El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
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NACIMIENTO DE UNA VENGANZA.
...Reino de Norvak...
Al amanecer, a Rowan lo despertó una sacudida brusca de las cadenas.
—Arriba.
Rowan se levantó con esfuerzo, solo lo dejaban dormir pocas horas.
Hijos de perra, pensó.
Lo llevaron a los patios traseros del edificio.
—Hoy vas a limpiar las letrinas —ordenó uno de los guardias.
Rowan apretó los dientes. Maldito sea el momento en que se le ocurrió ir a esos barrios bajos. No preguntó nada. No soportaba lo que tenía que hacer. Estaba harto.
Cuando terminó con eso, lo llevaron adentro, a limpiar los pisos.
Mientras restregaba de mala gana el suelo de un pasillo estrecho, escuchó voces detrás de una puerta entreabierta.
Se detuvo.
—¿Por qué trajiste a ese muchacho? —preguntó una voz áspera.
Rowan se detuvo un momento para escuchar mejor.
—El pequeño se veía muy enfermo, no había más niños. El cliente especial pidió algo nuevo y no quedó opción, pensé en usar al grande —respondió otra, Rowan la reconoció, era la del hombre que los había comprado—. No creí que el otro se salvaría.
—Pero sí duró.
—Y qué bueno, ¿no? —dijo el hombre con una risa baja—. Nueva adquisición, justo lo que el cliente espera.
—¿Y la pérdida por el otro? —insistió la primera voz—. Sabes que a nuestros clientes no les gustan tan mayores.
Rowan sintió que algo se le congelaba en el pecho.
Mierda, pensó.
—Tranquilízate —respondió el hombre—. Si no es elegido, lo pondremos con los demás esclavos. Trabajo doméstico, cocina, lo usual. Cuando se vuelven mayores, uno más, uno menos… ¿qué más da?
Rowan apretó el cepillo con tanta fuerza que los nudillos le dolieron, quiso moverse para avisar a Erian, pero las cadenas no se lo permitían.
Maldición, maldición, maldición.
Mientras tanto, a Erian y Kael los llevaron a un comedor amplio, junto con más niños.
Todos de la edad de Kael… o menores, Erian era el mayor, y eso era evidente.
La mujer que los acompañaba sonreía.
—¿Cómo está hoy el estómago? —le preguntó a Kael con voz suave.
—Bien —respondió él—. Ya no me duele.
—Me alegra oír eso —dijo ella, y le sirvió más pan.
—¿Cuánto tiempo estaremos aquí? —preguntó Erian.
—Eso no lo decides tú, cielo —respondió la mujer, aún sonriendo.
Después de comer, los regresaron a su habitación, era la primera vez que salían de ella y a Erian no le gustó nada cómo se miraban los niños ahí.
Kael se dejó caer en el catre.
—Me alegra haber llegado aquí, hermano —dijo—. Gracias por no dejar que nos separaran.
Erian forzó una sonrisa.
—Siempre —respondió.
Pero algo no estaba bien, no podía bajar la guardia, simplemente no podía.
La sonrisa de Kael comenzó a debilitarse lentamente.
Erian no se había percatado de esto hasta que su hermano habló.
—Erian.
—¿Qué pasa?
—Es la primera vez que siento la ausencia de mi magia —dijo Kael, sin fuerza, como si toda la felicidad que sentía se hubiese esfumado—, me duele, Erian… creí que nosotros moríamos cuando ya no había magia.
Erian se preocupó, sabía lo que eso podía significar para su hermano.
—También lo pensé, la magia es como el aire para vivir una vez que la tienes… pero no sé por qué no nos ha afectado.
—Es extraño, Erian, siento… no sé qué siento —el niño empezó a llorar—, mi magia… la quiero…
Erian se asustó, el niño comenzó a llorar desconsolado y trató de consolarlo.
Kael empezó a entrar en desesperación.
—Kael… mírame, por favor, mírame.
Kael no respondía, mirada perdida, como un trapo sin vida.
Erian trató de hacerlo reaccionar.
—Kael, mírame.
Pero su hermano no respondió.
—¡Kael! —lo sacudió violentamente buscando hacerlo reaccionar.
Pero no obtuvo nada.
—Tengo frío —dijo al fin.
Erian lo abrazó tratando de darle calor, pero Kael no respondió.
Por fin se acurrucó con Erian.
—Erian… mi magia.
—Todo está bien… todo está bien —le susurraba Erian, tratando de consolarlo.
Rowan irrumpió en la habitación de forma abrupta, respirando agitado, con las muñecas marcadas y restos de cadena colgando; había logrado liberarse forzando el metal contra un soporte suelto del muro.
Erian se sobresaltó.
—Tenemos que irnos —dijo con urgencia, apurando a los jóvenes.
—Kael no se siente bien, no podemos irnos —replicó Erian.
Rowan tomó a Erian de los brazos, levantándolo del catre.
El cuerpo de Kael cayó como un trapo sobre la cama.
—Escucha —Rowan lo miró directo a los ojos—, si no nos vamos de aquí ahora, a tu hermano le van a pasar cosas muy malas.
—¿Cómo qué? —interrogó Erian.
—Te lo diré después, ahora vamos —exigió con desesperación.
—Kael no está en condiciones, ni siquiera puede ponerse de pie.
—Yo lo cargo, pero vamos ya.
Rowan tomó al niño con facilidad y lo acomodó en su hombro.
No sabía si era el cansancio, pero el niño le pareció muy pesado.
Kael permanecía inerte.
Corrieron hacia la puerta, revisando que no hubiese hombres que pudieran detenerlos.
Caminaron por la oscuridad hasta colarse por una puerta mal cerrada, llegaron a la escalera y siguieron por un corredor estrecho que daba a los muros exteriores.
Rowan había estado observando desde que llegó la manera de escapar de ese lugar.
Unos guardias que parecían dar un rondín casi los encuentran, pero se escondieron detrás de una columna en las sombras.
Llegaron al extremo del muro para saltar.
—Estás loco, es demasiado alto —se quejó Erian.
La caída era alta, pero era la única opción, si caías bien, sobrevivías.
—Kael no está en condiciones.
—Debe hacerlo —exigió el rubio, bajándolo poco a poco.
Rowan medio le explicó a Erian, pero Kael tenía la mirada perdida.
—Es inútil, ¿qué le pasa? —preguntó Rowan.
—Está sintiendo la ausencia de su magia.
—No hay tiempo para estupideces.
—No son estupideces —Erian miró a su hermano—, solo lo había escuchado de esto en los libros, pero nunca en la vida real.
—Yo saltaré primero, tú bajarás después al niño y yo lo atrapo.
Erian no confiaba en Rowan, no después de lo que pasó la última vez que trataron de escapar, pero no le quedaba de otra.
—Espero que la nieve nos amortigüe.
Rowan subió al borde, respiró profundo, pero antes de saltar sonrió.
—Erian, debes pelear por tu reino, es lo que un buen rey hace, protege a su reino a pesar de todo.
Esas palabras le recordaron a Erian las que su padre le dijo antes de morir.
Entonces el sonido de una flecha rompiendo el aire rozó el oído del joven.
Cubrió inmediatamente a Kael.
Rowan gritó, la flecha se le encajó en el hombro, el impacto lo hizo perder el equilibrio, cayó hacia atrás, sobrepasando el muro y la caída fue inminente.
—¡Rowan! —gritó Erian, posando las manos en el muro.
Erian se quedó paralizado viéndolo desaparecer en el abismo, con los ojos temblando.
—¡Agárrenlos! —gritaron los guardias.
Erian tomó la mano de su hermano y salió corriendo, no había tiempo de pensar en otra cosa.
—Erian… mi magia —decía Kael una y otra vez.
—Kael, reacciona, no es tiempo de pensar en eso —Erian se inclinó frente a su hermano y lo sacudió de los hombros.
El rostro de Erian se llenó de sangre cuando el pecho de Kael fue atravesado por una flecha.
—Kael… —susurró.
No hubo respuesta.
—Kael… Kael… Kael… No… no… no… —lo llamaba una y otra vez hasta que un grito desgarrado lo rompió cuando el Niño cayó en sus brazos— ¡KAEEEEEL!
Erian apoyó la frente contra la de su hermano, con los dientes apretados, mientras las lágrimas caían de sus ojos.
—No… no… tú no, Kael… despierta… ¡mírame! ¡MÍRAME! ¡Por favor despierta!
Pero su hermano ya no respondió.
Erian rompió la flecha, pensando que eso le dolería a su hermano.
Se aferraba a él como lo único que le quedaba.
—No, hermano… tú no… por favor, no…
Los guardias llegaron en caballos y los rodearon.
—Ya está muerto, regresa —ordenó uno de ellos.
El llanto le quebraba la voz, Erian negó con la cabeza, desesperado.
—Perdóname… por favor perdóname por traerte aquí… perdóname por no poder protegererte ¡perdóname por favor!
—¿Acaso no oyes? —preguntó uno bajando del caballo.
Al ver que Erian no obedecía, otro más bajó, separándolo de Kael, lanzando el cuerpo de su hermano a un lado como si no valiera nada.
A Erian le colocaron nuevamente las cadenas en muñecas, cuello y tobillos, sintiendo el metal frío cerrarse.
Y mientras lo arrastraban de regreso…
Miro por última vez el cuerpo de su hermano y le hizo una promesa.
Pronto… pronto iré contigo a jugar, pero primero, hermano… haré algo…
Levantó la vista, con los ojos oscurecidos.
Lo prometo a mi madre… y a mi padre… a nuestra familia… lo prometo.
Junto con Kael murió Erian… lo que él era, lo que le quedaba de su ser, de su bondad, de lo que lo hacía humano.
En su mirada ya no había lágrimas.
Había un vacío profundo… y detrás de él… solo oscuridad.
Solo había venganza.
—Pensaste que podías escapar, hijo de perra. — Señaló uno de los guardias.
Y mientras lo castigaban con latigazos, ya no sentía dolor.
Solo una oscuridad profunda en su ser.