Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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EL ESCUDO DE LA FAMILIA.
—¡Palabras bonitas para un hombre que va a morir! Miren a su alrededor, Al-Jazair. Han venido a mi tierra, y aquí yo soy el rey. He hecho un trato con lo que ustedes llaman maldad. He dado permiso a los Señores de la Ceniza para que se alimenten de todo lo que hay aquí. Y ellos están hambrientos. Hambrientos de luz, hambrientos de amor, hambrientos de vida.
Hizo una señal con la mano, y de la niebla salieron cientos de criaturas: bestias que rugían, espectros que gritaban, sombras que se arrastraban por el suelo, todo avanzando con la intención única de destruir.
—¡Defiéndanse! —gritó el rey Zayn, levantando su espada al cielo—. ¡Por nuestra vida, por nuestra sangre, por nuestro amor!
Y la batalla comenzó. Fue una lucha desigual en número, pero no en fuerza ni en valor. Zayn, el padre, lideraba el centro, cortando bestias con movimientos rápidos y certeros, demostrando que la experiencia vale más que la juventud, protegiendo a su esposa y a sus nietos con el cuerpo y el alma. Elena, a su lado, lanzaba oleadas de luz pura que quemaban a las sombras al contacto, sanaba las heridas de los suyos y fortalecía sus corazones, siendo el alma y el escudo de todos.
Karim, el mayor de los hermanos, luchaba como un coloso. Su espada cortaba el aire y la oscuridad, partiéndola en dos. Amara, pegada a él, no solo usaba magia; peleaba con una daga en la mano, moviéndose entre los enemigos con gracia y mortalidad, cubriendo los flancos de su esposo. Cada vez que se acercaban, se tocaban, se miraban, y eso les daba fuerzas renovadas.
—¡Mátalos, mi rey! —le gritaba ella, lanzando rayos de luz azul—. ¡Que sepan lo que pasa cuando atacan a los nuestros!
—¡Nadie pasa, mi reina! —respondía él, cortando la cabeza de una bestia gigante—. ¡Mientras estemos juntos, nadie nos vence!
Layla era un torbellino de acero y furia. Corría entre las filas enemigas, cortando, apuñalando, saltando por encima de las bestias, riendo mientras luchaba, disfrutando de la batalla como la guerrera que era. Caelan, detrás de ella, controlaba la tierra: hacía brotar púas de piedra que empalaban a los espectros, levantaba muros para proteger a los niños y enviaba ráfagas de viento que arrancaban a las criaturas oscuras de raíz.
—¡Cuidado a la derecha, amor! —le gritó él, deteniendo a una bestia que iba a atacarla por la espalda con una raíz gigante.
—¡Siempre me cuidas! —le respondió ella, dándole un beso rápido en la mejilla antes de lanzarse de nuevo a la pelea—. ¡Y yo siempre te protejo a ti!
Y en medio de todo, Amir y Nalia luchaban unidos, como una sola entidad. Él abría paso con su espada, su fuerza sobrehumana cortando la oscuridad, protegiéndola con su cuerpo, recibiendo golpes que habrían matado a diez hombres, pero que él soportaba sin dudar. Ella, volando entre el aire, rodeada de polvo brillante, lanzaba rayos de luz verde y dorada que desintegraban a las criaturas, invocaba a la naturaleza para que luchara con ellos, haciendo que árboles inmensos se levantaran y aplastaran a los enemigos.
Pero Darian no atacaba a los demás; él solo quería a Amir. Se abrió paso entre la batalla, usando magia negra para quemar a quien se interpusiera, y se lanzó sobre Amir con una espada hecha de sombra sólida. Chocaron con fuerza, acero contra oscuridad, ambos poderosos, ambos decididos.
—¡Ella es mía! —gritó Darian, golpeando con fuerza, haciendo retroceder a Amir—. ¡Te la llevaste, te la quedaste, pero yo soy mejor que tú! ¡Vivo para ella, respiro para ella!
—¡Tú vives para tu propio orgullo! —le respondió Amir, contraatacando con furia, cada golpe llevaba la fuerza de su amor, de su familia, de su destino—. ¡Yo vivo para hacerla feliz, para verla sonreír, para darle todo lo que se merece! ¡Y eso, Darian, es algo que tú nunca entenderás!
Mientras peleaban cuerpo a cuerpo, Nalia vio que uno de los Señores de la Ceniza, una criatura gigante sin forma definida, se deslizaba por detrás de Amir, levantando una garra inmensa para golpearlo por la espalda. Sin pensarlo, Nalia se lanzó volando, se interpuso entre ellos y recibió el golpe. Fue lanzada lejos, cayendo al suelo con fuerza, herida y débil.
—¡¡NALIA!! —el grito de Amir se escuchó hasta el cielo, lleno de terror y rabia absoluta.
En ese instante, algo se rompió dentro de él. Ya no era solo el Guardián, ya no era solo un guerrero. Era el esposo al que le habían herido el alma. Una luz dorada y cegadora estalló de su cuerpo, una energía que venía de lo más profundo de su ser, mezcla de su fuerza humana, la magia de su madre y el vínculo eterno con Nalia. Empujó a Darian lejos con una sola mano, corrió hacia ella y la levantó del suelo con cuidado desesperado.
—No... no mi vida... no tú... —susurró él, limpiando la sangre de su frente, viendo cómo su piel perdía brillo.
Pero Nalia sonrió débilmente, poniendo una mano en su mejilla.
—Estoy bien... solo... distraje al monstruo... —miró hacia donde Darian se levantaba, aterrado por la luz que Amir irradiaba—. Úsalo, mi amor... úsalo todo. Nuestro amor es nuestra arma más fuerte.
Amir la entregó a Amara y a Elena, que corrieron a sanarla con sus poderes combinados, y se giró hacia Darian y las sombras. Karim, Layla, Caelan y Zayn se colocaron a su lado, formando una muralla impenetrable. Todos heridos, todos cansados, pero todos con el fuego ardiendo en el pecho.
—Han herido a mi esposa —dijo Amir, con una voz que no parecía humana, fría y terrible—. Han amenazado a mi familia. Han traído la oscuridad a donde reina la luz. Y por eso... no habrá piedad.
Los cinco guerreros: Zayn, Karim, Amir, Layla y Caelan, levantaron sus armas al mismo tiempo, y las cinco mujeres: Elena, Amara, Sara, Amira, Nalia, (ya recuperada), y las madres y brujas, unieron sus manos y lanzaron una ola de luz conjunta, una explosión de amor, magia, vida y fuerza que barrió todo el valle. Las bestias se desintegraban al tocarla, los espectros gritaban y desaparecían, la niebla se despejaba.
Darian, cegado y derrotado, cayó de rodillas, su magia oscura desvaneciéndose, sus aliados huyendo o muriendo. Lo que quedaba de él era solo un ser roto, lleno de dolor y vergüenza.
—¡Es suficiente! —gritó Nalia, deteniendo la energía antes de matarlo por completo—. No es malvado de nacimiento... solo estaba cegado. Déjalo vivir, para que vea cada día lo que perdió por no saber amar.
Amir se acercó a él, poniendo la punta de su espada bajo su barbilla, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—Te perdono la vida porque ella te lo pide —dijo Amir con dureza—. Pero escucha bien: si vuelves a acercarte a ella, a mí o a cualquiera de los míos, te destruiré sin dudarlo. Vete. Desaparece. Y nunca más vuelvas a ser parte de este mundo.
Darian, humillado, vencido y solo, se arrastró hacia las sombras, desapareciendo para siempre, dejando atrás su orgullo, su amor mal entendido y su odio.
Cuando el peligro pasó, cuando la luz volvió a brillar con fuerza en todo el reino, la familia entera se abrazó, llorando de alegría y alivio. Los niños corrían entre ellos, contando lo que habían hecho, orgullosos de haber ayudado. Zayn y Elena abrazaron a todos, sintiéndose orgullosos de haber creado algo tan fuerte y hermoso.
Esa noche, la celebración fue doble: celebraban la victoria y celebraban que estaban vivos y juntos. Pero cuando todo quedó en silencio, Amir llevó a Nalia de nuevo a sus aposentos. Ella tenía pequeñas heridas en la piel, marcas de la batalla, y él se detuvo ante ella, acariciando cada marca con sus labios, con sus dedos, con un amor inmenso y una necesidad desesperada de sentirla viva, entera, suya.
—Pensé que te perdía... —susurró él contra su piel, con la voz rota, desnudándola despacio, con una ternura que dolía—. Pensé que te arrancaban de mí. No sabes lo que sentí, Nalia. Fue como si me arrancaran el corazón del pecho.
Nalia lo d'snudó también, despacio, quitándole la armadura y la ropa, besando cada rasguño, cada golpe que él había recibido por ella.
—Estoy aquí, mi amor —le respondió ella, mirándolo con ojos llenos de lágrimas y pasión—. Y estoy viva. Y soy tuya. Y nada, ni la muerte misma, podrá separarnos. Hoy lo demostramos. Nuestra familia es indestructible. Nuestro amor es más fuerte que cualquier oscuridad.
Se acostaron juntos, piel con piel, calientes y desesperados. Amir la besó con una intensidad nueva, mezcla de miedo, alivio y deseo salvaje. La recorrió toda con sus manos, memorizando cada curva, cada sabor, cada respiración. La hizo suya despacio, profundamente, con un ritmo que hablaba de eternidad, llenándola, poseyéndola, uniéndola a él más allá de lo físico, más allá de lo mágico.
—Te amo... te amo... te amo... —repetía él una y otra vez\, entre besos y gemid*s\, mientras se movía dentr* de ella\, sintiendo cómo ella se apretaba\, cómo lo recibía todo\, cómo le daba todo—. Eres mi vida\, mi luz\, mi todo.
Y mientras se perdían uno en el otro, llegando juntos al clímx con un grito ahogado que se mezclaba con el viento, supieron que la guerra había terminado, pero que su historia apenas comenzaba. Habían vencido al odio, a la envidia y a la oscuridad. Habían demostrado que el amor verdadero, el amor que se construye, se defiende y se protege en familia, es la fuerza más grande de todo el universo.