Lady Valeria Ansford siempre creyó que su destino estaba escrito. Durante años, toda la corte dio por hecho que algún día se convertiría en la esposa del príncipe Edward, el heredero del trono.
Pero una noche, en medio del baile más importante de la temporada, Valeria descubre que el hombre al que amaba no era quien decía ser.
La traición rompe su corazón… y provoca un escándalo que sacude a todo el reino.
Cuando todo parece perdido para su honor y su futuro, el destino da un giro inesperado: el poderoso y enigmático Rey Alexander IV toma una decisión que nadie imagina.
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Lo que comienza a sentirse peligroso
El baile había terminado, pero el palacio no dormía.
Nunca lo hacía realmente.
Las velas seguían encendidas en algunos pasillos, los sirvientes caminaban en silencio y, en distintos rincones, los rumores comenzaban a tomar forma.
Pero lejos de todo eso, en una de las galerías más tranquilas del ala este, Valeria Ansford caminaba sola.
Necesitaba aire.
Necesitaba silencio.
Necesitaba… entender.
Había sido demasiado en una sola noche.
Edward.
El pasado cerrándose frente a sus ojos.
Y luego…
El rey.
El baile.
Esa conexión que no sabía cómo nombrar.
Valeria apoyó una mano sobre la pared fría de piedra y cerró los ojos un instante.
—Esto no es sencillo —susurró para sí misma.
—Nunca lo es.
La voz la hizo abrir los ojos de inmediato.
No necesitó girarse.
Alexander.
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El rey estaba a unos pasos de ella, con la misma calma que lo caracterizaba, pero con algo distinto en la mirada.
Algo más… personal.
Valeria se incorporó.
—Majestad.
Alexander negó suavemente.
—Esta noche no necesito ese título.
La frase la tomó por sorpresa.
—Entonces… ¿cómo debo llamarlo?
El rey se acercó un poco más.
—Alexander.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
Más cercano.
Más delicado.
Valeria sintió cómo su corazón reaccionaba de una forma que no podía controlar del todo.
—Alexander… —repitió, casi en un susurro.
Era la primera vez que decía su nombre.
Y eso cambió algo.
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Caminaron lentamente por la galería.
Sin prisa.
Sin testigos.
—Lo ha manejado con mucha dignidad —dijo él.
Valeria dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.
—No sé si fue dignidad… o necesidad.
—Ambas —respondió él.
Valeria lo miró.
—¿Siempre tiene respuestas tan claras?
Alexander negó levemente.
—Solo cuando se trata de cosas importantes.
Ella bajó la mirada.
—Entonces esto es importante.
El rey no dudó.
—Lo es.
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Se detuvieron cerca de una ventana alta.
La luna iluminaba parcialmente el rostro de Valeria.
Alexander la observó con una atención que ya no era solo curiosidad.
—Hoy cerró una parte de su vida —dijo él.
Valeria asintió lentamente.
—Sí.
—Y ahora está en un punto donde todo puede cambiar.
Ella lo miró con intensidad.
—Eso es lo que me asusta.
Alexander sostuvo su mirada.
—¿El cambio… o lo que puede sentir?
La pregunta fue directa.
Demasiado directa.
Valeria sintió que algo dentro de ella se tensaba.
—No sé si quiero volver a sentir algo así.
El rey dio un paso más cerca.
—Eso es lo que nos hace humanos.
—También es lo que nos rompe —respondió ella.
Alexander no apartó la mirada.
—Solo cuando elegimos a la persona equivocada.
El silencio cayó entre ellos.
Pesado.
Real.
Porque ambos sabían que ya no estaban hablando del pasado.
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Valeria respiró hondo.
—Esto no es correcto.
Alexander frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Esto… —dijo ella, señalando el espacio entre ambos—. Lo que está pasando.
El rey no retrocedió.
—No ha pasado nada.
Valeria negó suavemente.
—Precisamente.
Esa respuesta lo hizo entender.
No hablaba de acciones.
Hablaba de lo que estaba empezando a surgir.
Y eso… era mucho más peligroso.
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—Usted es el rey —continuó ella—. Y yo…
—Una mujer que no le teme a la verdad —interrumpió él.
Valeria lo miró, sorprendida.
Alexander dio otro paso.
Ahora la distancia entre ellos era mínima.
—No le pediré nada que no quiera dar —dijo con voz baja—. Ni la pondré en una posición que no elija.
Sus palabras no eran una promesa vacía.
Eran una declaración.
Valeria sintió cómo su respiración cambiaba.
—Entonces, ¿qué es esto?
El rey sostuvo su mirada sin dudar.
—Aún no lo sé.
Y esa honestidad… fue lo que terminó de romper cualquier barrera.
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Por un instante, el mundo pareció detenerse.
No había corte.
No había títulos.
No había reglas.
Solo dos personas que, contra toda lógica, comenzaban a encontrarse en el momento más inesperado.
Valeria dio un paso atrás.
No por rechazo.
Por necesidad.
—Esto puede destruirnos.
Alexander no la contradijo.
—O puede cambiarlo todo.
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El silencio volvió.
Pero esta vez era distinto.
No era duda.
Era anticipación.
Porque ambos sabían algo que no necesitaba palabras.
Habían cruzado una línea invisible.
Y ya no había forma de ignorarlo.
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Desde la sombra de uno de los corredores cercanos… alguien observaba.
Margaret Linton.
No había escuchado toda la conversación.
Pero había visto lo suficiente.
La cercanía.
Las miradas.
La tensión.
Y eso era más que suficiente.
Su expresión cambió lentamente.
La sonrisa desapareció por completo.
Porque ahora ya no se trataba de rumores.
Se trataba de una amenaza real.
Y Margaret no era una mujer que aceptara perder.
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Mientras tanto, en la galería, Valeria y Alexander se separaron sin decir más.
No porque no hubiera nada que decir.
Sino porque ya habían dicho demasiado.
Esa noche no terminó con una confesión.
Terminó con algo más fuerte.
Una verdad que apenas comenzaba a formarse.
Y que, tarde o temprano… exigiría una decisión imposible. 👑🔥📖