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Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.

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Capítulo 17

La voz de su padre apareció a sus espaldas. No había rastro de compasión en él. Zhao Ming se quedó de pie, mirando a su hija derrotada en el suelo.

—Esa gente es así. Son como las ratas de los muelles: huyen en cuanto ven la luz del día. Le ofrecí una salida y la tomó sin pensarlo dos veces. No valía tu dolor, hija. Míralo así: te ha ahorrado la molestia de tener que dejarlo tú misma cuando te dieras cuenta de que no pertenecía a tu mundo.

Zhi Zhi levantó la vista, sus ojos inyectados en sangre y llenos de una furia gélida.

—Tú le hiciste algo. Sé que lo amenazaste.

—Yo le mostré la realidad —respondió Zhao Ming con frialdad—. Y la realidad es que tú tienes un vuelo a las seis de la tarde. Limpia esa cara. Una Zhao no llora por un mecánico. Una Zhao conquista el mundo para que nadie pueda volver a humillarla.

Él se dio la vuelta y se marchó, dejándola sola en el pasillo silencioso.

Zhi Zhi miró la rosa marchita una última vez. En ese momento, algo dentro de ella se quebró de una manera que ninguna cirugía ni ningún éxito futuro podría reparar. La calidez que JiNian había cultivado con tanto esfuerzo fue reemplazada por una capa de hielo perpetuo.

Se puso en pie, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y dejó la rosa marchita sobre el suelo del pasillo. Ya no era la "chica de oro" que buscaba libertad; ahora era una estatua de mármol, hermosa y fría.

Esa misma tarde, mientras el avión despegaba y las luces del Distrito Norte se volvían pequeños puntos insignificantes bajo las nubes, Zhi Zhi miró por la ventanilla. No buscaba su taller, no buscaba su moto. Miraba el horizonte, sabiendo que una parte de ella se había quedado en aquella azotea, enterrada bajo los escombros y las flores secas.

JiNian había desaparecido sin una palabra, cumpliendo su parte del trato maldito. Ella se iba al mundo de la luz, pero llevaba el frío del invierno en el alma. Siete años de silencio estaban a punto de comenzar, siete años donde el nombre de JiNian sería un secreto prohibido, una cicatriz oculta bajo vestidos de diseño, esperando el momento en que el destino decidiera que la deuda de sangre y barro aún no estaba pagada.

El Arco de las Espinas se cerró con el sonido de un motor de avión y el silencio de un taller vacío, donde solo quedaba el eco de un beso que la luna, y solo la luna, recordaría.

***

El invierno en la capital no era como el invierno en los barrios bajos. Aquí, en el piso cuarenta y dos del complejo empresarial *Empire Heights*, el frío no se filtraba por las grietas de las paredes ni te obligaba a frotarte las manos para sentir los dedos. Aquí, el frío era un lujo estético. Se veía a través de los inmensos ventanales de suelo a techo, en el vaho que cubría la ciudad de acero y en la nieve impoluta que decoraba las cornisas.

Zhi Zhi observó su reflejo en el cristal. La chica de dieciocho años que lloraba frente a un casillero metálico había sido enterrada bajo capas de seda italiana y una armadura de pragmatismo. Ahora, a sus veinticinco años, era la Directora de Adquisiciones del Grupo Zhao. Su cabello, antes suelto y rebelde, estaba recogido en un moño bajo perfectamente pulido. Sus ojos no mostraban rastro de la antigua vulnerabilidad; eran dos cuencas de obsidiana, frías y analíticas.

En su escritorio, un jarrón de cristal de Murano contenía una docena de rosas rojas de tallo largo. Eran perfectas, simétricas, sin una sola espina. Eran un regalo de Lin Feng, quien ahora era un socio estratégico de su padre y el hombre que el mundo esperaba que ella desposara en la próxima primavera.

Zhi Zhi se acercó y rozó un pétalo. No olían a nada. O quizás ella ya no podía oler nada que no fuera perfume caro o café recién molido.

—Señorita Zhao, tiene la reunión de presupuesto en cinco minutos —la voz de su asistente, Clara, rompió el silencio de la oficina a través del intercomunicador—. Y ha llegado un sobre para usted. No tiene remitente oficial, pero es de carácter personal.

Zhi Zhi suspiró, apartando la mano de las rosas estériles.

—Tráelo, Clara. Y cancela mi cena con Lin Feng. Dile que tengo "asuntos de cierre de trimestre".

Un momento después, Clara entró. Era una mujer joven, llena de una energía romántica que a Zhi Zhi le resultaba agotadora. Clara dejó un sobre de papel grueso y negro sobre la mesa de caoba.

—Espero que no sean malas noticias, jefa. Hoy es siete de febrero. Se siente el amor en el aire, ¿no cree? Toda la ciudad se está vistiendo de rojo para San Valentín.

Zhi Zhi arqueó una ceja, una expresión que usaba para silenciar a sus subordinados.

—El amor, Clara, es una construcción de marketing diseñada para aumentar el consumo de chocolate y flores sobrevaloradas. Puedes retirarte.

Cuando la puerta se cerró, Zhi Zhi se quedó a solas con el sobre negro. Había algo en la textura del papel que le resultaba vagamente familiar, una aspereza que le erizó la piel. Lo abrió con un abrecartas de plata. Dentro, no había una carta legal ni un contrato. Había una tarjeta de invitación con letras doradas, pero lo que más le llamó la atención fue el pequeño objeto que cayó sobre su escritorio: un trozo de metal oxidado, una arandela de motor, atada con un cordón de cuero viejo.

El corazón de Zhi Zhi, ese órgano que ella juraba haber convertido en piedra, dio un vuelco violento. El aire de la oficina, climatizado a veintidós grados, de pronto le pareció insuficiente.

*Flashback: Siete años atrás.*

*El olor a grasa y sudor envolvía a JiNian mientras trabajaba debajo de un coche viejo. Ella estaba sentada en un taburete, leyendo poesía en voz alta. Él salió de debajo del chasis, con la cara manchada de aceite, y le tendió esa misma arandela.*

*—"Es lo más parecido a un anillo que puedo darte ahora, Princesa", le había dicho él con una sonrisa torcida que le iluminaba los ojos. "No brilla, pero aguanta la presión de mil caballos de fuerza. Como nosotros".*

Zhi Zhi cerró los ojos, apretando la arandela en su puño. El metal se le clavó en la palma, un dolor real, tangible, que la trajo de vuelta al presente. Leyó la invitación:

*"Reunión de ex-alumnos - Década de Oro. Sábado 12 de febrero. Restaurante L'Elysée. Organiza: Kuang (Antigua Técnica del Norte)".*

¿Kuang? Recordaba a Kuang. Era el mejor amigo de JiNian, el chico que siempre montaba la moto más ruidosa y que la miraba con recelo, como si ella fuera a romper a su líder. Que Kuang organizara una cena en el restaurante más caro de la ciudad era una contradicción absurda. Que la invitara a ella, después de siete años de silencio absoluto, era una declaración de guerra o una emboscada emocional.

Pasó el resto de la tarde en un estado de trance. En las reuniones, su mente vagaba hacia el Distrito Norte. ¿Seguiría allí el taller? ¿Se habría convertido JiNian en lo que su padre predijo: un delincuente de poca monta o una sombra olvidada en una celda? O peor aún... ¿se habría olvidado de ella por completo?

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