Dylan es un chico misterioso de 17 años, con un corazón que parecía estar hecho de hielo. Había llegado a la ciudad de Italia hace apenas una semana, y ya había causado un revuelo entre las estudiantes del colegio local.
Su llegada había sido silenciosa, sin anuncios ni fanfarrias. Simplemente, un día apareció en el colegio, con su mochila en la espalda y una mirada intensa en sus ojos. Los estudiantes se sintieron intrigados por su presencia, y pronto comenzaron a circular rumores sobre su persona.
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A corazón abierto
Tres días después.
La casa de su madre huele a cera y a café viejo. Emily está vestida de negro, el pelo recogido, los ojos hinchados pero más tranquilos.
Clara está en la cocina preparando sopa, Mateo ordena papeles y fotos sobre la mesa del comedor. Alessandro no se ha ido; se sienta cerca de Emily, en silencio, pasándole una taza cuando sus manos tiemblan.
Hablan en voz baja, recuerdan anécdotas de su madre —una risa suya al cocinar, la forma en que regañaba a Emily por llegar tarde. Emily sonríe a ratos, y en esos momentos el luto se siente menos pesado.
Nadie llena el silencio con frases vacías; simplemente están con ella, acompañándola mientras el duelo se asienta en la casa.
En la mansión Salvatore, todo está en silencio, un silencio que pesa como plomo.
Dylan está en el estudio, a oscuras; solo la lámpara dibuja un círculo pálido sobre la mesa. Aprieta la foto de Emily contra el pecho, como si pudiera respirarla, y las lágrimas le caen en oleadas, desbordándose.
Ve la escena una y otra vez: la lluvia, el grito de Emily, Alessandro rodeándola, su propio cuerpo retrocediendo medio paso. Siente que el sitio que tenía en su vida —ese lugar ganado, con miradas y palabras— se ha borrado de golpe.
Se deja caer al suelo, la espalda contra el sofá, y rompe a llorar con un sollozo ahogado que le rasga la garganta. Se golpea el pecho con el puño, furioso consigo mismo, odiando su impotencia.
“La perdí… la perdí de verdad”, susurra entre lágrimas, la voz quebrada. El eco de su dolor rebota en las paredes vacías de la mansión, y por primera vez siente que Emily está fuera de su alcance para siempre.
Alessandro siente el teléfono vibrar en el bolsillo. Es su padre.
La voz al otro lado es firme: hay una emergencia familiar, tiene que irse esa misma noche. Alessandro aprieta la mandíbula, mira a Emily —todavía frágil, sentada en el sillón con la mirada baja— y le promete volver en cuanto pueda. Le besa la frente y se marcha.
Poco después, Mateo cierra la carpeta de papeles y Clara apaga la estufa.
—Tenemos que retomar las clases mañana —dice Mateo, con culpa en la voz.
—Te vamos a llamar todo el tiempo —añade Clara, abrazando a Emily antes de salir.
La puerta se cierra.
La casa queda en silencio. Emily está sola entre las paredes que huelen a cera y a su madre, el luto todavía pegado a la piel, y el vacío de la casa ahora se siente mucho más grande.
Días después.
Emily está mejor. Se ha duchado, se ha puesto ropa limpia, ha logrado comer sin que la comida se le atragante. La luz entra por la ventana y, por primera vez, el aire de la casa no le asfixia.
Suena el timbre.
Abre la puerta y el corazón se le detiene.
Ahí está Dylan.
Tiene el pelo revuelto, los ojos enrojecidos y la cara marcada por noches sin dormir. No dice nada al principio; solo la mira como si no pudiera creer que está frente a ella, viva y de pie.
—Escuché que ya estás mejor —susurra, y su voz se quiebra a la mitad.
Emily siente el golpe en el pecho. Ve todo el dolor que él ha estado cargando solo, y el suyo propio vuelve a subir de golpe.
—Dylan… —su voz sale temblando.
Él da un paso, como si quisiera tocarla pero tuviera miedo de romper algo frágil.
El aire entre ellos está cargado, y en ese umbral el alivio y el dolor se chocan.
Emily da un paso atrás y abre la puerta.
—Pasa —dice, con voz suave pero contenida.
Dylan entra, cierra la puerta tras él y la mira. Quiere cruzar la distancia, rodearla con los brazos, sentir su calor como antes. Lo anhela tanto que sus manos se cierran en puños.
Pero Emily se mantiene a un metro, los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada fija en el suelo. El alivio de verlo se mezcla con el recuerdo de esos días en los que él no estuvo.
—Me alegra que estés mejor —murmura él.
Ella asiente, sin acercarse.
El deseo del abrazo está ahí, tirando de los dos, pero el dolor del abandono sigue latiendo entre ellos, y ninguno se atreve a romper esa distancia.
Dylan da un paso más, con la voz rota.
—Emily… perdóname —dice, y las lágrimas le caen sin poder detenerlas—. No solo por estos días, Por haberte dejado antes, cuando me necesitabas y yo me fui. Me fui por que no fui capaz de enfrentar a mis padres, por miedo, por que fui un cobarde, y te dejé; cuando tuve la valentía de regresar por tí ya te había perdido.
Se lleva la mano al pecho, como si el arrepentimiento le quemara.
—Sé que un perdón no devuelve el tiempo que te fallé, ni el lugar que perdí a tu lado. Solo necesito que sepas que vivo con eso cada día.
Emily da un paso al frente, la voz quebrándose en un grito contenido.
—¿Por qué me dejaste? —las palabras le salen rasgadas, entre sollozos—. ¿Por qué te fuiste dejándome con ese dolor? ¡Yo te amaba y tú desapareciste!
Se le quiebra la respiración, el pecho le arde.
—Yo te esperaba, Dylan. Cada noche, cada minuto, y tú no estabas. Me dejaste sola, sola con la ausencia, y ahora vuelves y crees que un “perdón” va a curar lo que hiciste.
Le tiemblan las manos, los ojos arden.
—Dime por qué. Dime qué fue más importante que yo.
Dylan ya no puede sostenerlo.
Se derrumba de rodillas frente a ella, las lágrimas cayendo sin freno, la voz destrozada.
—Porque yo… porque yo tuve miedo —dice, la voz entrecortada—. Miedo de tomar mis propias decisiones, miedo de arrastrarte conmigo. Y en vez de quedarme, huí. Fue la peor decisión de mi vida, yo lo sé.
Levanta la mirada hacia ella, el alma al descubierto.
—Emily, yo te amo. Te amo tanto o más que el primer día. Cada segundo que estuve lejos fue un infierno, pensando en ti, arrepintiéndome de haberte dejado. No quiero más distancia, no quiero más orgullo. Solo quiero estar contigo.
Se queda arrodillado, con el corazón en las manos, esperando su respuesta.