Margo siempre fue la mujer de los planes perfectos, hasta que su prometido la abandonó en el altar por su mejor amiga. Humillada y con la prensa social acechando, Margo decide que no será la víctima de esta historia. En un arrebato de orgullo y dolor, recurre a la única persona que odia tanto como a su ex: Lucas, el rival empresarial de su familia y el hombre que ha intentado hundir sus negocios por años.
Lucas acepta la propuesta de un matrimonio por contrato, pero no por caridad. Él ve la oportunidad de finalmente entrar en el círculo de poder de los de Margo. Lo que comienza como una alianza gélida y transaccional, pronto se convierte en un campo de batalla emocional donde el odio se confunde con una atracción eléctrica. En un juego de apariencias, Margo y Lucas deberán decidir si su unión es la mejor venganza o la peor de sus derrotas.
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Capitulo 3
El sol de la mañana en la ciudad no tenía la calidez de la esperanza; era una luz blanca, cruda y reveladora que exponía cada ojera y cada grieta en las fachadas de los edificios. Margo no había dormido. Había pasado la noche observando cómo el amanecer teñía de gris su habitación, escuchando el eco de su propia propuesta en el bar. Cásate conmigo y lo haremos desde adentro.
A las nueve en punto, estaba frente a la torre de cristal y acero de Thorne Enterprises. No llevaba seda, ni encaje, ni rastro de la novia que fue. Vestía un traje de sastre color sangre, con los labios pintados de un rojo tan oscuro que parecía herrumbre.
El último piso de la torre era un santuario de minimalismo y poder. Lucas no la hizo esperar.
Lucas Thorne estaba sentado tras un escritorio de obsidiana que parecía absorber la luz del despacho. Frente a él, no había adornos, solo una carpeta de cuero negro y una pluma estilográfica de plata. Él no lucía cansado; lucía electrizado, como un depredador que ha pasado la noche rastreando una presa y finalmente la tiene acorralada.
—Pensé que te arrepentirías a mitad de la noche
—dijo él, sin levantarse. Sus ojos la escanearon, buscando una señal de duda en el pulso de su cuello—. La luz del día suele matar las ideas que nacen del alcohol y el despecho.
—El despecho es lo único que me mantiene despierta, Lucas —respondió Margo, sentándose frente a él sin esperar invitación—. Y mi memoria es excelente, incluso con tres martinis encima.
Lucas deslizó la carpeta sobre el escritorio.
—He pasado la noche con mis abogados personales. No los de la empresa; los que entierran cuerpos legalmente. Lo que pediste es una bomba atómica, Margo. Si nos casamos, la fusión de nuestras acciones nos daría el control total del puerto y las rutas logísticas del norte. Tu padre quedaría como una figura decorativa, y yo… yo tendría el trono que siempre me negó.
Margo sintió un pinchazo de culpa, una última resistencia de su antigua lealtad familiar, pero la imagen de Mateo y Sofía riendo en algún lugar del Caribe lo borró de inmediato.
—¿Y qué gano yo, además de la caída de mi padre? —preguntó ella.
—Ganas mi protección. Ganas los recursos para cazar a Mateo y borrarlo del mapa financiero. Y, sobre todo, ganas una nueva identidad. Dejas de ser la víctima. Pasas a ser la mujer que se casó con el diablo para heredar el mundo.
Lucas abrió la carpeta. Dentro, el contrato no hablaba de amor, sino de activos, cláusulas de rescisión y protocolos de crisis. Margo leyó las páginas con una frialdad mecánica. Era un documento de rendición y conquista mutua.
—Cláusula de Lealtad Pública Absoluta —leyó Margo en voz alta—. "Cualquier muestra de desunión, rumor de infidelidad o falta de apoyo frente a terceros resultará en la pérdida inmediata de las acciones en custodia".
—Si vamos a engañar al mundo, tenemos que ser los mejores actores del planeta —sentenció Lucas—. Ante la prensa, soy el hombre que te rescató de la humillación. Ante tu familia, soy el yerno que salvó el barco del naufragio. Tú eres mi reina, Margo. Una reina de hielo, pero mía ante los ojos de los demás.
Margo pasó a la siguiente página. Sus dedos se detuvieron en una línea subrayada en negrita.
—No contacto físico —dijo ella, y por primera vez, su voz vaciló un milímetro.
—A menos que sea estrictamente necesario para la fachada pública —añadió Lucas, observándola con una intensidad nueva—. No me interesa tu cama, Margo. Me interesa tu voto en la junta directiva. No quiero una esposa que llore en mi hombro por las noches. Quiero una socia que me ayude a aplastar a la competencia.
Lucas notó entonces algo que se le había escapado en la oscuridad del bar. Margo sostenía el contrato con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Vio una pequeña mancha de rímel seco que ella no había logrado limpiar del todo bajo su ojo izquierdo. Detrás de esa armadura de color sangre, había una herida que todavía supuraba. No era fragilidad; era la rabia de un animal herido que sabe que tiene que amputarse una pata para salir de la trampa.
Por un segundo, Lucas sintió un impulso extraño, una curiosidad que no tenía nada que ver con los negocios. Se preguntó cómo sería el fuego que ardía bajo ese hielo si alguien decidiera avivarlo en lugar de usarlo para quemar a otros.
Margo levantó la vista y se encontró con la mirada de Lucas. El aire en la oficina se volvió pesado. Ella sabía que firmar ese papel era vender su alma. Ya no habría vuelta atrás a la inocencia, a la chica que creía en las bodas de cuento de hadas. Si firmaba, se convertiría en lo que siempre había temido: una mujer fría,
calculadora y unida por contrato al hombre que más odiaba su linaje.
Pero la alternativa era la lástima. La alternativa era ver a Mateo y Sofía regresar en un año,
pidiendo perdón y esperando que ella se hubiera marchitado en un rincón.
—¿Tienes pluma? —preguntó ella.
Lucas le tendió la estilográfica de plata. Estaba fría.
Margo firmó con una caligrafía firme y elegante. Cada trazo era un clavo en el ataúd de su pasado. Al terminar, deslizó el papel hacia él. Lucas firmó debajo, sellando el destino de ambos. El sonido del papel al cerrarse dentro de la carpeta fue final, como el cierre de una celda de lujo.
Lucas se puso en pie. Rodeó el escritorio de obsidiana y se detuvo a pocos centímetros de ella. No la tocó, respetando la cláusula que acababan de crear, pero su presencia era abrumadora. Era más alto de lo que ella recordaba, y su aroma a ambición y peligro la envolvió.
Margo se levantó también, manteniendo la barbilla alta, negándose a dejarse intimidar por el hombre que ahora era, técnicamente, su prometido por contrato.
—¿Qué sigue? —preguntó ella, con el corazón martilleando contra sus costillas, aunque su rostro permanecía impasible.
Lucas esbozó una sonrisa lenta, una que no llegaba a sus ojos pero que prometía tormentas. Extendió una mano, no para estrechar la de ella, sino para señalar la inmensa cristalera que mostraba la ciudad a sus pies. El imperio que ahora, juntos, iban a devorar.
—Sigue el espectáculo, Margo. Mañana anunciaremos nuestro compromiso. Mañana, el mundo olvidará a Mateo porque estarán demasiado ocupados temiendo lo que nosotros dos podemos hacer juntos.
Se acercó a su oído, y su aliento cálido contrastó con la frialdad de sus palabras.
—Has firmado el pacto, y no acepto devoluciones. Bienvenida al infierno, Margo. Espero que te guste el calor, porque vamos a quemar este lugar hasta los cimientos.
--Margo no retrocedió. Se giró para mirarlo de frente, a escasos centímetros de sus labios, y respondió con una voz que era puro veneno destilado:
—Solo asegúrate de que, cuando todo arda, tú no seas el primero en consumirte, Lucas. Porque si caigo, te arrastraré conmigo a las cenizas.
Genial la novela! Gracias por compartir tu talento!