El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 3
Sofía
Hay personas capaces de arruinarte el día con una sola frase.
Santiago Ferrer siempre ha tenido ese talento.
Lo miré sosteniendo una pequeña nota entre los dedos. Su expresión era tensa, más de lo que había estado durante todo el funeral.
—Vete hoy a Italia —dijo de repente—. Yo pago tu pasaje.
Fruncí el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
Santiago me miró con una seriedad que me irritó aún más.
—Sofía, es en serio. Debes irte.
—¿Perdón?
—Te llevo a tu casa. Empaca lo necesario y…
—Traigo mi auto, gracias.
Lo interrumpí antes de que siguiera hablando.
Di media vuelta y empecé a caminar hacia la salida del cementerio. Podía sentir su presencia detrás de mí, a unos pasos de distancia.
No se acercaba demasiado, pero tampoco se quedaba atrás.
Suspiré con fastidio.
—No es necesario que me persigas.
No respondió.
Ni una palabra.
Eso me molestó todavía más.
El viento frío de la tarde movía las hojas de los árboles del cementerio mientras caminaba entre las tumbas. La mayoría de los asistentes ya se habían marchado y el lugar empezaba a quedarse vacío.
Fue entonces cuando los vi.
Los mismos dos hombres vestidos de negro que habían estado en la funeraria.
Estaban cerca de la entrada del cementerio, conversando en voz baja.
Sus miradas se movieron brevemente hacia mí.
Algo en ellos me generaba desconfianza.
Pero no estaba dispuesta a pensar en eso en ese momento.
Estaba demasiado molesta con Santiago.
Salí del cementerio y caminé hasta donde había estacionado mi auto.
Abrí la puerta con más fuerza de la necesaria y me senté detrás del volante.
—Sigue siendo el mismo idiota que me molestaba cuando yo tenía diez años —murmuré para mí misma.
Encendí el motor.
Cuando salí del cementerio, miré por el retrovisor.
La camioneta negra de Santiago apareció unos segundos después.
Rodé los ojos.
—Claro…
Conduje varios minutos por las calles casi vacías. El cielo estaba cubierto de nubes grises y el aire comenzaba a sentirse más frío.
Santiago siguió detrás de mí durante varias cuadras.
Hasta que, de repente, giró en otra calle.
Desapareció.
No sabía si sentir alivio… o algo más.
Sacudí la cabeza y continué conduciendo hasta llegar a la casa de mis padres.
La misma casa en la que había crecido.
La misma de la que me fui diez años atrás.
Cuando estacioné el auto frente a la reja, vi a Luciano en el jardín delantero.
Estaba de pie junto a uno de los rosales de mamá, revisando su teléfono.
Al verme salir del auto levantó la mirada.
—Te ves de mal humor.
Cerré la puerta del auto.
—Lo estoy.
Luciano sonrió con esa calma que siempre tenía.
—¿Qué pasó?
—Santiago.
Luciano levantó una ceja.
—¿Qué hizo ahora?
Suspiré.
—Sigue siendo el mismo idiota de hace diez años.
Mi hermano soltó una pequeña risa.
—Dale un poco de paciencia hoy, Sofi.
Lo miré con incredulidad.
—¿Paciencia?
—Acaba de enterrar a su padre.
Bajé la mirada por un segundo.
Tenía razón.
Pero aun así…
—Además —continuó Luciano—, la próxima semana te vas a Italia otra vez. Volverás a tu vida.
Asentí lentamente.
—Sí.
Italia.
Florencia.
Mi trabajo.
Mi apartamento.
La vida que había construido lejos de todo esto.
—Gracias —dije finalmente—. Fue gracias a ti que pude irme.
Luciano me miró sin decir nada.
—Cuando nos dijeron que debía casarme con Santiago… —continué— lo mejor fue irme. Alejarnos fue lo único que tenía sentido.
Luciano permaneció en silencio.
Eso me pareció extraño.
Mi hermano nunca se quedaba callado cuando hablábamos de cosas importantes.
Luciano siempre había sido protector conmigo.
Honesto.
Cariñoso.
De esos hermanos mayores que te defienden sin pensarlo dos veces.
De los que van a recogerte a una fiesta a las tres de la mañana si es necesario… incluso en el auto más lujoso que tengan en ese momento.
Si había algún hombre del que Luciano no se fiaba, yo lo sabía inmediatamente.
Porque él se encargaba de dejarlo claro.
Luciano era la persona que más amaba en el mundo.
Incluso más que a mis propios padres.
Por eso su silencio ahora me resultaba tan extraño.
—¿Cuándo viajas? —preguntó finalmente.
—El lunes por la tarde.
—¿A qué hora?
—Debo estar en el aeropuerto a las doce.
Luciano asintió.
—Te llevo.
Sonreí un poco.
—Claro que me vas a llevar.
—Siempre.
Se acercó y me pasó un brazo por los hombros.
—Vamos, entremos.
Caminamos hacia la puerta de la casa.
Pero antes de entrar, algo me hizo mirar hacia la calle.
Un auto negro estaba estacionado al otro lado.
Las ventanas eran oscuras.
No podía ver quién estaba dentro.
Fruncí el ceño.
—¿Luciano?
—¿Sí?
—¿Ese auto estaba ahí cuando llegué?
Mi hermano siguió mi mirada.
Y por una fracción de segundo…
su expresión cambió.
Luego volvió a sonreír con tranquilidad.
—Probablemente sea de algún vecino.
Asentí, aunque algo dentro de mí no estaba convencido.
Entramos a la casa.
Pero mientras cerraba la puerta…
no pude evitar pensar en algo.
En la forma en que Santiago me había mirado en el cementerio.
En su insistencia de que me fuera hoy mismo a Italia.
Y en la forma en que mi hermano acababa de mirar ese auto.
Como si supiera perfectamente quién estaba dentro.