Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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El precio del apellido
CAPÍTULO 2
El olor a pólvora aún flotaba en el aire cuando Matías Morello salió del edificio.
La bodega en las afueras de Ciudad de México ardía lentamente, como si el fuego tuviera paciencia. Como si supiera que lo importante no era destruir las paredes, sino enviar un mensaje.
Frank caminaba a su lado en silencio.
Ninguno de los dos hablaba cuando las cosas se ponían realmente graves.
—Fue demasiado fácil —murmuró finalmente Matías, ajustándose el saco oscuro mientras observaba cómo uno de sus hombres cerraba la puerta de la camioneta.
Frank no respondió de inmediato. Encendió un cigarro y exhaló despacio.
—Cuando algo es fácil en nuestro mundo… es porque alguien quiere que lo sea.
Matías giró el rostro, su mandíbula marcada bajo la luz amarilla del incendio.
Tenía 21 años, pero esa noche parecía mayor. Más frío. Más consciente del peso que cargaba en el apellido.
Morello.
Un nombre que en Italia se pronunciaba con respeto… y en México comenzaba a hacerlo con miedo.
—Revisaron todo —continuó Frank—. No había resistencia real. Solo dos hombres armados y documentos falsos.
Matías entrecerró los ojos.
—Nos querían aquí.
El silencio confirmó lo que ninguno quería decir en voz alta.
Alguien estaba midiendo sus movimientos.
Y eso significaba una sola cosa: estaban observándolo.
No a su padre.
No al imperio.
A él.
Horas después, ya en la residencia temporal que ocupaban en una zona privada de la ciudad, Matías se sirvió whisky sin hielo.
La casa era moderna, minimalista, con enormes ventanales que daban a la ciudad iluminada. Pero ni el lujo ni la altura podían darle tranquilidad.
—No me gusta —dijo Frank entrando al estudio—. Llegamos hace dos meses y ya nos están probando.
Matías se apoyó contra el escritorio.
—México no es Italia. Aquí no nos temen todavía.
—Pero saben quién eres.
Una leve sonrisa torcida apareció en su rostro.
—Ese es el problema. No saben exactamente quién soy.
Frank lo observó con detenimiento.
Desde niños habían sido entrenados para este mundo. Disparos antes que juegos. Estrategia antes que escuela. Desconfianza antes que amor.
Pero Matías… Matías tenía algo distinto.
No era impulsivo.
Era calculador.
Y eso lo hacía más peligroso.
—¿Crees que fue el Cártel del Norte? —preguntó Frank.
Matías negó con la cabeza.
—No. Ellos son ruidosos. Esto fue limpio. Silencioso. Inteligente.
Una pausa.
—Alguien quiere que me equivoque.
El teléfono vibró sobre el escritorio.
Ambos miraron la pantalla.
Número desconocido.
Frank dio un paso adelante.
—Déjame contestar.
Matías lo ignoró.
Deslizó el dedo y llevó el móvil al oído sin decir palabra.
Tres segundos de silencio.
Luego una voz masculina, tranquila.
—Bienvenido a México, Morello.
El tono no era amenazante. Era peor.
Era divertido.
Matías no respondió.
—Es una ciudad hermosa —continuó la voz—. Sería una lástima que aprendieras demasiado tarde cómo funciona.
La llamada se cortó.
Frank lo miró.
—¿Quién era?
Matías dejó el teléfono sobre el escritorio con lentitud.
—Alguien que quiere jugar.
Y a él le encantaban los juegos.
Esa misma noche, mientras la ciudad seguía su ritmo ajeno a las sombras que se movían sobre ella, en otro punto de México alguien revisaba fotografías.
Una mesa de madera. Un despacho elegante. Una copa de vino sin tocar.
La imagen principal estaba en el centro.
Matías Morello saliendo de la bodega incendiada.
Mandíbula firme.
Mirada fría.
Perfectamente consciente de las cámaras.
El hombre frente a la mesa sonrió apenas.
—Veintiún años… —murmuró—. Y ya cree que domina el tablero.
Tomó otra fotografía.
Un plano más cercano.
Una cicatriz leve sobre la ceja.
Rastro de una pelea antigua.
—Todos los reyes jóvenes cometen el mismo error.
Se levantó, caminó hasta el ventanal y observó la ciudad.
—Creen que no tienen debilidades… hasta que alguien les muestra una.
Dejó la foto sobre el escritorio.
No iba a atacar todavía.
Primero quería entenderlo.
Y después…
Romperlo.
De regreso en la residencia, Matías no había dormido.
Estaba de pie frente a la ventana cuando Frank volvió a entrar.
—Hay algo más.
Matías no se giró.
—Habla.
—Interceptamos un movimiento extraño en una de nuestras rutas. Alguien pagó información interna.
Ahora sí