Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 18
Capítulo 18
La cita que nunca fue
—¿Mi papá...?
La niña de la mochila rosa ya estaba mirando sus estampitas.
Valentina buscó a Sofía con la mirada.
—¿De qué está hablando?
Sofía apareció demasiado rápido.
—De nada. Los niños inventan historias cuando se aburren.
—Dijo que alguien me acompañó.
—Pasó un señor a preguntar por otra paciente. Se sentó un momento. Seguro se confundió.
Valentina miró la silla vacía.
Un momento no dejaba calor en la mano.
Pero Sofía ya estaba retirando la vía y hablando de medicamentos, agua, reposo y cosas prácticas. Valentina quiso insistir. No lo hizo. Estaba cansada de perseguir fantasmas.
El siguiente fantasma llegó esa misma noche en forma de llamada de tía Lorena.
—Mañana vas a comer con Fabián.
Valentina se quedó mirando a Canela, que dormía sobre una pila de ropa como si la vida no fuera ridícula.
—Buenas noches para ti también, tía.
—Es hijo de una amiga. Veintinueve años, trabaja en la fábrica de su familia, educado, soltero y sin escándalos conocidos.
—Qué currículum tan erótico.
—Valentina.
—Estoy suspendida, coja, endeudada y con una gata que me juzga. No estoy en temporada de romance.
—Precisamente por eso necesitas salir.
—No. Precisamente por eso necesito dinero.
Tía Lorena suspiró con esa paciencia de pariente que ayuda lo justo para conservar derecho a opinar.
—No te estoy pidiendo que te cases. Solo come. Ponte bonita. Recuerda que sigues siendo una Estrada aunque el mundo finja haberlo olvidado.
Valentina quiso decir que el mundo no lo había olvidado; lo cobraba con intereses.
Pero al día siguiente, frente al clóset, sacó el único vestido elegante que todavía tenía. Azul oscuro, largo a media pierna, comprado en otra vida para un evento de beneficencia de su padre. Le quedaba un poco más suelto. Lo ajustó con un cinturón delgado, se maquilló lo suficiente para esconder el cansancio y se puso tacones bajos porque la rodilla no estaba para heroísmos.
Canela la observó desde la cama.
—No empieces. Es comida gratis.
El restaurante estaba en Polanco, segundo piso, mesas con manteles blancos y meseros que parecían juzgar hasta la forma de respirar. Fabián ya la esperaba.
Tenía veintinueve, como prometió tía Lorena. Camisa clara, reloj bonito, sonrisa correcta. Se levantó al verla.
—Valentina, ¿verdad? Soy Fabián.
—Eso espero. Si no, esta cita acaba de ponerse más interesante.
Él rió, un poco tarde, pero rió.
Fabián no era desagradable. Eso casi la hizo sentirse peor. Hablaba de la fábrica de su familia, de exportaciones, de maquinaria alemana y de cómo su madre insistía en que ya era hora de sentar cabeza. No presumía demasiado. No intentó tocarla. Le preguntó por su trabajo con una cortesía que no tenía filo.
—Estoy en pausa —dijo Valentina.
—¿Vacaciones?
—Algo así. Sin playa y sin sueldo.
Fabián parpadeó, sin saber si debía reír.
Valentina tomó agua.
—Tu tía me contó un poco de tu situación —dijo él, con cuidado.
Ahí estaba.
Valentina dejó el vaso.
—Qué generosa mi tía con las tragedias ajenas.
—No lo digo para incomodarte.
—Eso suele decir la gente justo antes de incomodarme.
Fabián tuvo la decencia de verse apenado.
—Solo quería decir que no me asusta una familia con problemas. Todas tienen.
Valentina lo estudió por primera vez con verdadera atención. No parecía burlarse. Tampoco parecía tener idea de lo que significaba que tu apellido apareciera en noticias viejas cada vez que alguien buscaba tu nombre.
—Mis problemas vienen con hemeroteca —dijo.
—Sé leer.
Eso sí le sacó una sonrisa.
Pequeña.
Involuntaria.
Pero real.
Fabián se relajó, como si acabara de ganar una puerta mínima.
—Además, mi familia fabrica autopartes. Créeme, he escuchado suficientes discusiones sobre tornillos defectuosos como para no escandalizarme fácil.
—Comparar mi vida con tornillos defectuosos es arriesgado.
—Estoy improvisando.
—Se nota.
Y aun así, por primera vez en semanas, Valentina no sintió que tenía que levantar un muro completo para sobrevivir a una conversación.
No había química.
Pero había paz.
Y la paz, descubrió, podía parecer atractiva cuando una venía de semanas de incendio.
En el segundo piso privado del mismo restaurante, Santiago dejó de escuchar a Marco a mitad de una frase.
—...la propuesta de renovación del Castellano incluye tres escenarios de inversión, señor.
Santiago miraba hacia abajo.
Desde la barandilla de cristal se veía la sala principal. Valentina estaba sentada junto a la ventana, con un vestido azul que él no conocía y el cabello recogido de un lado. Frente a ella, un hombre sonreía con demasiada comodidad.
Valentina también sonreía.
No como en el hotel, donde cada sonrisa era cuchillo. No como en Grupo SY, donde sonreía para provocar una explosión. Era una sonrisa breve, cansada, pero sin defensa. Una sonrisa que no le pertenecía a Santiago, ni a su deuda, ni a su guerra.
Eso fue lo que lo irritó.
No el hombre.
La paz.
—¿Quién es? —preguntó.
Marco siguió su mirada.
—No lo sé.
—Averígualo.
Marco tardó menos de dos minutos.
—Fabián Rivas. Veintinueve años. Heredero de una fábrica de autopartes en Querétaro. Cita arreglada por una familiar de la señorita Estrada.
Santiago no dijo nada.
Abajo, Fabián se inclinó para mostrarle algo a Valentina en su teléfono. Ella sonrió.
No una sonrisa grande.
Suficiente.
El vaso en la mano de Santiago quedó inmóvil.
—Bájalo.
Marco lo miró.
—¿Disculpe?
—Al hombre. Sácalo del restaurante.
—Señor, esto podría...
Santiago volvió la cabeza.
Marco cerró la boca.
—Entendido.
Abajo, Valentina estaba intentando decidir entre soportar el postre o pedir la cuenta cuando Marco apareció junto a la mesa con una educación impecable.
—Señor Fabián Rivas.
Fabián levantó la vista.
—Sí.
—Hay una llamada urgente para usted relacionada con la fábrica. Lo esperan en recepción privada.
Fabián palideció.
—¿La fábrica?
—Me temo que sí.
Valentina entrecerró los ojos.
—Qué eficiente es este restaurante.
Marco no la miró.
Fabián se levantó, apenado.
—Perdón, vuelvo en un momento.
—Claro.
No volvió.
Su vaso de agua quedó intacto frente a ella, una prueba transparente de que alguien lo había sacado de la escena con demasiada limpieza.
Tres minutos después, la silla frente a Valentina fue ocupada por Santiago Reyes.
Sin pedir permiso.
Sin disculpa.
Con la calma de un hombre que acababa de desaparecer a otro de una mesa ajena y esperaba que el mantel siguiera blanco.
El mesero que venía con la carta de postres frenó a medio paso. Dos mujeres en la mesa de al lado bajaron la voz sin dejar de mirar. Alguien reconoció a Santiago; se notó en la manera instantánea en que una cena privada se convirtió en vitrina.
Valentina sintió el peso de las miradas y levantó más la barbilla.
Si Santiago quería escena, ella también sabía actuar.
Valentina dejó el vaso de agua.
—No.
—Ni siquiera he hablado.
—Su presencia ya es una frase completa y la odio.
Santiago miró el plato de Fabián.
—¿Desde cuándo tienes tan mal gusto para elegir hombres?
Valentina sintió que varias mesas cercanas bajaban la voz.
Perfecto. Público.
Levantó la servilleta, se tocó la comisura de la boca y sonrió.
—He salido con tipos peores.
Santiago no apartó los ojos.
—¿Ah, sí?
Valentina se inclinó apenas sobre la mesa.
—Una vez salí con un muerto de hambre que recogía botellas de plástico.