiado tarde.
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