Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.
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Capítulo 12: El Juicio de la Memoria
El gas siseaba desde las rejillas oxidadas con un sonido que recordaba al de las serpientes deslizándose sobre hojas secas. Marta sintió que el suelo de hormigón se volvía líquido, una marea gris que amenazaba con tragársela. La figura de Niclaus frente a ella comenzó a estirarse, sus extremidades alargándose como sombras proyectadas por una vela moribunda, hasta que su rostro ocupó todo su campo de visión
El túnel desapareció. Marta ya no estaba en las entrañas de la mansión Blackwood, sino en un lugar que su mente había intentado borrar con ácido y olvido: el Aula de Castigo.
Era una habitación infinita, con paredes hechas de archivos apilados que llegaban hasta un cielo negro. En el centro, una mesa de roble macizo. Sentado tras ella, envuelto en una túnica hecha de jirones de uniformes escolares, estaba el Maestro. Pero no era el anciano decrépito de la silla de ruedas; era el gigante de sus pesadillas infantiles, con ojos que eran pozos de brea y una regla de hierro en la mano.
I. El Banquillo de los Acusados
—Ponte de pie, Marta —tronó la voz del Maestro, haciendo que los archivos vibraran—. El tribunal del olvido está en sesión.
Marta intentó moverse, pero sus pies estaban calzados en zapatos de plomo. A su izquierda, una figura pequeña y borrosa empezó a tomar forma. Era Elena, con diez años, sosteniendo su soldadito de plomo carbonizado. A su derecha, el Niclaus niño, con la mirada rota y el pecho lleno de hollín.
—Se te acusa de supervivencia selectiva —dijo el Maestro, golpeando la mesa con la regla—. Se te acusa de haber vendido el alma de tus hermanos para comprar un collar de diamantes y un apellido que no te pertenece.
—¡Yo quería salvarnos! —gritó Marta, su voz sonando como la de una niña asustada—. ¡Si me quedaba, todos moriríamos!
—Mentira —susurró la Elena niña, su voz distorsionada por el eco—. Me miraste a los ojos antes de girar la llave. Viste el miedo en mi cara y lo usaste como combustible para correr más rápido. No buscabas ayuda, Marta. Buscabas distancia.
II. El Testigo Silencioso
De la oscuridad surgió una cuarta figura. Era Julián. Pero no el Julián sofisticado de la mansión, sino un Julián hecho de ceniza, que se desmoronaba con cada palabra que intentaba pronunciar.
—Tú me usaste como un escudo, Marta —dijo el espectro de Julián—. No me amabas. Amabas la seguridad que mi dinero te daba contra los fantasmas de tu infancia. Me convertiste en el cómplice de un crimen que ni siquiera conocía.
Niclaus, el adulto, caminó entre los fantasmas, rodeando a Marta como un lobo.
—¿Sabes qué es lo más gracioso, hermana? —preguntó Niclaus, inclinándose sobre ella—. Que mientras tú cenabas en platos de oro, yo estaba aquí, en la oscuridad, aprendiendo a ser tú. Aprendiendo a observar, a manipular, a destruir. Soy tu creación más perfecta. Soy el monstruo que alimentaste con tu silencio.
III. El Veredicto de la Sangre
El Maestro se puso de pie, su sombra cubriendo todo el aula imaginaria.
—Marta Valmont, antes Blackwood. El veredicto es la restitución. Para que los muertos descansen, el vivo debe ocupar su lugar.
En ese momento, el aula empezó a arder. No era un fuego naranja, sino azul, frío, que congelaba la piel antes de consumirla. Marta sintió que las correas de cuero de la cama de hierro del búnker aparecían en sus muñecas, atándola a la realidad del gas.
—¡DESPIERTA! —gritó la voz de Niclaus.
El mundo onírico estalló. Marta abrió los ojos de golpe, tosiendo violentamente. Estaba de vuelta en el túnel húmedo. El gas se había disipado un poco, pero el olor a quemado era real. El Detective Aranda estaba sobre ella, sacudiéndola por los hombros, con una máscara antigás cubriendo su rostro.
—¡Sra. Valmont! ¡Tiene que levantarse! El lugar se viene abajo —gritó Aranda a través del filtro de la máscara.
Marta miró hacia el final del pasillo. Niclaus se había ido, pero el detonador que sostenía estaba en el suelo, con el temporizador marcando 00:15.
—¡Julián está ahí dentro! —gritó Marta, señalando una puerta de hierro reforzado que Aranda no había visto.
Aranda no lo dudó. Usó una carga pequeña para forzar la cerradura. Al abrirse la puerta, la luz de las linternas reveló al verdadero Julián Valmont, atado y amordazado, pero vivo. Su rostro estaba desencajado por el terror.
—Sáquenlo de aquí —ordenó Marta, su voz recuperando una autoridad gélida mientras se ponía en pie.
—¿Y usted? —preguntó Aranda, cargando a Julián sobre sus hombros.
—Yo tengo que cerrar la puerta —respondió Marta, mirando hacia la oscuridad profunda del túnel donde sabía que Niclaus la estaba esperando.
Aranda dudó un segundo, pero el rugido de una explosión lejana en los niveles inferiores lo obligó a correr hacia la salida con Julián. Marta se quedó sola en el pasillo, con el temporizador marcando 00:05.
No corrió hacia la salida. Corrió hacia la oscuridad.
—¡Niclaus! —gritó—. ¡Sé que estás ahí! ¡No me dejes sola otra vez!
En el último segundo, antes de que la carga principal detonara, una mano fría y fuerte la agarró del brazo y la arrastró hacia un conducto de ventilación que no figuraba en los planos. El túnel colapsó tras ellos en una lluvia de escombros y fuego, sellando para siempre la entrada a la mansión Blackwood.
Marta estaba en la oscuridad total, jadeando, sintiendo el cuerpo de alguien junto al suyo. Un aroma a pino y humo la envolvió.
—Tan pronto me olvidaste... —susurró una voz en la negrura—. Pero ahora, Marta, ya no hay espejos entre nosotros. Ahora somos uno solo en la sombra.